Barcelona debe traducir los derechos digitales al lenguaje de la cultura

20 de mayo de 2026 - 00:05

No salí del Encuentro Internacional por los Derechos Digitales pensando que por fin entendemos del todo lo que está pasando entre tecnología y sociedad. Salí pensando algo más útil: al menos hemos empezado a admitir que hay una parte importante de esta relación que no está funcionando bien, y que ya no se puede tratar como una discusión de nicho.

Eso, en sí mismo, ya importa.

Durante demasiado tiempo, la conversación sobre tecnología se ha movido entre dos extremos bastante pobres: por un lado, la fascinación ingenua; por otro, el apocalipsis automático. El Encuentro, celebrado en Barcelona, intentó abrir un tercer espacio: uno en el que los derechos digitales se entienden como derechos humanos, y en el que la aceleración tecnológica ya no se discute solo como progreso, sino como transformación de las condiciones reales de vida.

Y ahí está el punto decisivo. La identidad, la privacidad, la visibilidad, la reputación, la violencia, la desinformación, la salud mental y la desigualdad ya no viven solamente en el mundo físico. Viven también —y a veces, sobre todo— en el digital. No como un apéndice, sino como parte central de la experiencia contemporánea.

Desde ese lugar, hubo al menos tres ideas especialmente valiosas.

La primera tiene que ver con la necesidad de dejar de hablar de los datos como si fueran una abstracción técnica. Una de las intuiciones más fuertes del foro fue justamente esa: los datos no son un fondo azul con líneas en movimiento. Los datos son vidas, pérdidas, hábitos, cuerpos, recuerdos y decisiones. Proyectos como los de Domestic Data Streamers o la presencia de iniciativas culturales vinculadas a memoria y visualización muestran algo esencial: a veces el arte explica mejor que el policy paper qué está en juego cuando hablamos de tecnología.

La segunda idea apareció con claridad en espacios vinculados a inteligencia artificial, género y vulnerabilidad. Si hoy hablamos de protección de derechos en sistemas algorítmicos, esa protección no puede ser decorativa ni únicamente retórica. Tiene que ser interseccional. Tiene que pensar en mujeres, sí, pero también en minorías, en jóvenes y en todos los grupos que suelen quedar más expuestos cuando una tecnología se diseña sin contexto humano suficiente. Y eso remite a una palabra que todavía infravaloramos: alfabetización. No solo técnica. También ética y social.

Encuentro Internacional por los Derechos Digitales, en la Llotja de Mar.

La tercera idea, quizá la más incómoda, es que todavía sabemos regular mejor en abstracto que acompañar a una persona concreta cuando ya ha sufrido el daño. ¿Qué hace alguien cuando le roban la identidad digital? ¿A dónde va quien ve su imagen manipulada? ¿Quién explica, en lenguaje comprensible, qué significa el uso ético de la IA para alguien que no trabaja en regulación ni en un laboratorio?

Ahí es donde la cultura debería entrar de lleno.

Porque en Barcelona existe una realidad evidente: miles de personas que trabajan en música, imagen, diseño, escritura, vídeo, moda, arte o creación digital ya viven completamente atravesadas por plataformas, algoritmos y nuevas formas de precariedad tecnológica. Son parte del problema y, sobre todo, parte de la solución. Pero rara vez se les habla como protagonistas de este debate. Más bien se les invita a llegar después, cuando el idioma ya está cerrado y el marco institucional ya está montado. Ese desfase es un error.

Si los derechos digitales quieren ser realmente democráticos, no basta con discutirlos bien en una sala. Hay que hacerlos culturalmente legibles. Hay que traducirlos al lenguaje de la experiencia cotidiana, del trabajo creativo, de la memoria, de la presión por la visibilidad y de la vida pública real. Y eso exige formatos distintos.

Sesión del Encuentro Internacional por los Derechos Digitales.

Por eso me interesó tanto una intuición repetida, de distintas maneras, durante el Encuentro: la necesidad de mover estas conversaciones fuera del formato institucional clásico. No para vaciarlas de contenido, sino para devolverlas al espacio social. Que una conversación sobre algoritmos, democracia o desinformación pueda existir también en un festival, en una instalación, en una pieza audiovisual o en una comunidad cultural no la vuelve menos seria. La vuelve más accesible. Y, probablemente, más efectiva.

Barcelona tiene una oportunidad muy concreta aquí. No solo como ciudad que acoge foros sobre tecnología y derechos, sino como ecosistema que puede crear puentes entre instituciones, cultura y ciudadanía. Porque si algo dejó claro el Encuentro es que el debate existe, los actores existen y la preocupación existe. Lo que falta, muchas veces, es la traducción.

Taller durante el Encuentro sobre Derechos Digitales.

Traducir no significa simplificar hasta la banalidad. Significa construir lenguaje común. Significa hacer que una fotógrafa, un músico, una actriz, un diseñador o un creador digital reconozcan que esta conversación también les pertenece. Que la ética no es una palabra prestada. Que la regulación no es una nota al margen. Que su trabajo, su imagen, su voz y su capacidad de decidir sobre su propia presencia en el espacio digital forman parte del mismo campo.

Si la tecnología ya está reescribiendo las reglas de la creación, la cultura no puede limitarse a ser observadora. Tiene que entrar a discutirlas. Y quizá ese sea el siguiente paso adulto para Barcelona: no solo alojar el debate sobre derechos digitales, sino convertirlo en una conversación cultural viva.

Añadir The New Barcelona Post como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

Sobre el autor

Tatiana Lash
Tatiana Lash
Ver biografía