Casa Fernández, el refugio de Javier de las Muelas que continúa intacto casi 40 años después

Los macarrones a la cardenal son uno de los clásicos del local
Los macarrones a la cardenal son uno de los clásicos del local

El empresario reabre su primer restaurante en Barcelona con una carta que combina clásicos de siempre, mirada contemporánea y el valor de un local que ha sabido resistir el paso del tiempo

21 de mayo de 2026 a las 00:19h

Hay locales que, con los años, acaban formando parte de la manera en que una ciudad entiende el hecho de salir a comer, encontrarse o alargar una conversación. Casa Fernández, durante casi cuatro décadas, ha sabido leer las corrientes, las tendencias y las necesidades de distintas generaciones de comensales, y todavía sigue haciéndolo hoy.

Quizá parte del éxito venga de que el local nace inspirado en Carmen Fernández, madre de Javier de las Muelas, y que ahora cuenta también con la mirada de Borja de las Muelas, su hijo. No se trata solo de saga familiar, sino de una genealogía atenta a los cambios de gustos, hábitos y maneras de entender la restauración. Algo que explica que, casi cuarenta años después, todavía podamos volver al restaurante de la calle Santaló.

Una casa de comidas con memoria

Abierto en 1989, Casa Fernández fue uno de los primeros espacios de la ciudad en apostar por una barra central viva, cocina ininterrumpida y esa calidez difícil de imitar que convierte algunos restaurantes en refugio. Los vecinos del barrio todavía recuerdan el local como un lugar donde siempre podías acabar comiendo unos buenos huevos fritos a cualquier hora. Curiosamente, una idea que ahora vuelve a aparecer incluso en restaurantes nuevos que reivindican cierta cocina doméstica y directa.

El equipo del restaurante con la distintiva chaquetilla blanca, y Javier de las Muelas y Borja de las Muelas en medio.

Durante la presentación del local renovado, Borja de las Muelas recordó que Casa Fernández tiene casi su misma edad y que fue aquí donde trabajó por primera vez, cuando todavía era adolescente. La frase ayuda a entender que este no es solo un restaurante reabierto, sino un lugar que ha atravesado generaciones, maneras de comer y formas distintas de entender la ciudad.

Quizá por eso la frase de Javier de las Muelas durante la celebración tenía tanto sentido: “Los bares son iglesias”. Lugares donde la gente vuelve, se encuentra, discute, celebra y construye pequeños rituales cotidianos. Espacios que importan más de lo que parece porque, más allá de la comida, acaban sosteniendo una manera de estar juntos.

Arte, barra y clásicos que no se van

El local respira De las Muelas desde el primer momento. Se nota en la selección de obras que cuelgan de las paredes, donde conviven referencias a Eduardo Chillida o Francis Bacon con artistas menos previsibles como Jim Avignon, adquirido recientemente. Esa mirada también aparece en la carta, capaz de mantener clásicos históricos del local y mezclarlos con platos más actuales sin que nada parezca forzado.

La cocina de siempre sigue viva en Casa Fernández, con platos que reivindican la casa de comidas sin nostalgia.

Siguen las tortillitas de gambitas, las bravas (las favoritas del propio De las Muelas, confiesa) o los macarrones del cardenal, uno de esos platos que han sobrevivido intactos desde el primer día. Pero también entran un muy buen filete Chateaubriand, el brioche de tartar o las gambas de cristal con huevo frito de corral. Una carta que entiende que la tradición no necesita quedarse congelada.

A lo largo de la barra central destaca además el mural constructivista de Carlos Rolando, diseñador fallecido recientemente y figura clave de aquella generación de creadores argentinos que contribuyeron a renovar el diseño en Catalunya. En él aparecen barcos, barriles de cerveza y una atmósfera centroeuropea que conecta directamente con el origen conceptual del local. De las Muelas también quiso dedicarle unas palabras durante la presentación.

La pista alemana

Parte de la idea de Casa Fernández nace de un viaje de Javier de las Muelas a Múnich durante el Oktoberfest. De allí volvió fascinado por las grandes mesas compartidas, la cerveza, los Schnapps y esos locales donde la gente come, bebe y conversa durante horas. La gran mesa alargada situada en la entrada responde exactamente a esa mirada, que hoy parece natural pero que en su momento ya adelantaba una forma más compartida y menos rígida de entender la restauración.

El pollo a la catalana es uno de los platos del día.

Esa voluntad de proximidad también aparece en el nombre. Fernández es, por un lado, el apellido materno. Pero, como también explicó De las Muelas, es un apellido común, cercano y transparente. De esos que casi cualquiera podría tener cerca. En una época obsesionada con nombres cada vez más crípticos, Casa Fernández conserva una claridad bastante poderosa: suena a lugar cercano incluso antes de entrar.

Y después está el oficio, que conecta inevitablemente con el universo del Dry Martini. No solo por la familia empresarial, sino por una manera de entender el servicio: camareros con chaqueta blanca, trato atento y equipos que llevan años formando parte del proyecto, igual que sucede en Montesquieu o en el propio Dry Martini. Todo ello ayuda a entender que un local puede ser accesible sin caer en lo fácil, clásico sin ser antiguo y popular sin renunciar a una mirada propia. 

Vieiras a la plancha con crema de puerros y jamón ibérico.

Quizá por eso la reapertura funciona como una novedad y, al mismo tiempo, como una restitución: no se trata de inventar una casa nueva, sino de volver a poner en circulación aquello que siempre ha funcionado.