“Escribir no es una actividad tan solitaria e individual como la gente suele creer. Escribir es ante todo escuchar, invocar, tener una conciencia de lo que se hace. Un escritor tiene que tener eso claro, mucho más que la petulancia de encontrar la propia voz. Saber escuchar”. Acodado a la barra, arropado por el manto de las notas de Déjenme si estoy llorando de El Gran Silencio, Eduardo Ruiz Sosa sorbe un trago de Black Ipa mientras sigue reflexionando en voz alta. “Escribir es un acto profundamente político”, concluye.
Con una cabeza capaz de avanzar muy rápido en múltiples direcciones, se fraguó como lector primero y más tarde como escritor en su Culiacán natal, alternando estudios de ingeniería (lo mismo que su padre) con sus frecuentaciones de clubes de lectura y del taller literario de Elmer Mendoza, uno de sus grandes maestros.
Tras una temporada pasada en una fábrica en Tijuana, respirando vapores plásticos y terror corporativo, tuvo claro que esa no era la vida que quería. “En 2006 llegué a Barcelona para cursar un máster en Historia de la Ciencia y hacer un doctorado. Nada más llegar, el primer día, tuve claro que este era mi lugar”. Volvería a Culiacán para involucrarse a fondo en sus iniciativas culturales, pero desde 2018 ha vuelto de forma fija a una ciudad donde vive de lo que más le gusta: “de leer y escribir”. Libros, artículos, cursos de escritura o iniciativas como el Km América, el festival de literatura latinoamericana de la ciudad, que acaba de celebrar su quinta edición. “La edición de este año, de carácter mucho más político, demuestra que el festival es una suerte de territorio latinoamericano bien asentado en Barcelona que reafirma la diversidad estética y del pensamiento crítico de la literatura latinoamericana contemporánea”.
Su trayectoria como escritor arranca en 2008 con La voluntad de marcharse, un libro de cuentos que se publica en México y que obtiene el Premio Nacional Inés Arredondo, la escritora culiacanense nacida en el café Los Portales donde el Eduardo adolescente descubrió incontables mundos en forma de ideas, libros y poemas. Voces que acabaron nutriendo su propia voz. “En 2014 gané la beca Han Nefkens de escritura con Anatomía de la memoria, mi primera novela”. Desde entonces, publica con editorial Candaya, con la que acaba de sacar su nueva novela, El paisaje es un grito, una memoria coral de prosa colorida y categórica, que circula por los terrenos minados de la migración, la violencia y la explotación. Desde las grandes compañías que revientan la tierra hasta los narcos que hacen lo propio con las vidas de las personas.
Saldar la deuda con los maestros
Eduardo Ruiz Sosa lleva unos años escribiendo y toda la vida escuchando. Robusteciendo su prosa y su alma gracias a maestros y mentores con los que se siente en deuda. El más importante, quizás por ser el primero, es Martín Amaral. “Fue el artífice de muchas iniciativas para promover la lectura y la escritura entre jóvenes, y fue el primero que me guio hacia la literatura”. Eduardo ha mantenido vivo su legado a través de una iniciativa de impulso de la lectura entre jóvenes a través del Instituto de Cultura de Culiacán.
Otros dos maestros son los escritores César López Cuadra y David Toscana. Con ellos ha cerrado un círculo importante: “pasar de que me ayudaran ellos a que yo publicara, a tener el placer de publicar yo obra suya en España a través de Candaya”.
De momento le queda por saldar la deuda con su cuarto gran mentor, el escritor Elmer Mendoza, “en cuyo taller literario me formé”. Aunque puede que el gran homenaje sea haber pasado de ser alumno de Elmer, a convertirse en una de las voces más singulares de la actual literatura en castellano. ¿Qué maestro no desearía eso?
Un espacio pequeño y colorido
“Barcelona es la ciudad donde quiero vivir y, más en concreto, el Poble Sec es el barrio donde quiero vivir”, sentencia el escritor, dando cuenta de su cerveza y preparando su paquete de Lucky Strike para salir fuera a fumar. Enamorado de una vida de barrio amenazada “por la gentrificación, la masificación de turistas y expats y los efectos que tiene en la ciudad”, confiesa que adora caminar por Barcelona.
“No puede crecer más, lo que le confiere un tamaño ideal. Es un pequeño espacio donde hay una enorme variedad de gente, de situaciones”. Y también de bares, su hábitat natural, pues ahí pasa horas escribiendo –“mi primera novela la escribí entera en un bar”–, leyendo o, simplemente, escuchando.
– Antes de que salgas a fumar, ya ha anochecido y tal vez te apetezca que te preparemos algo para cenar, algún plato, una tapa, un bocadillo…
Mosca de bar, de 2 Minutos, suena de fondo. Eduardo Ruiz Sosa observa el paisanaje, tan diverso, mil mundos que caben en pocos metros cuadrados, congregados alrededor de una barra o una mesa. El escritor sonríe. Está a gusto.
“Creo que un par de tapas me van a apetecer”, replica, contento, ante el avance de una noche donde todo es posible. Donde todo puede ser escuchado y tu vida puede cambiar.
