Beethoven-Albertí

Mientras tomas un café, paseas por el Gòtic o cenas con Xavier Albertí, se da un instante de la conversación en el que uno siente la tentación de sacar una libreta, tomar apuntes de forma compulsiva, y rezar para que la lección se alargue unas horas más, independientemente de que en la palestra imaginaria de nuestro Theatermacher aparezcan Caravaggio, Guimerà, Pasolini, Sagarra, Lachenmann o Cunillé. Nuestra tribu, permanentemente desenfocada, tiende a definir a Xavier como un erudito o un sabio, debido a su inaudita capacidad de tener la cultura europea en la sesera, de ligar citas y nombres con una sintaxis compulsiva... Pero la cosa no va por ahí, pues el ingenio de este lloretense universal radica en la sagacidad de hacer viajar el peso de la tradición a la cuestión hegeliana de "¿quiénes somos nosotros?" y, en definitiva, a la pregunta foucaultiana por excelencia, "¿quién eres tú?", es decir, el interrogante último que nos hace dirigirnos al teatro.

Dice a menudo Xavier que la finalidad del arte teatral es renovar nuestros pactos de convivencia; dicho de otra forma, que la pulsión de reunirnos en torno a un escenario surge de la inquietud de preguntarnos por qué todavía estamos juntos. Todo esto viene a cuento si pensamos en Beethoven, la conferencia-espectáculo que Albertí y su hijo putativo Albert Arribas nos regalan en el Teatre La Fábrica (¡comprad entradas cagando leches, que el invento se acaba el 3 de mayo!), un encuentro que empieza precisamente cuestionándose por qué la política, a través de himnos y numerosos fastos, siempre ha intentado apropiarse del compositor de Bonn y, a su vez, por qué sus famosos rizos han alcanzado precios de subasta superiores a los de Michael Jackson. El concierto también es una forma de teatro, y Albertí se pregunta por qué Beethoven sigue siendo el compositor que, año tras año, lleva a más gente del mundo a situar sus nalgas en un auditorio.

Las respuestas son múltiples y se pueden ir pensando durante los noventa minutos de turra de esta reunión maravillosa: está el compositor que dialoga entre la luz y las sombras en la Pathétique, que sabe intuir la belleza de las disonancias (anticipándose a sus compañeros vieneses, los cuales encontrarán en el atonalismo la mejor traducción de los males del Viejo Continente), y también el genio autónomo que ---en cierto modo--- crea la figura del compositor freelance y de la forma moderna de concierto. También está el revolucionario que, de forma intencional, sitúa al intérprete (y al público musical) ante el estrés de leer e interpretar la música desde el vértigo de las emociones, a través del imperativo de tocarlo casi todo Gesangvoll, mit innigster Empfindung.  Finalmente, sólo faltaría, existe el enigma que se encuentra en el ser cuasimódico y misántropo, el agitador de masas que buscaba la revolución en la más estricta soledad.  

Pero todo esto, insisto, no serían más que conocimientos adquiridos con esfuerzo... si Albertí no tuviera el gesto de hermanar a Beethoven al universo particular de este "¿quién soy yo?" imperativo que nos lleva al teatro. Aquí el actor-creador de esta pieza encuentra el sentido en la dignidad de la música beethoveniana y la aprovecha para superar la dialéctica extensa pero limitada del piano (¡amigos de La Fábrica, comprad una mejor carraca, que la afinación de este instrumento estuvo a punto de causarme un desmayo!) que va más allá de la partitura y se hace gesto escénico. El actor-creador no sólo hace estética, puesto que detrás de la independencia beethoveniana (y de sus patologías misteriosas) también encuentra la reivindicación de una sexualidad libre y de una catalanidad sin complejos, situando los ojos del músico a la altura de los de Clavé y de las musas de nuestro Palau.

Viajad a La Fábrica, porque -además de escuchar Beethoven- asistiréis a un ejercicio teatral de primer orden que nos impone preguntarnos dónde se encuentra nuestra pequeña fuente de dignidad, que te obliga a cuestionar cuál es tu revolución creativa y que, finalmente, nos cuenta que ---básicamente--- vamos al teatro para rehuir la normalidad y no quedarnos en casa en tanto que seres diogénicos. Todo esto lo hace Albertí, acompañado por Arribas, y con el espíritu de Ludwig. No es poca cosa. Aprovechadlo, que últimamente el teatro barcelonés se está convirtiendo en algo altamente tedioso, propagandístico y rebosante de respuestas prefabricadas. Y a nosotros, natürlich, lo que nos interesa son las preguntas de cierta altura.

Sobre el autor

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Bernat Dedéu
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