“He aquí mi secreto: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”. Así lo dictamina esta célebre frase de El Principito. Una cita que, a su vez, bien podría atribuirse al propio Joaquín Sorolla para describir sus vibrantes pinturas. Nadie como él ha sabido retratar el agua cristalina del Mediterráneo, aquella que baña y envuelve a niños y pescadores. Tampoco nadie como él ha sabido retratar la luminosidad cálida de la costa —no en vano, es conocido como el pintor de la luz—. Pequeños detalles, como las olas, la luz o la calidez mediterránea que, aunque imperceptibles e invisibles para muchos otros artistas, a través de las dinámicas pinceladas de Sorolla, quien observaba el litoral con la vista, pero especialmente con el corazón, se despliegan con todo su esplendor.
Esta cita, de hecho, incluso podría atribuirse a Manuel Vicent, escritor valenciano para el que, como para Sorolla, el mar es mucho más que un paisaje: es una experiencia vivida y una memoria recordada por el corazón. Experiencias y memorias que conectan a pintor y escritor, y que han llevado a Vicent a convertirse en el atípico comisario, a través de sus palabras y descripciones, de la exposición En el mar de Sorolla con Manuel Vicent, que se podrá visitar en el Palau Martorell hasta el próximo 6 de abril. Una muestra protagonizada por la belleza de estos elementos invisibles a los ojos, pero que atraviesan el corazón de los visitantes.
El binomio belleza y Sorolla se ha convertido en todo un habitual en la breve, pero intensa, historia del Palau Martorell. Belleza, por un lado, porque la magnificiencia de este edificio neoclásico es, más que un escenario, un elemento central de todas las exposiciones —desde Botero a Mucha— que han pasado por sus paredes. Proyectado por el arquitecto Joan Martorell (quien da nombre al edificio) y construido entre 1886 y 1990, fue en su origen sede de la antigua Sociedad del Crédito Mercantil.
No fue hasta finales de 2022 cuando la iniciativa privada de Jesús Rodríguez (director de la empresa de gestión cultural Evolucionarte) y José Félix Bentz (presidente del Real Círculo Artístico de Barcelona) volvió a dar vida a este edificio, propiedad del Grupo Núñez i Navarro. Abriendo las puertas, así, a la belleza de este palacete neoclásico, dominado por una gran claraboya central, ornamentaciones novecentistas, vitrales floreados y columnas dóricas.
Y, por otro lado, Sorolla. Fue precisamente con este artista que el Martorell iniciaba su andadura como museo hace ya más de tres años. Si en aquella primera muestra, bajo el título de Cazando impresiones, un total de 193 miniaturas conquistaban el palacete, en la actual exposición, narrada por las palabras de Manuel Vicent, son 86 obras las que hacen viajar a través de la pintura del artista valenciano. Entre las pinturas seleccionadas, destacan algunos de los óleos más famosos de Sorolla, como El balandrito o La hora del baño.
Una oportunidad única para recorrer el litoral que dibuja Sorolla en sus cuadros sin tener que viajar a Madrid. De hecho, la exposición ha sido posible precisamente porque el madrileño Museo Sorolla, en el que también residió el pintor junto a su mujer Clotilde y sus cinco hijos, se encuentra cerrado desde 2024 por un ambicioso proyecto de restauración y ampliación, que agregará más de 2.000 metros cuadrados de superficie gracias a una inversión de 6,5 millones de euros aportados por el Ministerio de Cultura. Son estas obras, que normalmente ocupan las paredes que en su momento fueron estudio y refugio del artista, las que ahora se pueden visitar, por tiempo limitado, en Barcelona.
El mar como microcosmos
“¡El agua era de un azul tan fino! Y la vibración de la luz era una locura. He presenciado el regreso de la pesca: las hermosas velas, los grupos de pescadores, las luces de mil colores reflejándose en el mar… que hoy era de una sublime intensidad”. Así le describía Sorolla (1863-1923) a su mujer Clotilde su visita a la localidad valenciana de Xàbia (Jávea). Era en estas ciudades costaneras, con la presencia continua de pescadores y niños desnudos jugando bajo el sol, donde el pintor valenciano descubrió su paraíso particular. Un paraíso en el que el mar era sinónimo de libertad, de entretenimiento y de inocencia.Esas mismas nociones de inocencia y libertad son las que para Vicent, que se convierte con sus palabras en narrador de la exposición y del pintor, se asocian al litoral. “También yo fui uno de aquellos niños que navegaba en un barco de papel… A lo largo de mi vida no ha habido un barco más seguro, más resistente a la hora de enfrentarme a las más azarosas travesías”, rememora Manuel Vicent junto a El balandrito. Es más, cuando Vicent observó por primera vez una de las pinturas de Sorolla, tuvo la sensación de que esa luz ya la había presenciado antes, recordando sus días como niño y adolescente junto al mar: “yo ya me lo sabía, porque saber solo es recordar. La luz de Sorolla estaba vagando como una idea sintética por las esferas desde que el tiempo fue creado”.
Y es este mar, que tanto para Vicent como para Sorolla representan algo más que un mero paisaje, el que recorre en todas sus facetas esta exposición. Desde la tranquilidad de mujeres y niños que disfrutan de los placeres sencillos junto a la orilla, en obras como El baño o Muchacho en la orilla del mar, hasta la dedicación y el esfuerzo diario de aquellos que dedican su vida al mar: los pescadores y pescadores del Cabanyal, protagonistas de obras como La llegada de las barcas o Repasando la vela.
En este lugar, el Cabanyal, el mar se convierte en un microcosmos en el que se entremezclan dos mundos y clases sociales: el universo de los veraneantes burgueses que lucían pamelas y habitaban casas de estilo colonia, y el de los pescadores que sobrevivían en miserables barracones y escondían una navaja bajo la faja. Así lo pinta Sorolla, con él mismo y su familia como ejemplo de estos burgueses que observaban el mar desde fuera, sin tener que trabajar y sufrir en él. Y así lo rememora también Vicent: “a inicios del siglo XX los poblados marítimos estaban unidos a las colonias veraniegas que los burgueses de Valencia habían establecido en la playa y en ellas los felices tenderos de la ciudad y los pescadores de pasiones elementales convivían durante unos meses al año”.
Y la belleza como desafío estético
Escenas, todas ellas, retratadas por Sorolla con pinceladas dinámicas y una especial atención a la belleza y al influjo de la luz en personajes y paisajes. Una apuesta que puede parecer, a simple vista, superficial, al pintar a personajes burgueses y sus diversiones junto a la costa. Pero que, en realidad, es mucho más que una decisión estética, siendo incluso una apuesta filosófica.A principios del siglo XX empezaban a surgir las vanguardias artísticas —desde el expresionismo hasta el surrealismo, pasando por el cubismo—, que apostaban por deformar, oscurecer e incluso evadirse de la realidad. Es en este contexto, cuando Sorolla, al estilo de los impresionistas franceses, decide no ocultar la realidad, sino retratarla, reparando especialmente en aquellos detalles invisibles, como la luz o el movimiento de las olas. Pintando no solo la realidad, sino aquello que él sentía al vivirla. Trabajando a pie de playa, bajo un sol abrasador, porque solo así conseguía observar a través de la vista, pero también a través de los sentimientos y del corazón.
Una decisión que no deriva del desconocimiento de los movimientos artísticos de su tiempo, pues el pintor se había formado y había expuesto en las grandes ciudades: desde París, Berlín, Londres o Nueva York, sino de una clara apuesta por transmitir esa joye de vivre: esos pequeños placeres y la sensación que uno tiene cuando se acerca al mar. Así lo confirma también Vicent en uno de los textos que acompañan la exposición: “Miguel de Unamuno exclamaba: “valencianos, os pierde la estética”. Creía que en este litoral del Mediterráneo habitaba una gente frívola, hedonista, superficial e incluso pagana. Al parecer, este filósofo enredado en el sentimiento trágico de la vida era incapaz de imaginar que en la pintura de Sorolla había un paganismo natural que también era una filosofía no menos profunda”.
La joie de vivre y la estética que a Unamuno le parecían superficiales, en las pinceladas de Sorolla se vuelven universales: consiguiendo transmitir al visitante del Martorell la pureza y belleza que desprende ese Mediterráneo que también baña Barcelona.
