Que una coctelería se presente como “posmoderna” suena a provocación calculada, pero Kyara convierte esa etiqueta en su bandera. En la barra de Alex Kratena y Monica Berg, que toma el nombre de la madera de agar más preciada, los tragos se construyen a partir de acordes aromáticos. El resultado es un espacio que parece un laboratorio: un Martini diagnosticado como si fuera una consulta médica, música urbana de fondo y el aire de guarida de villano de 007.
La definición marketiniana encaja: fragmentos, pastiche, referencias cruzadas, artificio que no se oculta. Pero cuanto más pienso en Kyara —y en lo que simboliza— más me pregunto si no hemos pasado ya de pantalla. Parece que bares como este (y la gastronomía en general) han dejado atrás la ironía del posmodernismo para entrar en ese terreno ambiguo que los teóricos llaman metamodernismo: un espacio donde la parodia convive con una extraña sinceridad, como si nos riéramos del artificio y al mismo tiempo creyéramos en él.
La historia de la gastronomía, de hecho, ha seguido un recorrido sorprendentemente similar al de la literatura. La nouvelle cuisine fue nuestra novela moderna frente a la haute cuisine: cocineros que rompían con la tradición real con la misma irreverencia con la que Cervantes se cargaba los libros de caballerías. Después apareció Ferran Adrià, nuestro Foster Wallace de los fogones, que convirtió el menú en un texto filosófico, lleno de citas, juegos e intertextualidad.
Y ahora no es en absoluto casual que muchos restaurantes catalanes de nueva hornada estén revisitando recetas antiguas —Franca, Fontané, Absis, Vinum (Mas d’en Buno) o La Sosenga— como si quisieran recuperar la historia pero reinterpretada con las reglas de hoy. Es un gesto muy parecido al que hace el posmoderno Coetzee en Foe, reescribiendo Robinson Crusoe para darle otra capa de sentido.
De la misma manera, chefs como el danés Rasmus Munk, que en Alchemist imprime el rostro del comensal en un plato para que acabe comiéndose a sí mismo, o Andoni Luis Aduriz, que te invita a arrancar la piel de un rostro servido en la mesa, convierten la parodia en ritual. Es un movimiento al más puro estilo de Ben Marcus: un juego que haría sonreír a un posmoderno, pero que un metamoderno defendería con toda la seriedad del mundo.
En esa misma línea se entiende mejor el papel de Kyara, que activa tres de las grandes coordenadas del metamodernismo. Historicidad, porque revisita clásicos como el Martini desde la mirada del presente; afecto,porque pese a la estética de laboratorio hay una intimidad inesperada en un sorbo que apela a la memoria olfativa; y profundidad, porque la experiencia se despliega en colaboraciones artísticas, experimentos con inteligencia artificial y una banda sonora concebida como parte del relato.
Por eso este bar barcelonés es la excusa perfecta para pensar que la gastronomía, como la literatura, está abriendo un nuevo capítulo. El artificio sigue ahí, pero ya no basta con verlo: ahora queremos emocionarnos con él. Y es aquí donde el local muestra toda su fuerza, porque transforma el collage de signos del presente en afecto, memoria y un poco de verdad. Al fin y al cabo, ¿estamos bebiendo un cóctel… o saboreando el prólogo de una nueva etapa cultural?