La progresiva destrucción de las selvas tropicales, la caza furtiva y el tráfico ilegal de crías de chimpancé y otros primates son la causa de que el 48% de especies y subespecies de estos mamíferos se encuentren en peligro de extinción, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
En medio del Parque Nacional Kahuzi Biega, al Este de la República Democrática del Congo, hay un centro de recuperación de primates huérfanos, la mayoría de los cuales provienen de decomisos policiales. Es el Centro de Rehabilitación de Primates de Lwiro (CRPL), donde Raúl Cabrera Porcel y Laia Dotras, dos biólogos catalanes, trabajaron como voluntarios. Al mismo tiempo que colaboraban altruistamente con todo tipo de tareas, se enriquecían aprendiendo una manera de cuidar y proteger a decenas de chimpancés y monos que han sido rescatados de cazadores furtivos y traficantes.
Y, habiendo visto todo el trabajo que se hace en este centro, ellos, juntamente con la también bióloga catalana Aurora Pazos, decidieron poner en marcha SOS Primates, una asociación sin ánimo de lucro, para recoger donaciones para ayudar a financiar la alimentación de los animales y los sueldos del medio centenar de trabajadores locales que se ocupan de cuidar a noventa chimpancés y a un centenar de monos en este hogar creado para ellos a la zona rural de Kivu Sur. Contribuyen así también a mejorar la vida de agricultores de la región, productores de fruta y verdura que necesitan los primates en su refugio vital. Desde el mismo centro desarrollan proyectos de ayuda a población local más desfavorecida, como por ejemplo creando ocupación para mujeres solas y escolarización de niños, y otras colaboraciones que cierran un círculo de sinergias de humanidad.
En Barcelona, Raúl ofrece participaciones de lotería de Navidad, camisetas, calendarios y muñecos que son pequeños chimpancés de ropa cosidos por mujeres del Congo, a cambio de donativos, al mismo tiempo que dan a conocer la asociación. Estas son dos de las maneras con las que la sensibilización sobre esta tarea de rescate de animales llega lejos del Congo. Pero Raúl, como otros colaboradores de la asociación, también viaja por el mundo impartiendo charlas sobre el trabajo en los centros de rescate de primates en diferentes países, y las numerosas maneras de aportar pequeñas ayudas económicas o de voluntariado.
El niño que creció amando a los animales
El afecto y complicidad de Raúl con los animales ya latía en su infancia. En los veranos en Granada en casa de sus abuelos jugaba rodeado de animales. Tenían cabras, ovejas y toros, y un caballo que él montaba. También el amor de su madre hacia los animales que cuidaban en el pueblo durante las vacaciones y los gatos y perros que siempre tuvieron en Barcelona fue un referente, un faro vital para él, una silenciosa manera de aprender a amar a los pequeños seres vivos de cuatro patas.El otro factor determinante que despertó su interés por los animales fue el zoo. Tenerlo cerca de casa le permitió visitarlo a menudo, con familiares y amigos, también con el colegio, como tantos estudiantes han hecho. Solo que él ha acabado trabajando allí. Raúl es uno de los setenta cuidadores del parque zoológico de Barcelona, esta pequeña reserva natural hábitat de hábitats de tantísimas especies animales, que es a la vez centro de investigación y de pedagogía para maestros y alumnos. El zoo es una enciclopedia de animales que respiran natura, y los caminos de sus instalaciones son una invitación a pasear, a sentarse en un banco, y a dejarse sorprender por las miradas, las corredizas, las rutinas de aves, plantígrados, felinos, reptiles... El espacio de trabajo de Raúl es ese lugar privilegiado en medio de la ciudad, con una temperatura más baja por los árboles centenarios del zoo, donde encontramos esculturas a cada paso.
En la zona de los primates, lo hallamos a él, que nos explica las tareas habituales de un cuidador del zoo. Y lo primero que quiere remarcar es que en el zoo se trabaja todos los días del año. Sea Navidad, San Esteban, o Reyes, la tarea de cuidadores no para nunca. Ni de día, ni por la noche, con guardias de supervisión. “Empezamos muy pronto, preparando el almuerzo de los primates y, antes de entrar a ver como están, leemos el parte del día antes que deja el cuidador que se ocupó de ello”, explica Raúl.
Pasar a dar los buenos días a cada uno de los chimpancés, monos, gorilas, quiere decir también comprobar que están bien. Después toca limpiar el espacio por el cual se mueven, primero la parte que ve la gente y después los dormitorios. “Los primates son de hábitats tropicales, por lo tanto, si algún día estamos a cero grados, no saldrán”, precisa el cuidador.
Pasar a dar el buen día a cada uno de los chimpancés, monos, gorilas, quiere decir también comprobar que están bienTambién nos explica que los animales van comiendo durante todo el día. Observando sus mucosas y los ojos, ven muchos detalles de su salud. Y, “cuando limpiamos, nos fijamos por ejemplo si hay algún mechón de cabellos, porque eso podría indicar que ha habido alguna pelea”, dice. Y supervisando también los lugares donde comen, pueden ver si se lo han comido todo o no.
Cuando estudiaba biología, Raúl pasaba muchas horas en la biblioteca para ampliar conocimiento. Pese a su timidez, en clase eran siempre más fuertes sus ganas de resolver dudas preguntando. En tercero de carrera, un catedrático le dijo que buscaban a gente para hacer prácticas en el zoo de Barcelona. Podían ser junto a un conservador de aves o con uno de primates y él estuvo un año de voluntario a trabajar con los primates. Eran dos o tres mañanas a la semana que le contaban como créditos de libre elección y que empezarían a crearle un vínculo con todos los familiares de orangutanes y chimpancés.
Empezó al mismo tiempo que la bióloga y primatóloga Encar Garcia, que más tarde fundaría el centro de recuperación de fauna Jaguar Rescue Center en Costa Rica. Juntos, entre otras tareas, contribuyeron a redecorar hábitats de los primates y dotarlos de herramientas e instrumentos, juguetes variados que hay que ir cambiando ---para evitar que se aburran---, y todo aquello que podía hacer más agradable la vida de los primates. Siempre con supervisión, reconoce que fueron muy afortunados de poder hacer todo lo que hicieron. Y entre 1999 y 2001, vieron nacer gorilas que eran nietas de Copito de Nieve.
Como ---dice--- los primates aprenden a criar en grupo, y aquellas madres no lo habían podido hacer, tuvieron que alimentar a las crías de primate en la nursery, con biberón. Se ponían chalecos de piel emulando el pelo de gorila para que las pequeñas crías se cogieran mejor. “Fue una experiencia muy bonita”, recuerda. Raúl ahora ya es un experto en estas criaturas, y no se cansa de repetir que, a pesar de que, en ciertas ocasiones, como pueden ser periodos de recuperación puntuales, las crías tienen que ser alimentadas con biberón porque las madres no pueden hacerlo, tienen que ser devueltas a su grupo tan pronto como sea posible, para que no se acostumbren a los humanos. “No son mascotas, ni jamás lo tienen que ser”, puntualiza. La gente conectamos de manera especial con los primates porque nos recuerdan mucho a nosotros. Por eso ---apunta Raúl--- muchas veces vemos a quien se ruboriza viendo a una pareja de orangutanes copulando, por ejemplo.
El año siguiente a su periodo como voluntario, en 1997, Raúl tuvo su primer contrato en el zoo como cuidador. Más tarde, tuvo la oportunidad de trabajar en la Fundación Mona, el centro de recuperación de primates de Riudellots de la Selva, donde estuvo del 2002 al 2005. Allí aprendió a poner tejas, a construir espacios, a dirigir un equipo de voluntarios de fuera, en inglés, y continuó aumentando su saber sobre los primates.
Una esponja de saberes y emociones
El viaje sabático de dos años que decidió hacer para visitar centros de primates en diferentes países, y dos años y medio trabajando en el zoo de Madrid, sobre todo cuidando a gorilas, precedieron su retorno al zoo de Barcelona, en marzo del 2009. Regresó cargado de vivencias entrañables. Pero los viajes para encontrarse con primates no los dejó de hacer. Y en el 2012 en la República Democrática del Congo, donde había estado ya como voluntario, lo llevó a cofundar la asociación SOS Primates.Raúl ha dedicado casi todas sus vacaciones a aprender en zoos y centros de recuperación de diferentes lugares, como Holanda o Gran Bretaña, Vietnam, Madagascar, Camerún o Borneo. Sentía que “necesitaba aprender y no quedarme con una manera de trabajar”, argumenta. Y ahora muchas veces viaja para sensibilizar y difundir lo que él ha ido aprendiendo: “Para dar un buen cuidado a los animales, no solo hace falta pasión y que te gusten, tienes que estar formado. Para los cuidadores, la formación continua es muy importante. Así se puede ayudar en contextos de otras realidades a quienes no tengan recursos. Por eso viajamos a hacer talleres a países donde consideramos que pueden significar una buena aportación”, señala.
"Para dar un buen cuidado a los animales, no solo hace falta pasión y que te gusten, tienes que estar formado"Recuerda que, de niño, cuando iba al zoo, siempre se preguntaba dónde dormían los animales. Y todavía guarda recortes de diario de la época en la cual se hablaba muy a menudo de Copito de Nieve y de la orca Ulises. La película Tarzán le gustó, pero aún más leer Gorilas en la niebla, de Dian Fossey, que -explica- “regalaban en una colección literaria sobre medioambiente que también guardo todavía hoy como un tesoro, junto a los recortes de diario”.
Todos los días, mientras hace su trabajo en el zoo, hay visitantes del parque que, cuando lo ven dar de comer a los primates, le hacen preguntas. Interactúa también con investigadores que acuden a observar a los animales como parte de trabajos científicos. Y explica que también se ve muy frecuentemente a estudiantes de Bellas Artes que reproducen en sus cuadros situaciones en el zoo. Es una afición que él también tiene. “Me gusta mucho pintar animales y después regalar los cuadros a gente que aprecio”.
Cuando habla de los animales, contagia el afecto por la fauna, y no solo por la que más conoce. Qué le han enseñado los primates le cuesta mucho resumirlo. “Igual que nosotros, tienen muchos buenos días y otros en los cuales están enfadados. Tienen su punto de ternura, como nosotros y los momentos de ira. Observando a los primates, he llegado a conocer y a entender mejor a la especie humana. Lo bueno y lo malo. Los primates también se pelean por el territorio y por las parejas y no se miran a los ojos cuando no hay confianza, lo mismo que hacemos en el ascensor las personas, que miramos hacia abajo si no nos conocemos”, afirma.
"Observando a los primates, he llegado a conocer y entender mejor a la especie humana"A título más personal, Raúl tiene anécdotas para llenar un libro. Pero de manera especial guarda algunos momentos, como cuando murió su madre que, dando de comer a los primates “ellos notaron que estaba más triste, y me trataron de manera diferente”. O, “cuando se han pensado que nos peleábamos con alguna compañera, y alguno de los que estaba delante ha tomado parte por uno de nosotros, según con quién tenía más afinidad y ha empezado a gritar, como diciendo, parad de discutiros”.
La impresionante memoria de los primates también sorprende. “Ellos no olvidan nunca si los has tratado bien, como no olvidan a quién los ha tratado mal”. Raúl reconoce que ha aprendido muchísimas cosas con ellos. “Para ellos, nosotros somos parte de su familia, aparte de su grupo”. Por eso, no se hacen tan extraño, a pesar de que impresionen, episodios como el que vivió una vez en Holanda. “Fui a visitar a una orangutana ---Sandy--- a la que había cuidado en el zoo de Barcelona durante ocho años. Para evitar la consanguinidad en la reproducción, la llevamos a una institución de los Países Bajos. Había ido a despedirla cuando se fue. Y, después de ocho años, cuando la volví a ver, fue muy emotivo. Me recibió como quien se reencuentra con un amigo o amiga. Gente que lo vio lloraron de emoción”.