PASAJES DE BARCELONA

El Carmel de Marsé y los nuevos pijoaparte

Escaleras en el Carmel de Barcelona por Anna Badia
Escaleras en el Carmel de Barcelona por Anna Badia

Durante la Semana de la Literatura, recorremos rincones de algunas de las novelas más destacadas que han marcado y siguen marcando la Barcelona literaria

(Redactora)
03 de diciembre de 2025
“Antes de la guerra, el Carmelo y el Guinardó se componían de torres y casitas de planta baja: eran todavía lugar de retiro para algunos aventa­jados comerciantes de la clase media barcelonesa, falsos pavos reales de cuyo paso aún hoy se ven huellas en algún viejo chalet o ruinoso jardín. Pero se fueron. Quién sabe si al ver llegar a los refugiados de los años cuarenta, jadeando como náufragos, quemada la piel no sólo por el sol despiadado de una guerra perdida, sino también por toda una vida de fracasos, tuvieron al fin conciencia del naufragio nacional, de la isla inundada para siempre, del paraíso perdido que este Monte Carmelo iba a ser en los años inmediatos”

Últimas tardes con Teresa, Juan Marsé (1966)

En la cumbre de la serpiente asfaltada de Marsé —la carretera del Carmel— sigue en pie y intensamente en activo el Delicias, con la terraza invariablemente a rebosar y con colas que se estiran ordenadamente hasta la acera de enfrente. “Es un orgullo aparecer en la novela”, destacan desde la barra, tras la que no queda nadie de aquel momento en que el Pijoaparte apostaba a las cartas en esas mesas. Dejamos atrás el bar para trepar por el Carmel, con casas prácticamente colgantes sobre la ladera de la montaña, con estrechas escaleras de vértigo que conducen a enjambres de pisos. Debajo de los mallamados búnkers del Carmel ---en realidad, baterías antiaéreas de Can Baró---, el puente colgante de Mühlberg salva el precipicio generado por la actividad minera que marcó el barrio. Sentado sobre su baranda a más de 100 metros de desnivel, un inconsciente fuma un cigarrillo. En el silencio de la colina, el que bien podría ser el Pijoaparte oye el obturador al disparar la cámara y se gira de repente; lejos de molestarse, se recoloca, se pone de pie ante el abismo, y toma otra calada.El puente de Mühlberg, por Anna Badia

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Anna Badia López
Anna Badia López

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