Un día, Allan Halley se miró al espejo y, ante aquella imagen desmejorada de sí mismo, se preguntó seriamente si quería seguir viviendo. “Estaba solo en Barcelona, mi hermano había muerto poco antes en un accidente de moto, mi relación se había terminado, había enfermado y tenía dolores horribles. Había perdido doce kilos y, constantemente, me asaltaban pensamientos negativos”. En serio –se dijo–, ¿quieres seguir viviendo? Afortunadamente, la respuesta fue que sí. Y que quería hacerlo dedicándose a la pintura.
Acodado a la barra, ante un insólito vermú de media tarde mientras de fondo suena Cuando pase el temblor, canción que Soda Stereo grabaron en el año de su nacimiento, el pintor chileno echa la vista atrás. Hacia una niñez en la que no se estaba quieto –lo que le granjeó el apodo de Cometa–, y en la que se dejaba atrapar por los dibujos, croquis y maquetas que veía en las habitaciones de los futuros arquitectos, en la residencia de estudiantes que gestionaba su padre. “A partir de ahí establecí una afinidad con las artes plásticas que, al final, me llevaron a estudiar Diseño Gráfico”.
Sus años universitarios, transcurridos en su Valparaíso natal, fueron escuela a todos los niveles, “entrando en contacto con muchas técnicas como la serigrafía, el grabado o la composición; y conociendo a Javier López, que más que un profesor fue un maestro que me enseñó tanto, sobre el oficio y sobre la vida”. En aquellos años viaja con López por toda Latinoamérica, “eso me abrió muchas ventanas a otras realidades” y descubre el arte mural a través de la obra y memoria de la Brigada Ramona Parra, el histórico grupo muralista del Partido Comunista salmodiado por Víctor Jara. “Empecé a reflexionar sobre la diferencia entre pintar a pie de calle y hacerlo en la intimidad de un taller”, recuerda.
Los millones de paredes que hay entre Barna y Valpo
Finalizados los estudios, Allan Halley se traslada durante una breve etapa a Santiago de Chile, “donde trabajo de diseñador y me doy cuenta de que no estoy hecho para vivir en grandes metrópolis”. Ahí, el que es su jefe, Álvaro Calderón, lo introduce a un montón de escritores y películas, estímulos artísticos que, de alguna manera, serán la semilla para ese sí que, años después, se dirá ante el espejo tras preguntarse si, de verdad, quiere vivir.Tras esta etapa, viaja por primera vez a Barcelona con su expareja. “Empezó así una intermitencia entre Valparaíso y Barcelona, estas dos ciudades portuarias entre las que he ido viviendo en estos últimos años de mi vida”. Fue precisamente en Barcelona donde vivió aquella crisis de la que sólo pudo salir con el firme propósito de dedicarse al arte.
“En Valparaíso empecé a pintar murales. Al principio los firmaba como El Cometa, el apodo que me habían puesto de niño a raíz del paso del Halley por la tierra en 1986, pero pronto lo cambié por Allan Halley”. A Horacio Silva, director de la ONG Valparaíso en Colores y del programa Conversor para jóvenes artistas, le gustó su trabajo, “y me ha ido representando, lo que me ha permitido pintar murales en Chile, España y otros países como Francia o Portugal”. A la vez, ha descubierto el gusto por la enseñanza como profesor en la academia barcelonesa La Seu, “que es otra vocación que me he dado cuenta de que tengo, junto a la de pintar”. Otra poderosa razón por la que vivir.

Con un estilo caracterizado por la combinación de elementos figurativos y abstractos de inspiración popular, el arte de Allan hunde sus raíces en el acervo cultural e histórico de las comunidades con las que trabaja. “Estoy satisfecho de haber llegado hasta aquí, teniendo en cuenta de que vengo de un entorno muy precario y violento, aunque con la suerte de que mi familia siempre me ha dado mucho apoyo y amor”. Y, mientras sigue llenando de color los miles de muros que caben entre Valpo y Barna, está desarrollando obra pictórica al óleo. “Explorando, ahora sí, desde la intimidad del taller”, ríe.
Un lugar de paso
Pese a que ama los inviernos de Barcelona, “en los que no hace mucho frío y la ciudad no está llena de turistas ni de calor pegajoso”, el artista la ve como un lugar de paso. “Mi objetivo, a la larga, es volver a Valparaíso para poder enseñar a los chavales de ahí pintura, que sepan que, ahí, puede haber un futuro para ellos”.
Barcelona, en cambio, se ha ido volviendo un lugar cada vez menos amigable para echar raíces: “Pide grandes esfuerzos para vivir aquí y, a cambio, da precariedad”, lamenta, y termina el último sorbo de su vermú, antes de rematar: “Prueba de ello es la cantidad de gente del mundo de la cultura que veo que se marcha de aquí porque no puede asumir el coste de la vida”. Y frunce el ceño, sabedor de que una ciudad sin cultura es una carcasa sin alma. Un plato sin sustancia.
--- Los que sí tienen mucha sustancia, y un precio popular, son nuestros platos, tapas y raciones, por si te apetece cenar alguna cosa…
Allan Halley esboza una sonrisa. “Tengo verdadera pasión por probar las tapas de aquellos bares a los que voy”, confiesa. Las notas de En la ciudad de la furia de Soda Stereo restallan en el ambiente, el paisanaje se anima. El artista se siente a gusto.
--- Se me olvidaba decir que otra cosa que me encanta de Barcelona es la vida de sus bares ---añade.

Añadir The New Barcelona Post como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.