El director de Artika Books, Marc Buil, nos recibe en una sala llena de libros. Pero la disposición no es la habitual: no son estanterías con libros que muestran los lomos uno junto al otro, sino que están colocados luciendo portada (si es que se le puede llamar así). Son de grandes dimensiones y diseños únicos, tanto, que podrían parecer objetos de coleccionista y piezas de arte, y no libros. Y en cierta manera, lo son. Pero, a pesar de la singularidad del exterior, el valor de los libros de Artika se esconde, sobre todo, entre sus páginas.
Tanto es así, que Buil llega con unos guantes blancos en la mano. Los libros de Artika se deben tratar como se tratan las obras de arte, las piezas de museo o las joyas; no se pueden tocar a mano desnuda. “Hemos publicado más de 30 obras de gran variedad de artistas”, destaca, señalándolos a su alrededor. Plensa, Botero, Sabina, Toulouse-Lautrec, Frida Kahlo, Miró, Dalí, Miquel Barceló, Lita Cabellut… “¿Nos sentamos?”. No, primero escogemos uno.
Todo empezó con Dalí, y la coincidencia en 2003 del año del artista y del IV centenario del Quijote. Para conmemorar la doble efeméride, publicaron una edición de la obra de Cervantes con reproducciones facsimilares de las acuarelas de Dalí sobre el hidalgo. Así se publicó el primer libro de Artika, cuando aún no sabía que sería Artika. El lanzamiento del sello como tal llegó en 2015, acompañado por un libro-escultura de Jaume Plensa. También este está en la estantería de la sala, ocupada por una gran mesa central, donde Buil ahora coloca un libro con una escultura (o una escultura con un libro) de Manolo Valdés. Una gran, pesada, azul y elegante menina es la encargada de sujetar el libro, creado con la colaboración del pintor y escultor. “Empezamos el proyecto con la intención de hacer un libro de sus grabados, y quisimos hacer un estuche del libro. Valdés dijo: ‘Dejadme darle una vuelta’. Y apareció con la menina”.
Dentro del estuche, no solo hay un libro, sino dos: el libro de arte, y el libro de estudios. Este último, “es como el guía del museo”, que repasa la trayectoria y contexto del artista, y entra en el detalle de su obra, de forma general y, especialmente, de las publicadas en el libro. Las obras están en el otro volumen que, más que ser un libro de arte, es arte en un libro. Y es que los grabados de Valdés, como ocurre con el resto de obras de Artika, no se reproducen en imágenes sobre el libro. En lugar de imprimirse directamente en las páginas, se reproducen en papel, y no un papel cualquiera, sino aquel que mejor permita la reproducción de cada obra. “El libro hace de soporte. No es un libro de 50 grabados, sino que son 50 grabados en un libro”.
Buil pasa páginas, y grabados, mientras seguimos de pie: “Mucha gente escoge los que quiere, los saca del libro y los enmarca”. Sin quitarse los guantes en ningún momento, hora saca Càntic al sol de Miró, la última edición de Artika, con 33 grabados del artista y una reproducción de la plancha de grabado. De cada uno de los libros, se hace una tirada limitada, y prácticamente todos están agotados (algunos, con lista de espera, por si algún cliente decide devolverlo por algún motivo inesperado). El precio de los libros de artista de Artika oscila entre los 5.000 y los 7.000 euros, cifras lejanas a las habituales del mundo editorial, pero nada desmesuradas cuando se tiene en cuenta lo que implica cada una de las publicaciones: “De media, estamos entre cuatro o cinco años por proyecto, en cada uno intervienen más de 100 personas en la creación y se producen de forma artesanal”. Además, detrás hay una inversión relevante, con seguros incluidos para manipular originales, y pruebas de producto y de diseño. Por todos estos motivos, no es fácil que Artika encuentre competidores con una propuesta similar. “El hecho de formar parte del Grupo Planeta es importante. Dentro del grupo, Artika es un sello que da prestigio. Así, el objetivo principal no es la rentabilidad y el crecimiento, sino crear una gran editorial que tenga los mejores artistas del mundo, e irla haciendo grande, siempre de forma sostenible”.
“Por todo esto, Artika está más cerca del mundo del arte que del mundo del libro”, y así lo demuestra el hecho de que el sello acostumbra a ir más a ferias de arte que a ferias del mundo editorial. “Estamos a medio camino, pero somos más un satélite del mundo del arte que del mundo del libro”. De hecho, artistas con los que trabaja consideran los libros de Artika una oportunidad para llegar a más gente: “¿Cuánta gente se puede permitir un Plensa o un Antonio López? Aunque nuestros libros tengan este coste, permiten democratizar el arte y hacerlo más accesible. Para los artistas, es una manera de llegar a más gente”.
Para seleccionar a los artistas, Artika prioriza nombres consagrados (aunque también estudia la manera de poner el foco en los emergentes), y busca el equilibrio entre artistas más clásicos y artistas en activo. En los libros sobre artistas actuales, las obras van firmadas por ellos, y trabajan codo a codo durante el tiempo que sea necesario para que la edición sea representativa de su obra. Mientras Buil lo explica, saca el libro que el sello dedicó a Steve Mccurry el año pasado, el primer volumen sobre fotografía de Artika. Dentro, igual que ocurre con los grabados, no hay fotos impresas sobre las páginas, sino 40 fotografías. Todavía no nos hemos sentado.
“¿Vendrán más libros de fotografía?”. No se descarta, pero no se puede adelantar nada: “Tenemos una quincena de proyectos en diferentes fases”. Artika acostumbra a publicar uno al año, y muchos de sus clientes ya lo esperan. Tiene clientes tanto a nivel estatal como internacional —de hecho, todas sus ediciones son bilingües, en castellano e inglés—, y muchos están pendientes de sus novedades. Los nuevos clientes llegan también online, en un proceso en el que intervienen asesores y especialistas de Bellas Artes para explicar las singularidades de cada publicación.
Estas singularidades van más allá de las evidentes, y aparecen desde el inicio del proceso, hasta el final. Intervienen equipos internos y externos, estudios de diseño, y artesanos, que contribuyen en cada uno de los pasos. La impresión del papel, la encuadernación (en ocasiones, manual), la creación de los estuches, especialistas en cada uno de los materiales, incluso en el papel para los facsímiles: “Depende de lo que necesitemos, el papel no existe en el mercado, y nos han hecho papeles específicos, por ejemplo, en el Molí Paperer de Capellades”.
Y toda esta singularidad y este arte recogido en un libro tiene una tirada limitada, con una cifra que también es peculiar. “Nunca es un número redondo. Pueden ser 1.998, 2.998…”. ¿Por qué? “En las imprentas, al principio, las planchas eran de madera. Cuando había que imprimir muchos ejemplares, difícilmente se llegaba a mil, porque las planchas de madera, al pasar por la prensa, se estropeaban”. Y aquí apareció un número propio del sector: el casi mil. “Raramente se podía llegar a mil, y así se quedó el número casi mil. Por eso cogimos el 998 y, cuando empezamos a hacer tiradas más largas, lo mantuvimos, para no perder esa magia”. Un detalle más de estos libros de guante blanco que simboliza todo lo que tienen detrás.
Finalmente, no nos hemos sentado.
