Ciudad global, diplomacia cultural y competitividad

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17 de febrero de 2026 a las 09:17h

El mundo ha dejado de funcionar bajo las premisas que conocíamos. Durante las últimas décadas, el orden internacional basado en reglas, aquel que apostaba por el multilateralismo y el comercio y ofrecía una cierta estabilidad y seguridad, aun con todas sus carencias y contradicciones, ha implosionado. Las grandes potencias se comportan hoy como matones de patio de colegio, abriendo una era de competencia abierta en el que vuelven elementos de coerción de otras eras como los aranceles, el control de las cadenas de suministro, el uso de las finanzas como armas geoeconómicas e incluso la violencia y la agresión contra sus propios ciudadanos o países vecinos y rivales.

“Vivimos en una ruptura, no una transición”, declaró muy acertadamente el nuevo primer ministro canadiense Mark Carney en la reciente edición del Foro Económico Mundial de Davos. Un discurso que venía a ser la antítesis de su vecino Donald Trump. Carney reclamó que no solo es posible, sino necesario, construir un orden alternativo que integre valores como los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, y la soberanía e integridad territorial. El premier canadiense incidió igualmente, en cómo las potencias medias, esto es, los países de tamaño mediano, no son impotentes ante las grandes potencias,  reclamando nuevas formas de colaboración ante un mundo que bascula hacia la fragmentación geopolítica, la erosión del multilateralismo, la polarización social y la competencia estratégica entre bloques.

De la misma forma que Carney declara que las potencias medianas son una alternativa a las grandes potencias arrogantes y autócratas, las nuevas ciudades globales están llamadas a ejercer un papel central en la reconstrucción de un nuevo orden global alternativo. La realidad urbana es una potencia global en sí misma, tanto desde el punto de vista económico, como social y cultural. Su poder no radica en el poder duro, económico o militar, sino a través de lo que Joseph Nye definió a inicios del siglo XXI como el soft power ---el poder blando--- y sobre todo el poder inteligente. 

La historia contemporánea del mundo muestra que los grandes avances globales se han producido más por la seducción y la colaboración que por la coacción. Valores como la democracia, los derechos humanos, la solidaridad y las oportunidades individuales y colectivas han sido las principales palancas de progreso. Hoy el reto vuelve a ser que sean percibidas como palancas seductoras y atractivas, valorando sus beneficios funcionales, materiales y emocionales frente a las recetas de las fuerzas iliberales que apuestan por la confrontación, la polarización o la violencia, que tiene límites y contraindicaciones evidentes.

Si las metrópolis, y en particular las ciudades globales, tienen que ser los territorios desde donde construir las nuevas coherencias de un mundo desconfigurado, la diplomacia cultural emerge como una de sus herramientas estratégicas. Los Estados, otrora líderes en el despliegue de una diplomacia cultural audaz y sofisticada, están más preocupados y ocupados por las cuitas geopolíticas del nuevo desorden internacional que por desplegar un relacionamiento y una actividad cultural empática e inclusiva. A eso, hay que sumarle la priorización de recursos hacia los instrumentos de poder duro, como la seguridad y la defensa, menguando su capacidad para desplegar políticas de cooperación culturales o de solidaridad.     

Alrededor del 14% de los empleos en la ciudad de Barcelona corresponden a los que llamamos las industrias creativas
La cultura, lejos de verse como un gasto prescindible en tiempos de conflicto y confrontación, debe ser considerada un aliado estratégico. Estudios como el World Culture Report muestran con datos, evidencia empírica y casos reales cómo la cultura es un motor estratégico que contribuye a la resiliencia, la cohesión social, la innovación económica y la identidad urbana. Invertir en cultura genera retornos sociales y económicos, mantiene canales de diálogo abiertos entre diferentes, construye confianza a medio y largo plazo, y permite construir legitimidad internacional en torno a ciertos valores compartidos. 

La exposición En el mar de Sorolla amb Manuel Vicent, que se puede visitar hasta el próximo 6 de abril. © Palau Martorell

Sigue siendo necesario, sin embargo, hacer pedagogía sobre qué entendemos por diplomacia cultural en 2026. Ya no se trata únicamente de actividades de promoción artística, intercambios culturales o de la promoción de la imagen país o de la marca ciudad. La diplomacia cultural utiliza la cultura, el conocimiento y los valores compartidos para influir, conectar y cooperar en un entorno de rivalidad sistémica. Lo hace, ya sea a través de la música, las artes o el patrimonio material o inmaterial, así como a través de la educación, la ciencia, la lengua o la producción de pensamiento para transmitir memoria, valores democráticos o proteger los derechos culturales. Pero igualmente es una palanca para la competitividad económica y la generación de nuevas oportunidades y empleo. A modo de ejemplo, alrededor del 14% de los empleos en la ciudad de Barcelona corresponden a los que llamamos las industrias creativas.

La diplomacia cultural emerge como un activo imprescindible de las nuevas ciudades globales como Barcelona, tanto para generar desarrollo y prosperidad compartida como para construir un lenguaje común en un mundo polarizado. Una herramienta para facilitar el progreso y el encuentro, respetando la pluralidad y la diversidad sin exigir alineamientos explícitos. La diplomacia cultural facilita conversaciones que son hoy casi imposibles en los ámbitos diplomáticos formales. No niega el conflicto, pero lo puede hacer abordable, sin presiones ni imposiciones. Una diplomacia que permite crear vínculos personales e institucionales y generar nuevo capital simbólico y reputacional compartidos. 

Público asistente al festival Grec Barcelona. © Christian Bertrand

A diferencia de las tentaciones y dinámicas de las grandes potencias, una diplomacia cultural eficaz desde una ciudad global como Barcelona, propone pero no impone, no simplifica lo que es complejo, no hace propaganda, sino que proyecta sus ideas y valores, e invita a un diálogo sincero y respetuoso desde la autenticidad. Aquellas metrópolis que apuesten por invertir en instituciones culturales de calidad, ya sean públicas o independientes, pueden tener tanto impacto o más que la diplomacia tradicional de muchos gobiernos sin necesidad de desplegar un poder militar o económico. La diplomacia cultural permite proyectar nuevos liderazgos morales y simbólicos que no compiten con los gobiernos, sino que los desbordan con creatividad, empatía intercultural, resiliencia democrática y cooperación social. 

Ese bien puede ser el caso de Barcelona y Catalunya. A través de sus fundaciones culturales, los museos y archivos, sus universidades, los festivales de música, las redes educativas y su diplomacia pública como sede de las principales redes de ciudades del mundo como CGLU, Metropolis, Eurocities, MED Cités o la red mundial de Ciudades Educadoras de la UNESCO, puede desplegar una inversión estratégica en generación de confianza local y global. Una forma de liderazgo basada en valores que permite construir de nuevo legitimidad histórica, ética y moral para ponerlo al servicio de la construcción de un nuevo orden global. Nada de todo ello será fácil, pero no podemos permitirnos el lujo de dejar de intentarlo.

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