Ante todo, fue –y en cierto modo sigue siendo– una niña muy lectora. “Leo desde siempre y escribir es, para mí, una manera de seguir leyendo con mayor profundidad”. Era buena, aunque tardó en creérselo. “Empecé a escribir a los doce años, pero era tan tímida, me daba tanto apuro, que las veces que me inscribí en algún concurso lo hacía con el nombre de alguna amiga para que, si ganaba, fuera ella en mi lugar”. Ana Moya ha llegado al Bar al atardecer, cuando queda un rato para que la luna asome y poder volar hacia ella, como salmodia ahora mismo Frank Sinatra en Fly me to the moon. Pide un vino tinto. “¡Lo peor es que algunas veces gané y mis amigas luego no querían compartir el premio!”, ríe.
Estudió Psicología, “aunque jamás ejercí”, y su vida profesional se desarrolló en el Centre d'Estudis Africans i Interculturals, donde estuvo casi tres décadas combinándolo con estudios de lengua y literatura española y de culturas africanas, una de sus grandes pasiones. A los treinta se marchó con su pareja a vivir a Namibia durante unos años. De ahí volvió con el manuscrito de su primera obra, que de alguna manera sigue siendo la de sus amores. “Cafè Zoo toma su nombre de un bar de Windhoek y es la novela con la que rompí la barrera de enseñar lo que escribía al mundo”. Ganó el premio Ciutat de Badalona y fue “mi entrada en el mundo de la literatura, una época que recuerdo muy dulce”.
A este debut le siguió Immorality Act, su primera incursión en la narrativa en castellano, ambientada en la Sudáfrica del apartheid, un buen libro que salió para una editorial muy pequeña. “Tratada con mucho cariño por una editora que era fantástica, tuvo, no obstante, poquito recorrido”. Tras aquello, hubo otra mudanza, esta vez a Lisboa, donde ella y su pareja permanecieron seis años. “Ahí nació El carrer on vius, que se ambienta en la rúa de Caetanos, donde vivimos un tiempo, y donde se refleja una Lisboa idealizada, casi como un escenario de musical o de película poblada por personajes estrafalarios”. Tras quedar finalista en un concurso, el libro acabó saliendo en La Magrana de la mano de Guillem Terribas, fundador de la mítica Llibreria 22 de Girona.
“Es curioso, porque mi literatura tiene mucha vinculación con los lugares que descubro”, reflexiona la autora, casi como dándose cuenta –aquí y ahora– de que, más que otra manera de buscar su lugar en el mundo, escribir es, en sí mismo, su lugar en el mundo.
Poniendo el modo avión
Las cosas han cambiado, como siempre hacen. Tras treinta y ocho años de actividad, y pese a su evidente valor cultural y social, el Centre d'Estudis Africans i Interculturals ha cerrado y Ana Moya trabaja, ahora, para la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès, combinando labores docentes con otras administrativas. Y escribe, claro, porque no hacerlo sería como remar contra todas las corrientes de su propia naturaleza.
“En 2024 recibí la beca Barcelona Crea para un proyecto de relatos relacionados con la interculturalidad que tiene como objetivo interrogar hasta qué punto hay comunicación o incomunicación cuando nos tratamos con la persona de al lado”. El proyecto se llama Mode avió y está en, estos momentos, en curso. Escribir es, ante todo, cuestión de tiempo.
A esto se suma la entrada de la escritora en el Grupo Bojador, un colectivo formado por cinco autores que combina multitudinarios clubes de lectura, por los que ha pasado buena parte de la flor y nata de nuestras letras, con la escritura de relatos que publican en volúmenes colectivos como el reciente La habitación 320 (Nazarí). “Me gusta mucho esta sensación de comunidad que hay entre nosotros”. La idea de estar creando, a través de sus narraciones y del análisis de otras, una suerte de gran relato cultural colectivo.
Volver literariamente a casa
La escritora pasó su infancia en Nou Barris, donde se conformó el grueso de su memoria sentimental ligada a la ciudad. “Años después he vivido siempre en Sant Antoni, pero adoro el recuerdo de mi niñez en el barrio, y de salir de él para bajar a aquella Plaça del Pi llena de color, con sitios como Makoki, y pasear en solitario por sus calles adyacentes. O las tardes jugando a rol en Gigamesh, única chica en un amplio grupo de chicos. O, cómo no, cuando con mi padre íbamos al Mercat de Sant Antoni”.
La cuestión es que esa Barcelona, tejida en base a la suma de recuerdos emocionales de unas calles irrepetibles por pretéritas, donde quizás no había (o no se recuerda) el ruido insoportable que hay en la actual, se ha colado en la narrativa de la autora. La vemos reflejada en algunos relatos de Bojador y, quién sabe, si en los relatos de Mode avió. “Nunca antes había tenido ganas de escribir sobre la ciudad, pero ahora siento esa necesidad”, confiesa, vaciando, gaznate abajo, su copa de vino.
– Algo sobre lo que te podrían entrar ganas de escribir es nuestra oferta gastronómica. Se acerca la hora de cenar y aquí hay de todo: tapas, carta, bocadillos, raciones… ¡Todo rico!
Las notas de Don't get around much anymore, de Duke Ellington, acompasan el crepúsculo. El cielo oscuro, la luna asomando por una esquina del cielo, el paisanaje animándose. Ana Moya esboza una sonrisa que nunca acabó de perder su esencia tímida.
“Unas tapas podrían estar muy bien”, responde con ganas de picotear algo, y de comprobar si esta situación nocturna de bar también puede sumarse a esa amplia geografía emocional que la define y ubica como escritora.
