La batalla por el aura

29 de agosto de 2026 - 05:25

Cualquier filosofastro a tiempo parcial o crítico mojabragas de la cooltura habrá amenizado alguna conversación con fines carnales o un debate existencial entre colegas apelando al concepto de aura. El pensamiento wikipédico, del que no se salva Walter Benjamin ni servidora de ustedes, nos dice que el aura vendría a ser aquella especie de carácter único que posee una obra de arte verdaderamente trascendental antes de caer en la red espiral-espectral de la reproducibilidad técnica, base esencial de la economía de mercado. Ahondando en el concepto, uno podría definir el capitalismo como un sistema de compulsiva fotocopia de objetos que aniquilan el carácter irrepetible del original (traducido a la teología, que mata el poder de las divinidades a base de dibujarlas en postalitas) y que subsume la creación hasta convertirla en una actividad propia de una cultura de masas formada por individuos más interesados en las etiquetas de un museo que en su colección pictórica

Como siempre ocurre con los temillas del pensar, las cosas son algo más complicadas, porque el propio Benjamin —a partir de textos como la Kleine Geschichte der Photographie (1931), a raíz de las instantáneas de Eugène Atget— ya planteaba el aura como “una trama muy particular de espacio y tiempo: irrepetible aparición de una lejanía, por cerca que ésta pueda estar. Seguir con toda calma en el horizonte, en un mediodía de verano, la línea de una cordillera o una rama que arroja su sombra sobre quien la contempla hasta que el instante o la hora participan de su aparición, eso es aspirar el aura.” De hecho, lejos de la nostalgia de sus compañeros de Frankfurt, Benjamin ya nos hablaba de esa pérdida en términos casi positivos: “Quitarle su envoltura a cada objeto, triturar su aura, es la signatura de una percepción cuyo sentido para lo igual en el mundo ha crecido tanto que incluso, por medio de la reproducción, le gana terreno a lo irrepetible”. 

Ya me dispensaréis la tabarra filosófica, pero no es extraño que Benjamin encumbrara el concepto de aura a raíz de reflexionar sobre un artista como Atget, que captó el París gótico y sombrío previo a la gran transformación industrial y económica de la Segunda Gran Guerra. La cosa tiene bastante coña, porque diría que al filósofo berlinés le haría cierta gracia ver cómo este este sesudísimo y disputadísimo concepto vuelve ahora a emerger a través de la moda juvenil del “farmear aura”; a saber, una curiosa práctica de los individuos zentennials consistente en monopolizar rincones de la ciudad para, a través de duelos de semi-danza (o de movimientos compulsivos-agresivos que se comparten en la red), conseguir la aprobación del público asistente y poder volver a casa o al insti con una dosis de carisma o de reputación compartida. De hecho, diría que al amigo Walter le haría gracia que la apropiación del concepto, en lugar de ser algo sobrevenido, pueda convertirse literalmente en una experiencia fabricada. 

"Los jóvenes han asumido que su Barcelona (y de eso todos somos algo culpables), sólo puede dignificarse en tanto que escenario performativo de unas pugnas efímeras y vagamente placenteras"

Uno puede pensar que un grupo de adolescentes que hacen suyos los rincones de Barcelona a través de un escenario de disputa corporal con el objetivo de parecer más enrollados (como lo definía una joven conciudadana en la prensa; “hacer el tonto, pero bien”) nada tiene que ver con el concepto fundacional de aura, a partir del cual Benjamin recrea la figura individual del flâneur; es decir, aquel individuo que pasea por la ciudad mirando sus pasajes como “un piso sin muebles que todavía no ha encontrado inquilino.” Pero diría que el aura que fabrican los jóvenes, aunque colectiva, también guarda este sentido nostálgico-particular del crepúsculo de la sociedad virtual. Con la crisis de los influencers ya asumida y las propias empresas del ramo de lo virtual aceptando su condición de promotoras de la adicción... diría que a los jóvenes sólo les queda la opción de reunirse, batallar un rato, y llevarse cuatro imágenes para retener el aroma de una fama blanda y momentánea. 

En este sentido, fabricar(se/nos) el aura es la enésima reformulación de la idea warholiana de los quince minutos de fama, ahora aplicada a una digestión mucho más rápida y a un impacto colectivo de pocos segundos, hasta la próxima lucha de gallos o la siguiente imagen del infinite scroll. A su vez, los jóvenes han asumido que su Barcelona (y de eso todos somos algo culpables), sólo puede dignificarse en tanto que escenario performativo de unas pugnas efímeras y vagamente placenteras. Todo esto pueden pareceros disquisiciones absurdas de segunda categoría o pajas mentales para llenar un artículo como la presente Punyalada, pero la lucha de Benjamin con el aura tenía fines más elevados; porque el problema no sólo radica en la estética sino —cito el espíritu de su letra— en si tal reino de la apariencia y la performatividad del baile, con tanto ritual sinuoso de fuerza bruta, nos acercamos peligrosamente al fascismo. Pero de eso no tienen la culpa, faltaría más, los niños desocupados que se curan el tedio bailando.

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Bernat Dedéu
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