“Estoy cerca de cumplir los sesenta y cinco y tengo una profunda sensación de plenitud vital, en parte porque siento que aún me queda mucho por aprender y hacer”. Albert Villanueva ha llegado al Bar al atardecer, a tiempo para pedir una cerveza vespertina mientras Kayleigh, de Marillion, acompasa las charlas del paisanaje a pie de barra. “Si algo tengo claro sobre quién soy –prosigue– es que soy alguien que le echa toneladas de pasión a todo lo que hace. En el trabajo, en mi familia, en la escritura”. Esa pasión es la que impulsa su propensión a meterse en un montón de jaleos literarios, musicales y laborales, eso sí, “sin nunca estresarme”, puntualiza antes del primer trago de cerveza.
Creció en un barrio del extrarradio de Gavà, con las calles todavía por asfaltar y una casa donde no había muchos libros. Aun así, recuerda perfectamente el día en que se convirtió en rehén vitalicio del amor por la lectura. “Era un sábado por la tarde, cuando los chavales del barrio bajábamos a la calle a jugar, después de ver la peli del oeste que echaban en la tele. Ese día dije que no salía, que me quedaba en casa, porque no podía soltar Los diez negritos de Agatha Christie”. Albert tenía doce años y fue el principio de una adicción.
Los libros y, poco más adelante, la música, se convirtieron en su droga. En el elusivo alimento de un espíritu perennemente hambriento. “Poco después es cuando ya empecé a escribir relatos y cuentos, la mayoría me los quedaba para mí”. Y siguió así durante años. “Iba para periodista y al final, en un volantazo de última hora, me decidí por estudiar Magisterio. No me arrepiento en absoluto”.

Entró a trabajar en el instituto Sagrada Família de Viladecans como profesor de lengua, pero, siempre inquieto, se metió enseguida en temas de informática. “Aprendí y he acabado ocupándome también del área TIC”. En paralelo, nunca dejó de dedicar tiempo y (por supuesto) pasión a la escritura. Cuentos, relatos, pequeñas historias y, por ahí en medio, el esqueleto de la que acabaría siendo su novela de debut.
Memoria histórica de extrarradio
Hace diez años, Albert Villanueva se puso a escribir unas reflexiones sobre el sistema educativo, que leyeron algunos compañeros de profesión. “Me animaron a darle forma y de ahí salió el libro Yo no quiero ir a esta escuela, una crítica razonada del sistema educativo español”. Aquel fue el desencadenante. “Decidí retomar una novela que había dejado a medias”. Poco después, veía la luz Por hacer a tu muerte compañía, un relato histórico que ahondaba en aquel American Lake de Gavà, un parque de ocio que duró entre 1920 y la Guerra Civil, fundado por un abyecto personaje llamado Artur Costa.
“Desde el principio tuve claro que, en mis libros, Gavà iba a ser escenario y a la vez personaje de las narraciones, que estas iban a servir para contar episodios históricos de la ciudad”. Una constante que caracteriza sus tres títulos posteriores, Pactos, Rencores y Nunca, que componen la trilogía protagonizada por el inspector Pruna –“homenaje a un amigo mío mosso llamado Prunera”– y donde salen a relucir episodios como la riada que en noviembre de 1962 devastó Gavà, o la primera huelga de la fábrica Roca, en 1976.

Y, tras publicar la breve y distópica Protocolo carmesí, ya se halla totalmente enfrascado en su siguiente proyecto, que lleva años rondándole. “Es una historia sobre la guerra y el exilio basada en Alejandro, un hermano de mi abuela paterna que fue herido en el frente, salió de España en 1939, y no se volvió a saber nada de él hasta 1976. Yo tenía catorce años cuando él y mi abuela se reencontraron y ha sido lo más intenso que he visto en mi vida. Fue la única vez que vi a mi padre llorar”. El tío abuelo murió en la década de los 80, pero el escritor está reconstruyendo su historia, “que se va a titular Alejandros, en plural, porque como él hubo miles”. Memoria histórica recorrida con absoluta pasión.
Cartografía sonora y literaria
En su juventud, la relación del parroquiano con Barcelona era la de un chico de extrarradio que, a pesar de vivir a quince kilómetros, veía la urbe como algo lejano. “Recuerdo la sensación de bajarme del tren en Passeig de Gràcia e ir bajando hacia la calle Tallers para comprar discos o a librerías del centro, cuando este todavía no estaba tomado por un turismo que ha acabado echando a los barceloneses”.
Todo esto conformó en su cabeza un callejero basado en la música y la literatura. “Más que las calles, mi cartografía urbana se compone de salas de conciertos, librerías, bibliotecas, tiendas de discos…”. Y sigue visitándolas, “pese a la dificultad de acceder a la ciudad, sobre todo cuando venimos de noche para algún concierto y no podemos depender del transporte público”. Y no le da tiempo a fruncir el ceño, porque enseguida arranca, de fondo, el Teacher de Jethro Tull y –como presidente del club de fans español de la banda– Albert Villanueva no puede evitar sonreír.

–Quizás, además de musical y literaria te interesa completar tu cartografía personal de Barcelona con la pata gastronómica. Tenemos raciones, carta, bocatas…
Sin perder la sonrisa, el escritor se decanta por unas tapas. “Y muy importante –añade–, que haya un buen postre… que lo mío con el dulce también es una historia de pasión”.
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