El autónomo, con un vaso de agua helada en una mano y un purito Davidoff en la otra, descansa en un rincón oscuro del sofá entre la agenda semanal y el ordenador, dos atractivos pero siniestros objetos que le esperan como si tuviera que decirles algo. Pero no les dice nada de nada y, de hecho, no se atreverá a mirarlos durante el día, porque ahora sabe que tendrá que cancelar decenas de citas y reuniones absurdas, appointments que deberá reorganizar durante las próximas semanas a base de embutir todavía más el calendario. El autónomo no debería fumar, pues sabe que esto prologará la voz quebrada y la mucosidad, pero le cabrea sobremanera estar indisponible (una palabra que creía incorrecta justo antes de escribirla en el ordenador) y cuando se encabrona quiere que pase el tiempo rápido y se desvanezcan los malos pensamientos; expulsa líquido por la nariz, tose maldiciendo la crisis vírica que vuela por el mundo y, entre insultos a todo quisque, se fuma un par más.
Para no sentirse tan solo, escribe a su grupo de amigos (autónomos) confesándoles que ha caído enfermo. Se ve a sí mismo escribiendo frases como "todo el mundo está igual", "al menos, podré parar un poco" o "al final, si esto es lo peor que me pasa, tampoco es para tanto" y, aparte de la tara corporal, ahora se indigna por su falta de imaginación narrativa. A nivel de trabajo, tampoco hay que exagerar: el autónomo forma parte del primer mundo de la escala laboral de Occidente y, aunque tullido, podrá seguir grabando su comentario radiofónico diario, escribiendo los tres artículos de la prensa digital que debe cada semana, y leyendo los miles de páginas que le obliga a zamparse su podcast de libros en catalán (entre las que se encuentran las turras insufribles de nuestros creadores, que confunden escribir novelas con ir al terapeuta). Realmente, el autónomo no puede quejarse; la industria farmacéutica le mantiene en buen estado, puede trabajar y, qué más quiere, a un ritmo de adagio.
De hecho, excusándose en la debilidad corporal de los jarabes y de las pastillas ---que se suman a los habituales antidepresivos y otros sedantes mentales---, el autónomo ha gozado del privilegio de poder regalarse una siesta intersemanal (había jurado mil veces que nunca emplearía este adjetivo en un artículo...), comprobando por enésima vez que los recesos antinaturales durante del día son el mejor ---y quizás el único--- invento remarcable que nos ha regalado la cultura española. Sin embargo, el autónomo experimenta crisis regulares de hipocondría; hace apenas una semana, y debido al efecto de una bolsa del supermercado mal ubicada en la mano, un dedo se le durmió durante días; la existencia de esta protuberancia medio muerta en el cuerpo preludió todo tipo de problemas motrices que, sin ningún fundamento, el autónomo asoció a un brote de esclerosis múltiple que le acabaría llevando directo a la tumba.
La enfermedad no le molesta por incomodidades como los sofocos nocturnos o la acumulación de Kleenex mojados en el salón de casa; por el contrario, experimenta problemas de vanidad y puro capricho, pues por miedo a expandir sus virus actúa de forma responsable y no sale de casa. Contrariamente a su costilla, el autónomo odia profundamente hacinarse en el hogar, perpetrar esto tan cansado de la “vida en común” (ecs) y pasar un solo día sin oler las butacas de la biblioteca del Ateneu. De momento, ha podido salvar sus mediocres textos sobre política, porque a la hora de informarse sobre esta nuestra tierra cobarde bastan los noticiarios. Pero, a medida que llega el viernes, teme que tenga que escribir su célebre Punyalada sin ningún tipo de referencia a la ciudad que la justifica. El autónomo es un barcelonés sin ciudad, que mira la calle desde la ventana, cegado por el deprimente alumbrado navideño.
¿De qué podría hablar o escribir el autónomo cuando la ciudad se le niega, él que ya tenía preparados cien artículos posibles, de la celebración horripilante de los treinta años del Macba a una filípica típicamente cascarrabias sobre el hecho de que, según encuestas recientes, en Barcelona ya no habla catalán ni el fantasma de Fabra? Quién sabe si quizá sea capaz de escribir sobre su impotencia de enfermo sin la cursilería habitual que suscitan estos temas en la tribu (por eso, al inicio de la pieza, se servirá de un gesto lo suficientemente repelente como para copiar un fragmento de uno de los padres del new journalism) y quizá el lector, después de algunas frases, entienda que la cosa sólo va de cómo echa de menos salir a la calle. Esto piensa el autónomo mientras fuma otro purito para cascarse todavía más los pulmones, mirando a la musa que está a punto de hablarle; sonriendo, se dispone a hacerlo, pero él ya hace tiempo que se ha ido porque ya sabe lo que tiene que escribir.