Barcelona es mucho más que una ciudad o un territorio metropolitano. Es un símbolo, un relato, unos determinados valores y una emoción. Es un territorio que respira al ritmo de la innovación, el emprendimiento y la modernidad, pero también rezuma identidad y memoria. Barcelona no se entiende sin la industria, el comercio o la creatividad, pero tampoco sin sus vibrantes instituciones y una sociedad civil siempre activa y activista. La marca de la ciudad es reconocida en el mundo como una comunidad de destino, abierta, diversa y plural.
El resultado de las últimas décadas ha sido extraordinariamente positivo. Barcelona ha conseguido, aún con sus limitaciones y contradicciones, poner en valor su gran diversidad de activos económicos, institucionales, sociales y culturales para convertirse en eso que llamamos hoy una nueva ciudad global de referencia. Es una metrópolis conocida y reconocida a lo largo y ancho del mundo que atrae talento, empresas, inversiones y nuevos vecinos de todas las clases sociales. Un ejemplo de ciudad abierta y acogedora que trasciende su propio término municipal.
Barcelona, sin embargo, tiene que estar atenta y rápida en el nuevo mundo. El contexto de desglobalización acelerada, las tensiones geopolíticas, la guerra arancelaria y los conflictos internacionales pueden afectar o alterar los flujos de inversión, turismo y comercio que han sido fundamentales para la economía de la metrópolis. Todavía es pronto para analizar el impacto en las principales cadenas de valor global, pero hay que observar cómo se mueven los principales actores en sectores clave como la biomedicina, la tecnología digital, los semiconductores, la economía verde o la industria 4.0. Un escenario que obliga a Barcelona a anticiparse y adaptarse con rapidez.
Barcelona es una ciudad global que ha sabido convertir su diversidad en motor de atracción de talento, empresas e inversión
Ante un escenario marcado por la rivalidad entre grandes potencias, el debilitamiento de las reglas comunes y una creciente instrumentalización del poder económico, tecnológico o energético, el clima de incertidumbre global puede reforzar la importancia de algunas ciudades globales como espacios de estabilidad, innovación y resiliencia económica y social.
La gran Barcelona, la región metropolitana, bien podría beneficiarse de su condición de ciudad refugio tanto para el talento como para las inversiones. Si Barcelona —y Catalunya— saben mover sus fichas, puede aprovechar aún más su condición de hub europeo de talento, investigación y emprendimiento. Pero nuestra buena posición geoestratégica no es suficiente. La Barcelona metropolitana necesita políticas urbanas más ambiciosas y eficientes, como el acceso a la vivienda o la mejora de la conectividad. Algo que hay que hacer con sentido de urgencia y unidad de acción.
En un mundo mucho más fragmentado y competitivo, las ciudades que combinen proyección global con solidez local —infraestructuras de calidad, capital humano, cohesión social y territorial y un proyecto económico claro— serán las que mejor se adapten. Las ciudades que mejor funcionen serán las que sepan equilibrar lo global y lo local. Todo ello exige una nueva gobernanza, alejada del frentismo y la polarización política. Necesitamos un nuevo liderazgo compartido.
En un entorno global incierto, las ciudades que mejor se adapten serán las que combinen ambición internacional y solidez local
Barcelona ha sido históricamente una ciudad emprendedora. Desde la revolución industrial hasta la creación del 22@, ha demostrado su capacidad para reinventarse. Hoy tenemos que volver a repensar la gobernanza de la ciudad porque ya no es suficiente con administrar este gran mercado urbano como lo hemos hecho en el siglo XX. Las ciudades más audaces no esperan, construyen.
Se trata, en definitiva, de tener visión compartida, diseñar narrativas audaces y tejer nuevas alianzas. Algunos dirán que hay tensiones políticas que lo hacen inviable, y puede ser cierto, pero la diferencia entre el liderazgo y los gestores radica en la capacidad de transformar el conflicto en una síntesis hacia un propósito colectivo. Quien define el marco emocional de la ciudad influye en su futuro.
En el actual momento histórico, la gran Barcelona necesita un proyecto sólido con una narrativa coherente e inclusiva que avance en su soberanía urbana. Para ello, es imprescindible una nueva gobernanza con capacidad de decisión sobre su modelo económico, energético y social. Cuando los ciudadanos perciben que sus líderes tienen la capacidad de construir su propio destino, aumenta la legitimidad institucional. Sin capacidad de decisión, crece el desapego.
Es hora de reivindicar un municipalismo estratégico, ya no desde cada ciudad, sino desde la región metropolitana de Barcelona. La ciudad condal tiene una responsabilidad especial en este proceso. Barcelona tiene una larga tradición de pactos, diálogo social y colaboración público-privada. Esa cultura debe proyectarse para diseñar la nueva república de Barcelona. Un territorio basado en valores compartidos, visión cosmopolita y comunidad de destino. No hay excusas, ni tiempo que perder. Pensar en pequeño es apostar por la decadencia.