El Schilling Café-Bar ha cerrado por la crisis.

Beriestain, Schilling y las atmósferas

“El Beriestain o el Schilling, y restaurantes como El Gran Café no eran solo un salón donde tomar un cortado. Eran, sobre todo, atmósferas: un portento de paz interior que se revelaba en agotar el tiempo de lectura o conversación alrededor de una taza, de una comida o una cena, cuando volvías a la calle, a la intemperie del ruido incesante, y la temperatura incómoda y los malos olores se volvían a manifestar.”
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os versos de Carta a casa de Ovidi Montllor narran la soledad de un hombre forzado a abandonar el hogar en un contexto social de penuria económica. El coraje de personajes como el descrito por el artista de Alcoi han dejado huella en la historia reciente de Europa. Y la siguen dejando todavía, aunque con los papeles cambiados y evidenciando la ruindad más brutal. El refugiado, el exiliado; en definitiva, el emigrante, se afanan en recomponer la vida lejos del hogar. Lejos de lo cotidiano. Pero muchas veces esta nueva vida es ardua y cuesta sacarla adelante. Un transcurso similar es el del duelo. Cuando esto ocurre recurrimos a la añoranza, un canto de esperanza que a veces lanzamos desde el desierto del ansia cuando nos sentimos perdidos, un salvavidas neuronal que conecta el presente y el recuerdo anhelado. Los que la hemos atravesado alguna vez hace veinte o más años atrás escribíamos cartas o las esperábamos, y somos capaces de reconstruir la atmósfera: detenerse a sentir, elegir bien el mensaje, religar las letras parsimoniosamente como un extenso filamento de luz sobre el papel, poner la dirección en el sobre, lamer sus márgenes para cerrarlo y el sello.

El Schilling estaba a un paso de La Rambla.

Que la atmósfera sea reconstruible lo determina la calidad y la cantidad del tiempo dedicado. En cambio, el actual enviar y recibir mensajes de móvil o correos electrónicos es una rutina precoz sin demasiado valor, sin hazaña. Escribimos textos, los borramos, los reescribimos y los devoramos impacientes. Y por las noches, junto a las bibliotecas, las personas se acumulan para rascar unas líneas de wifi y así poder mantener una videoconferencia decente con el hogar que los echa de menos a decenas de miles de kilómetros. Sin embargo, también llegará el día que reconstruyamos el enviar y recibir mensajes digitales porque habremos superado un nuevo tramo tecnológico, como cuando nos explicamos la inquietud que suponía esperar una llamada al fijo sentados en el sillón de casa. Ahora bien, me temo que vamos perdiendo los detalles que conforman la atmósfera del recuerdo, que cada vez son más débiles. Cada vez serán menos las migas de pan que permitan rehacer el camino de regreso a la atmósfera.

Buena parte de las fases de un día transcurren dentro de los mismos patrones y secuencias. Sin darnos cuenta creamos atmósferas: el dormitorio, donde empiezan casi todas las jornadas, a excepción de los amantes, que hoy calientan una cama y mañana otra, y los comerciales ejecutivos que se despiertan en una habitación de hotel diferente cada mañana. Después siguen rituales como la ducha, las cremas, escoger la ropa, los perfumes. La cocina, con los olores habituales del café, de las tostadas. El ascensor. El itinerario al trabajo a pie, en bicicleta o en transporte público. El parque. La casa del fin de semana o la de los padres, que nos ha visto crecer.

Por este motivo, la inaudita inconsistencia de estos últimos meses ha hecho aflorar el ansia, que no es otra que el querer acelerar el desenlace de la importunidad del presente. Querer volver a la rutina, al hábito, a la costumbre que parecía fuerte, que parecía arraigada, que ni la voluntad había sido suficiente para arrancar, pero que el virus ha torcido con una facilidad de vértigo: vidas consumidas, sueños en ruinas o lo que es peor, aplazados. Quien ha salido peor parado han sido los autónomos y la pequeña empresa. Con la normativa de prevención contra el contagio, un alud de establecimientos barceloneses no han vuelto a levantar la persiana que se vieron abocados a bajar. Algunos de estos, bares o cafés como el Beriestain o el Schilling, y restaurantes como El Gran Café no eran solo un salón donde tomar un cortado. Eran, sobre todo, atmósferas: un portento de paz interior que se revelaba en agotar el tiempo de lectura o conversación alrededor de una taza, de una comida o una cena, cuando volvías a la calle, a la intemperie del ruido incesante, y la temperatura incómoda y los malos olores se volvían a manifestar.

La mítica tienda Vinçon cerró en 2015 tras 74 años de diseño y cultura.

Sumado a los casos mencionados, algunos símiles en otros sectores y no necesariamente vinculados a la casuística de la pandemia son el Barcelona-Reykjavik, el Arlequín máscaras o el Vinçon. Estos establecimientos acercaban, o incluso conectaban, la armonía que sólo encontramos en la sensibilidad primitiva, en la patria. La duda es si estamos en un periodo propenso para la destrucción de estas atmósferas o es sólo un sentimiento romántico. De entrada, que las estemos destruyendo parece una declaración imposible. Al menos contradictoria. Porque los humanos nos enganchamos con avidez a las realidades que nos aportan y, después, cuesta lo no escrito desprenderse, incluso habiendo reconocido que han dejado de aportar o que no lo hacen como al principio. Este relato lo soporta una razón empírica: nos hemos acostumbrado al ir pasando propio del sedentarismo, un efecto comparable al que mal entendemos por bienestar, un estado de placer aceptable, confortable.

La atmósfera de la panadería Barcelona-Reykjavik ha sido replicada en otros locales.

Cuando aún era un niño recuerdo esperar el turno a la pastelería. Era un establecimiento sencillo. De paredes de azulejo blanco. Un mostrador austero y los estantes de madera que exhalaban el perfume formidable y caliente del pan. No he vuelto a comer uno como aquel. Pero estoy convencido de que no era, sólo, el pan. En buena parte era, también, la atmósfera. Y preferiría cien veces más aquella pastelería que tuvo que cerrar que los modelos de pastelería-cafetería actuales que buscan recurrencia sin imprimir atmósfera.

Porque por más diseño de interior y mobiliario que trata de deslumbrar a los sentidos, el resultado es decepcionante, dado que la intangibilidad de la atmósfera sólo se puede reemplazar con intangibilidad. Y los elementos, la decoración y el mobiliario, tangibles, son insuficientes. La atmósfera pide autenticidad y paciencia. La paciencia de quien, por ejemplo, vuelve a casa después de unos días en el hospital y, durante la fase de convalecencia, ve que su cama se ha transformado en un lecho articulado. Y que la movilidad, que podía hacer con los ojos cerrados, ahora depende de una silla de ruedas.

Otro caso particular es la escuela. En ocasiones he visitado el edificio donde cursé la enseñanza primaria. Actualmente, y desde hace unos años, es un instituto de secundaria. Cuando se produjo este cambio fue necesario un acondicionamiento arquitectónico, la adaptación de las aulas, sustituir el neutro de las paredes por colores vivos… En un primer momento la nueva realidad me alejó notablemente de la escuela que yo había vivido. Pero fue volver a los olores de la entrada, a las de los lavabos o sentir la emoción al mirar por los ventanales del pasillo, y valerme del salvavidas para conectar de nuevo con la atmósfera que sigue anclada en la experiencia de los sentidos. Y entonces la atmósfera dobló, categóricamente, el intento de reforma para situarme en la escuela que viví.

¿Estamos, pues, en un periodo propenso para la destrucción de estas atmósferas? Sigo sin tenerlo claro. Porque el Barcelona-Reykjavik cerró, pero estampó una atmósfera que se ha visto replicada, con éxito, en otros establecimientos de la ciudad. Y lo mismo ocurre con el Schilling. Y el Beriestain. Son atmósferas que no mueren. Son únicas, mudan y proliferan a pesar de la presión de las cadenas comerciales que querrían decantar la balanza hacia el lado del consumo insípido. Pero por ese motivo quizás convendría dedicar más ratos y de más calidad a los contextos y personas que nos aportan. Porque este hecho condicionará nuestra balanza y la apertura al único trayecto posible durante el último tramo de vida: el del retorno a la atmósfera que tanto hemos amado y nos ha permitido amar.