Barcelona bullanguera

La mayoría de barceloneses intuimos que nuestra ciudad es un cóctel que mezcla la existencia tranquila y el espíritu batallador o (para evitar los dos conceptos más resudados sobre la catalanidad y acoger vocabulario un tanto cursi de los poetas), que todos nosotros vivimos la esquizofrenia entre la Gran Encisera y la Rosa de Foc. En lo que toca a la segunda condición, el espíritu de bullanga y una cierta tendencia a la revolución violenta con espíritu transformador, la cosa no es fruto de la ufanía. Un tal Friedrich Engels ya dejó escrito (léase Los bakuninistas en acción de 1874, escrito en ocasión de las insurrecciones del año anterior contra el escaso espíritu federalizador de España) que Barcelona tenía el honor de albergar "más combates de barricadas que ninguna otra ciudad del mundo". Analfabeto en historia, siempre me había interesado saber cómo se cocinó esta tendencia guerrera de mis antiguos conciudadanos. Ahora soy un poco menos ignorante gracias a un seminario fantástico que el historiador Jordi Roca Vernet ha organizado en el MUHBA: La Barcelona liberal del vuit-cents: entre revolucions i transformacions (1820-1874).

Primero y ante todo, debe hacerse constar en acta que nuestro Museu d’Història de Barcelona ---sin hacer mucho ruido ni aspavientos--- tiene una de las programaciones expositivas y de actividades patrimoniales más interesantes de todo el país, por lo que ofrecemos una gran barretada a su competentísimo director, Carles García Hermosilla. Lo dicho se pone de manifiesto en iniciativas como ésta, que llenó dos tardes la sala Martí l'Humà del museo de muchísima gente con ganas de saber más sobre nuestra ciudad. El doctor Roca explicó muy bien cómo, a partir de 1820, Barcelona ya sobresalió en la creación de Juntas Revolucionarias surgidas directamente de la sociedad civil con el ánimo de modernizar todo el estado. De ahí se cimenta una gran urbe que siempre vive la fiebre liberal con más ansias que en Madrit, rebosante de ateneos pero también de grupos armados, una Barcelona que inspira guerrilleras feministas como Émilie du Guermeur o el fundador de la fiebre icariana, Étienne Cabet, quien en 1843 ya escribía un libro sobre la obsesión que tienen los generales españoles por bombardear nuestras bellísimas callejuelas.

No mataré al lector con una inmensa tabarra sobre cada una de las conferencias en cuestión (podéis verlas todas, a toro pasado, en la web del museo), pero me gustaría citar especialmente, por deformación profesional, la lección magistral que la musicóloga Anna Costal impartió sobre las prácticas sonoras-populares de los barceloneses a partir de 1833. Fue un auténtico placer escuchar a Anna relacionar las canciones populares, las bandas milicianas (un espacio de formación política pero también musical importantísimo, que nos regaló vidas ilustres como la del clarinetista y director Josep Jurch, del que no tenía ni la más puñetera idea) y, a su vez, como la emergencia de los bailes populares y de la labor coral del gran Josep Anselm Clavé nos regaló música de gran calidad con un espíritu igualitarista. Recomendaría a nuestros programadores musicales que vieran la charla, pues quizás aprenderían algo sobre cómo se puede incendiar un poco la vida concertística barcelonesa y quién sabe si también tendrían algo más de fundamento histórico para reforzar el adjetivo “público” de sus respectivos chiringuitos.

Como explicó el colega Edgar Strahele, nuestra memoria bullanguera pasa por revolucionar el pasado (en el caso específico de la Barcelona del XIX, esto significa empaparse de la cosa más francesa... sin idolatrar en exceso la violencia estalinista de Robespierre), y justamente por eso diría que merece la pena estudiar mucho más este período de luchas liberales barcelonesas, sobre todo porque ello puede inspirar de nuevo a la conciudadanía de cara a un cierto despertar de toda la tribu entera. Quizás todo esto son conclusiones de un saltimbanqui mental como servidora, pero estudiar este período de nuestra ciudad va bien para fundamentar mejor el propio concepto de bullanga que, contra el tópico al cual me refería al inicio, no proviene de un espíritu irreflexivo de arrebato mediterráneo, sino de la conciencia meditada de una sociedad libre que no tiene miedo a ganarse derechos a base de ensuciar un poquito las plazas. Saliendo del seminario en cuestión, pensaba que tiene coña que un tipo como yo tenga más nociones históricas de Londres o Nueva York que de la propia ciudad y de las batallas reales que la fundamentan.

Debo ir más a menudo al MUHBA (en breve escribiré algo sobre el nuevo espacio del museo en la Fabra i Coats que historia el trabajo industrial de la ciudad), porque esto de guiarme por intuiciones más que la sustancia histórica me da un poco de vergüenza. También porque, dentro de mi singular paranoia, creo que antes de ponernos a incendiar contenedores de basura por causas casi perdidas o de caer en una relectura demasiado patriótica-barretinaire del pasado, quizá deberíamos conocer mejor el comportamiento de los milicianos que tuvieron la osadía de precedernos, unos barceloneses con un sentido altamente pragmático de la violencia. Cosas mías, cosas mías... 

Sobre el autor

FOTO BERNAT (FONT)-2
Bernat Dedéu
Ver biografía