LA CIUDAD ESCULPIDA

El aislamiento del doctor Robert

Monument al Doctor robert detall
Monument al Doctor robert detall
18 de febrero de 2026

En medio de una isla desierta rodeada de coches y semáforos, en la absurdísima plaza Tetuan, el Monumento al Doctor Robert parece hoy un viejo objeto heredado de los abuelos que nadie sabía dónde colocar. En cierto modo, eso es exactamente: una obra desplazada por la historia. Dedicado a Bartomeu Robert, médico prestigioso y alcalde de Barcelona en el momento convulso del “tancament de caixes”, el monumento es mucho más que un homenaje individual. Es uno de nuestros monumentos con mayor simbolismo colectivo, con mayor carga política y con mayor potencia estética.

Cuando Robert (nacido en México, por cierto) murió repentinamente en 1902, la ciudad lo convirtió de inmediato en símbolo. Había encarnado una idea de dignidad cívica frente al Estado, una manera de hacer política desde el prestigio profesional y el compromiso con una ciudad que ya derribaba murallas. La suscripción popular para erigirle un monumento fue inmediata. No se trataba solo de honrar a un alcalde querido, sino de levantar un emblema del catalanismo emergente en plena euforia modernista. Un momento dulce en el que sociedad, política, economía y arquitectura iban de la mano (no como ahora, donde el miedo y la pereza engendran productos arquitectónicos y urbanísticos temerosos y perezosos).

El encargo recayó en Josep Llimona, uno de los escultores más refinados de su tiempo (con intervención también, sin embargo, de Lluís Domènech i Montaner). El resultado, inaugurado en 1910 ante el edificio histórico de la Universidad de Barcelona (cerca de su casa, por cierto), era un conjunto de notable ambición iconográfica. De entrada, la huella de Gaudí aparece inconfundible: en la forma abombada de la base y en la orgánica descomposición de la piedra, hermanísima de la Casa Milà.

Monumento a Doctor Robert ante el edificio histórico de la Universitat de Barcelona, en su emplazamiento original. © Arxiu històric de COAC

Pero además, en lo que respecta a la simbología, no solo está el retrato del doctor (busto de gesto sereno y contenido, pese al beso que le da la Gloria): a su alrededor, figuras alegóricas de todos los estamentos sociales como campesinos y obreros, políticos, intelectuales y clérigos (Jacint Verdaguer, con la bandera catalana), además de alegorías de la Música y la Poesía, así como referencias a la medicina (de hecho, hay toda la recreación de una visita médica en la parte posterior). En definitiva, la ciudad, el pueblo (valga la redundancia) y la ciencia. Todos salimos retratados de algún modo.

Pero además, en lo que respecta a la simbología, no solo está el retrato del doctor (busto de gesto sereno y contenido, pese al beso que le da la Gloria): a su alrededor, figuras alegóricas de todos los estamentos sociales como campesinos y obreros, políticos, intelectuales y clérigos (Jacint Verdaguer, con la bandera catalana), además de alegorías de la Música y la Poesía, así como referencias a la medicina (de hecho, hay toda la recreación de una visita médica en la parte posterior). En definitiva, la ciudad, el pueblo (valga la redundancia) y la ciencia. Todos salimos retratados de algún modo

El monumento, además, respiraba modernismo en su concepción integral. Arquitectura y escultura dialogaban con voluntad de unidad orgánica, con esa forma de gruta blanca y piramidal, en sintonía con las ideas estéticas del momento. Ciertamente, en el proyecto intervino también nuestro celebrado Antoni Gaudí, que aportó criterios sobre la estructura y la relación entre volumen escultórico y basamento arquitectónico. Aunque la mano principal fuera la de Llimona, la del Gran Arquitecto del Universo resulta innegable. Lo eleva singularmente y le otorga, de hecho, un oportunísimo salto estilístico.

Aunque la mano principal fuera la de Llimona, también aparece la de Antoni Gaudí.

Cuando estaba situado en la plaza de la Universitat, el conjunto dialogaba con el espacio académico y reforzaba la dimensión científica del personaje. No era una estatua aislada, sino una pieza inserta en un escenario de conocimiento. Pero la historia tenía otros planes: en 1940, en plena consolidación del régimen franquista, el monumento fue desmontado. El catalanismo que representaba resultaba incompatible con la nueva simbología oficial. Las figuras fueron retiradas, dispersadas, condenadas a un silencio de almacén que duraría décadas. De hecho, dos figuras de bronce (un hombre al que el segador daba la mano y una bandera) se fundieron durante los años cuarenta para elaborar la imagen que corona la Basílica de la Mare de Déu de la Mercè.

No sería hasta 1985 cuando el monumento fue restituido, esta vez en la plaza Tetuan. El retorno tenía un valor de reparación, pero el cambio de emplazamiento alteraba la lectura urbana. Lejos del marco universitario original, la obra quedaba ahora rodeada por la circulación incesante, como una isla escultórica ahogada en medio del tráfico. El conjunto, pensado para un diálogo sereno con la arquitectura, debía sobrevivir ahora al ruido denso de la Gran Vía.

No sería hasta 1985 cuando el monumento fue restituido, esta vez en la plaza Tetuan.

Y, sin embargo, merece la pena acercarse: la iconografía sigue vigente, las figuras alegóricas continúan construyendo un programa. Una ciudad-pueblo consciente de sí misma, el arraigo del liderazgo de Robert en el apoyo ciudadano, el afecto verdadero de la gente. No es un monumento triunfalista, como en cambio pretende evocar el nombre de la “plaza”, sino cívico. No exalta la fuerza, sino el servicio y la complicidad colectiva.

Hoy, del Monumento al Doctor Robert lo que más impresiona (además de su calidad escultórica) es su resistencia. Su significado imperturbable y su impresionante reunión de artistas mayúsculos. Como el personaje que representa, el monumento ha sobrevivido a los autoritarismos y a los caprichosos cambios de lugar. Y es que a veces, bajo un régimen u otro, nunca acabamos de estar a la altura.

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Sobre el autor

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Jordi Cabré
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