“Esta ciudad nuestra, esta ciudad abierta que es Barcelona, es hoy vuestra ciudad, la ciudad de todo el mundo”. No haría falta decir quién pronunció estas palabras ni en qué momento histórico, que el lector ya sabrá que corresponden al discurso inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona que pronunció Pasqual Maragall en el año 1992. Hablaba de esta ciudad que, aquel verano, representó a Catalunya, a toda España y “muy especialmente a Europa, nuestra nueva gran patria”.
Tres décadas después también hablamos de aquella Barcelona, de la transformación que vivió aquellos años, de su voluntad transformadora, del legado que dejó, de los proyectos que se hicieron realidad y de aquellos que quedaron por el camino. Y, en definitiva, seguimos hablando de la Barcelona del alcalde Maragall. Aunque quizás a él esta denominación, más bien posesiva, no le hubiera gustado nada. “La ciudad es su gente”, diría. Ahora bien, la pregunta, sigue siendo vigente: ¿Qué ha quedado hoy de la Barcelona de Pasqual Maragall —y de su gente—?
Y nos lo preguntamos justamente en un momento en que Barcelona se encuentra en plena transformación. La Sagrera, Glòries, Montjuïc, la Ciutadella del Coneixement o el Front Marítim son solo algunos de los escenarios que se encuentran en estos momentos en un proceso de transformación estratégica. Y aunque marcan el día a día de la Barcelona de hoy, sus raíces vienen de lejos, y a menudo radican en otro momento de profunda transformación que vivió la ciudad, que tiene nombre propio: Pasqual Maragall.
Por eso, este lunes 6 de julio The New Barcelona Post celebramos en Casa Cupra Raval el último Moments Estel·lars de la temporada, de la mano de la Fundació Catalunya Europa, teniendo una conversación sobre una figura que sigue apareciendo, una y otra vez, cada vez que se habla del futuro de Barcelona: Pasqual Maragall.
Y si bien el objetivo era hablar de aquella Barcelona que imaginó, o del legado que dejó, es cierto que la conversación, conducida por Toni Aira, se centró también en el hombre que la imaginó. O los hombres. Porque curiosamente sobre el escenario no apareció un único Pasqual Maragall. Aparecieron muchos.
El Maragall intelectual, formado en el antifranquismo y en una sólida tradición de pensamiento, como bien lo describe la exalcaldesa y exconsejera Montserrat Tura. O el Maragall de los barrios, que descubría Barcelona caminando por el Carmel, el Clot o la Trinitat, o incluso l’Hospitalet y Cornellà. Así lo recuerdan la activista vecinal Custodia Moreno y el geógrafo y urbanista Oriol Nel·lo.
El Maragall que defendía la "revolución de las alcantarillas" antes de los grandes proyectos. Porque antes de las grandes obras, veía la necesidad de canalizar aguas residuales, eliminar el chabolismo y dignificar los barrios. Las alcantarillas como primera revolución urbana.
El Maragall europeísta. Y Olímpico. Que tenía un proyecto de ciudad. Reformista. Que planteaba problemas complejos y dudas, “porque hablaba a la ciudadanía como si fuera inteligente”, explica Nel·lo. Que fue presidente, pero sobre todo alcalde.
El Maragall constructor de equipos, que se rodeaba de gente buena y confiaba en ella. El reformista que huía del victimismo. Que no necesitaba cámaras, que miraba a los ojos, que distinguía cuando alguien hablaba desde la necesidad real, y que era accesible, que no marcaba distancia con el ciudadano. Y el político que, por encima de todo, entendía que la ciudad no pertenecía a los alcaldes, sino a sus ciudadanos.
El legado y el no-legado
De su legado en Barcelona, curiosamente, se destaca también una parte intangible, casi invisible: una manera de entender el gobierno de la ciudad. Pero antes está el legado más evidente, el que todavía se puede pisar. Una Barcelona transformada que recuperó el litoral, se abrió al mar, reconectó barrios históricamente aislados, impulsó los túneles de la Rovira, la Vila Olímpica, nuevos espacios públicos, equipamientos y una ciudad que dejó atrás el chabolismo y las aguas residuales a cielo abierto. No es casualidad que Montserrat Tura reivindicara durante el debate la "revolución de las alcantarillas" como la primera gran transformación de la Barcelona maragalliana. Una manera de canalizar aguas residuales, dignificar los barrios y garantizar unas condiciones de vida que hoy parecen evidentes, pero que no lo eran en los años ochenta.
Pero los tres ponentes coincidieron en que el legado más profundo de Maragall va más allá de una infraestructura. Dejó una determinada manera de pensar Barcelona: con planificación, con ambición metropolitana, con una mirada de largo plazo y con la voluntad de construir consensos. Un proyecto de ciudad que iba mucho más allá de las grandes obras y que situaba la cohesión social al mismo nivel que la transformación urbana.
Ahora bien, "si aquello era tan bueno... ¿por qué no lo hemos continuado?", cuestiona Custodia Moreno, sin recibir ninguna respuesta evidente.
Quizás, el momento actual no permite hacer una copia simple del modelo maragalliano. La ciudad ha cambiado y, según apunta Nel·lo, las mismas fórmulas ya no sirven. "¿Hasta qué punto hoy nosotros podemos mejorar nuestras ciudades y, al mismo tiempo, hacer que las condiciones de aquellos que viven en ellas sean mejores?", se preguntaba, apuntando la siguiente paradoja. "La financiarización del mercado de la vivienda hace que el mercado identifique las mejoras que nosotros hacemos en los barrios y las traduzca de manera inmediata en incrementos de precios". El riesgo, advertía, es evidente: "Nosotros tenemos que mejorar los barrios, pero, al mismo tiempo, depende de cómo lo hagamos, la mejora acaba comportando que los vecinos que nosotros queremos ayudar no puedan vivir más en ellos".
Nel·lo, de hecho, lejos de reivindicar una copia del modelo maragalliano, defiende precisamente el espíritu que lo definía, la filosofía reformista, que lo llevaba a tener una “voluntad de medir su pensamiento con la realidad una y otra vez para modificar la realidad, que es tozuda, como su pensamiento, que quizás aún lo es más”. Y concluye: “me parece que este es su principal legado".
Y si nos cuestionamos su legado, el principal legado, muchos apuntarían directamente hacia los Juegos Olímpicos y la transformación de Barcelona que comportaron. Pero para Tura, reducir Maragall a los Juegos Olímpicos sería un absoluto error. "Pasqual es mucho más que los Juegos Olímpicos", insistía. Por eso reivindicó que la transformación de Barcelona no fue un "milagro olímpico", sino "una decisión ideológica", capaz de perdurar en el tiempo.
Quizás por eso, más de treinta años después de aquel discurso olímpico, el legado de Pasqual Maragall sigue interpelando a Barcelona. No tanto por las obras que dejó, sino por la capacidad —o la necesidad— de volver a imaginar la ciudad con la misma ambición. ¿Quién está imaginando hoy la Barcelona de las próximas tres décadas? ¿Y cómo lo está haciendo?
PD. Y hoy, ¿cómo está él, Maragall?
Curiosamente, la última pregunta del encuentro no fue dirigida a ninguno de los ponentes, un hecho bastante atípico. Fue a parar a la primera fila, a Cristina Maragall. Más allá de la ciudad, más allá del legado político, alguien del público quiso saber cómo está hoy Pasqual Maragall.
Y su respuesta fue breve y emotiva. "Pasqual está bien. Hace diecinueve años que está diagnosticado de Alzheimer y lo estamos cuidando tan bien como podemos." Cristina Maragall recordó que este también es uno de los grandes legados de su padre: la Fundación Pasqual Maragall, creada para impulsar la investigación contra una enfermedad que durante demasiados años "ha sido infravalorada". "Queremos vivir más años, pero queremos tener calidad de vida", resumió, reivindicando la necesidad de seguir investigando y de transformar también la mirada social sobre el Alzheimer.
Una manera diferente de acabar una conversación sobre el futuro de Barcelona. Volviendo, simplemente, a una de las personas que la imaginaron.
