Barcelona Believe: volver a creer en Barcelona

(Fundador de Crearmas y presidente de La Boqueria)

28 de septiembre de 2026 a las 05:30h

Acabo de volver de Nueva York con una libreta llena de anotaciones, fotografías y tiendas que quiero estudiar con más calma. Me pasa siempre que viajo. Entro en establecimientos, miro escaparates, observo a la gente e intento entender por qué algunos lugares consiguen que entremos aunque no tuviéramos ninguna intención de hacerlo.

Nueva York es especialmente interesante para alguien que se dedica al retail. Basta pasear por SoHo. En unas pocas calles encuentras establecimientos históricos, grandes marcas internacionales, compañías que están empezando y conceptos que probablemente dentro de unos meses ya no estarán allí. Algunas tiendas están pensadas para vender. Otras sirven para probar una idea, presentar un producto o ver cómo responde la gente. La sensación es que siempre pasa algo.

Pero en este viaje me ocurrió una cosa curiosa. Cuanto más miraba Nueva York, más pensaba en Barcelona. Pero no tanto para compararlas como para pensar en todo lo que tenemos aquí y que, quizás por verlo cada día, ya no nos sorprende.

Barcelona tiene una identidad que se reconoce en casi cualquier parte del mundo.

Barcelona tiene una identidad que se reconoce en casi cualquier parte del mundo. Arquitectura, Mediterráneo, gastronomía, mercados, diseño, deporte, cultura, comercio y vida en la calle. Nosotros convivimos con todo esto diariamente, pero basta pasar unos días fuera para recordar que esta combinación no es tan habitual.

Y tampoco ha aparecido de la nada. La Barcelona que conocemos es el resultado de muchas generaciones de comerciantes, empresarios, arquitectos, artistas, restauradores, emprendedores y, por supuesto, de las personas que viven en ella.

Nueva York tiene una dimensión económica con la que no tiene demasiado sentido compararnos. Barcelona tiene otras cosas. Aquí puedes desayunar en un mercado centenario, descubrir una pequeña marca independiente, entrar en una tienda que lleva décadas abierta, pasar junto a algunos de los edificios más conocidos del mundo y acabar el día frente al Mediterráneo. Lo tenemos tan cerca que a veces olvidamos su valor.

Por eso, más que preguntarnos qué tiene Nueva York que no tenemos nosotros, creo que deberíamos preguntarnos qué tiene Barcelona que no resulta tan fácil encontrar fuera. Y, sobre todo, qué queremos hacer con ello.

Creo que deberíamos preguntarnos qué tiene Barcelona que no resulta tan fácil encontrar fuera.

Durante años hemos conseguido que Barcelona sea una ciudad a la que millones de personas quieren venir. El siguiente paso podría ser conseguir que también quieran venir a probar cosas. Que una compañía de Seúl, Londres o Nueva York piense en Barcelona cuando quiera presentar un nuevo concepto en Europa. Y que una marca nacida en Gràcia, Poblenou o el Born vea su propia ciudad como un buen lugar desde el cual empezar a salir al mundo. Que pasen cosas.

El comercio tiene mucho que ver con esto. Una persiana abierta cambia una calle. Una tienda puede hacer que quieras ir a un barrio al que normalmente no irías. Una librería, un horno, un restaurante o un mercado acaban formando parte de la ciudad y de cómo la vivimos.

Por eso es una mala noticia cuando desaparece un comercio histórico. Con él se va algo que probablemente no podremos recuperar. Pero también deberíamos preocuparnos cuando alguien con una buena idea encuentra demasiadas dificultades para ponerla en marcha.

Barcelona necesita conservar lo que vale la pena conservar, pero también dejar sitio a lo nuevo.

Barcelona necesita conservar lo que vale la pena conservar, pero también dejar sitio a lo nuevo. No veo ninguna contradicción entre tener mercados centenarios y nuevos formatos comerciales, entre artesanía y tecnología o entre una pequeña tienda local y una gran marca internacional. Todo esto puede formar parte de la misma ciudad. Lo que sí creo que necesitamos es un poco más de ambición.

Y no hablo de competir para ver quién es mejor. Hablo de no conformarnos. De querer más comercio de calidad, más empresas de aquí capaces de crecer fuera, más talento que quiera quedarse y más proyectos interesantes que decidan instalarse en Barcelona. Tenemos motivos para aspirar a esto.

Pensaba en esto mientras caminaba por SoHo. Evidentemente, tenemos que seguir mirando lo que hacen Nueva York, Londres, París, Tokio o Seúl. Yo seguiré haciéndolo porque es una de las mejores maneras que conozco de aprender. Pero quizás podemos volver de estos viajes con una pregunta distinta. En lugar de pensar siempre qué podemos traer a Barcelona, ¿por qué no pensar también qué podemos hacer para que otros quieran venir aquí a descubrir algo?

Volver a creer un poco más en Barcelona.

Durante el vuelo de regreso le puse un nombre a esta idea: Barcelona Believe. No sé si es un concepto, una reflexión o simplemente una manera de resumir lo que sentía después de estos días fuera. Pero sí sé qué significa para mí: volver a creer un poco más en Barcelona.

Esto no significa pensar que todo funciona bien. Ni mucho menos. Hay cosas que funcionan y otras que tenemos que mejorar. Querer una ciudad también consiste en ser exigente con ella. Pero una cosa es ser crítico y otra muy distinta dejar de valorar lo que tienes.

No creo que necesitemos recuperar ninguna Barcelona del pasado. Prefiero pensar en la que todavía podemos construir. He vuelto de Nueva York con muchas fotografías, tiendas apuntadas y nuevas ideas sobre retail. Pero, curiosamente, también he vuelto con más ganas de Barcelona.

Necesitamos conseguir que Barcelona siga siendo Barcelona. 

No necesitamos ser Nueva York. Tampoco París o Londres. Necesitamos conseguir que Barcelona siga siendo Barcelona y no perder las ganas de hacerla mejor. Esto es, para mí, Barcelona Believe.