Vivimos en un mundo mucho más violento y transaccional en el que se multiplican las guerras y se enquistan los conflictos. En este contexto emerge la economía de la seguridad como un nuevo concepto clave en el análisis geopolítico y geoeconómico. Un cambio abrupto que hace buena la célebre frase del filósofo italiano Antonio Gramsci "El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos de la historia”. Y es que la era de la post globalización, que se manifestó dramáticamente con la agresión de Rusia a Ucrania al que le siguió el genocidio de la guerra en Gaza, se ha acelerado con la llegada de nuevo al poder de Donald Trump y el giro en la política exterior de la nueva administración estadounidense. Una era en el que el multilateralismo y la diplomacia parecen perder la hegemonía política y cultural frente a los nuevos fascismos, los populismos autoritarios o los tecnofeudalismos.
La instauración de la coacción, del uso de la fuerza y de la guerra como instrumentos de política exterior impulsa de forma imparable la economía de la seguridad y de la guerra como campo estratégico de la acción pública y privada. Uno de los primeros en utilizar la expresión de la vuelta de la economía de la seguridad fue Bruno Le Maire, ministro de economía, finanzas y soberanía industrial y digital de Francia desde 2017 hasta 2024 y firme defensor de la seguridad económica y la soberanía industrial de Francia y de la Unión Europea. Seamos claros, la economía de la seguridad es, ante todo, un gran negocio para algunos.
No podemos ser ingenuos al pensar que nuestras democracias pueden desprenderse de la política de defensa mientras existan sátrapas y dictadores, pero otra cosa es dopar la industria de la guerra con estímulos e inyecciones millonarias de fondos públicos para beneficiar a unos pocos, desviando recursos indispensables para otras políticas económicas y sociales que también impactan en la seguridad humana.
¿Debe la economía reorientarse a las políticas de seguridad y defensa, o es posible generar nuevas condiciones de seguridad con una economía que prime la paz, la cooperación, la estabilidad y el bienestar compartido? Barcelona ha sido estos días punto de encuentro del Global Progressive Mobilisation, un gran encuentro de jefes de Estado y de Gobierno, líderes políticos y activistas progresistas de todas las partes del mundo que no nos resignamos a un mundo iliberal y violento. Además de tener el deber y el compromiso ético y moral de reivindicar el multilateralismo, el comercio, la cooperación y la solidaridad, tenemos la responsabilidad —y la oportunidad— de demostrar los beneficios de la economía de la paz como gran palanca para el progreso de nuestras sociedades.
Barcelona es quizás una de las nuevas ciudades globales que mejor representa y tangibiliza los beneficios de la economía de la paz. Es una ciudad abierta, diversa, plural e inclusiva, capital de un país —Catalunya— que goza de una notable reputación económica, industrial y urbana sin depender de la industria militar y de defensa. Barcelona y sus respectivos alcaldes han jugado un papel protagonista en las narrativas alternativas al conflicto, defendiendo la diplomacia de las ciudades como política de seguridad humana basada en el diálogo y la cooperación. Muestra de ello es la iniciativa del alcalde Jaume Collboni de crear el Premi Internacional Barcelona per la Pau, para reforzar el papel de la ciudad como actor internacional en la cultura de la paz.
Nuestra ciudad, conocida y reconocida por su arquitectura modernista, ha desarrollado una planificación urbana al servicio de la convivencia y la paz, como estrategia de desarrollo económico y social. Esta economía de la paz se manifiesta en ámbitos como la educación, la cultura, el deporte, la sostenibilidad y la participación ciudadana, y también en un modelo urbano innovador con proyectos como el 22@, el impulso a la Industria 4.0 en el DFactory o la apuesta por la economía azul en alianza con el Port de Barcelona.
La ciudad ha hecho igualmente de la educación, el deporte y la cultura herramientas estratégicas para la competitividad económica, la creatividad y la cohesión social. Su red de escuelas de negocios, centros culturales, museos, festivales y eventos deportivos no solo atrae turismo, sino también inversiones en industrias culturales y deportivas que generan actividad económica, empleo y oportunidades. Esta combinación de innovación, tecnología, sostenibilidad y valores cívicos actúa como un imán que atrae grandes eventos globales como el Mobile World Congress, el ISE, la Seafood Expo o el Smart City World Congress, así como la presencia de más de doscientos hubs tecnológicos de empresas multinacionales.
La economía de la paz no es solo una narrativa. Es un modelo económico y de ciudad articulado a través de sectores estratégicos como la innovación tecnológica, la industria avanzada, la biotecnología, la cultura, el deporte, la salud y la sostenibilidad. Sectores que generan sinergias y demuestran que apostar por la paz produce retornos económicos, sociales y culturales tangibles.
En definitiva, Barcelona tiene la oportunidad de consolidarse como un laboratorio urbano de la economía de la paz. Invertir en un mundo abierto, solidario e inclusivo genera competitividad, cohesión social, resiliencia económica y proyección internacional. Tenemos la responsabilidad de demostrar que la paz es la gran palanca de una economía transformadora. Y, como ha evidenciado el encuentro progresista global celebrado estos días en la ciudad, una parte importante del mundo mira hacia Barcelona. No les defraudemos.