Miembros del Centre Excursionista de Catalunya (CEC) ascenderán el próximo 26 de noviembre a la colina de Montgat, 150 años después de que cinco jóvenes lo hicieran por primera vez. Será la actividad central con la que la entidad conmemorará el siglo y medio de una histórica salida recreativa que dio inicio al excursionismo en Catalunya. Eran años de la Renaixença y de la construcción del catalanismo. Aquel ya lejano día en Montgat, y ya de regreso a Barcelona, aquellos cinco jóvenes decidieron fundar la Associació Catalanista d’Excursions Científiques, embrión del actual CEC, que actualmente cuenta con más de 4.500 socios.
Poco pensaban aquellos pioneros que, hoy, su asociación excursionista sería una de las más importantes de Europa. Decidieron fundarla una vez hubieron descendido de la colina, mientras observaban el mar sentados en la playa e imbuidos por el entusiasmo que la excursión había dejado en ellos. Así lo recoge la primera acta de la entidad, que se inspiró en otras alpinas ya existentes en Francia, Gran Bretaña, Alemania y Suiza.
El objetivo de la asociación era, en primer lugar, la práctica del alpinismo, entonces un deporte aún minoritario en nuestro país. Pero pronto, y siguiendo el modelo de las sociedades geográficas, la entidad adquirió enseguida un carácter también científico, y los socios se dedicaron a recopilar información sobre la riqueza geológica de Catalunya, que acabaría contribuyendo al progreso económico e industrial del país. Se publicaron manuales y se elaboraron mapas. En 1878, dos años después de su fundación, un grupo de socios se escindieron y formaron la Associació d’Excursions Catalana. En 1890, volvieron a unificarse en el actual CEC.
Las actividades exploradoras del CEC tuvieron un papel muy relevante en la construcción de la identidad catalana a finales del siglo XIX. Y es que, a la vocación deportiva y científica, se añadió la cultural y, en especial, la promoción y protección del catalán. En su local, en el actual número 10 de la calle Paradís, se fundó en 1907 el Institut d’Estudis Catalans (IEC). Un año antes, se celebró el Primer Congrés Internacional de la Llengua Catalana.
El CEC se instaló en un lugar de la ciudad de gran importancia arqueológica, pues en su patio interior se pueden admirar los restos del templo de Augusto, que presidió el foro de la Barcelona romana y que hoy atrae a miles de visitantes. Se trata de cuatro de las columnas que lo soportaban. Tres de ellas, las que forman esquina, llevan en pie dos milenios. La cuarta se montó con diversas piezas encontradas entre los restos de derribos y reformas de viviendas que con los siglos fueron fagocitando el templo. Esta columna reconstruida estuvo muchos años en la plaza del Rei, hasta que se decidió trasladarla junto a sus hermanas.
Los restos del templo de Augusto son uno de los grandes tesoros arqueológicos de Barcelona que el CEC custodia en su patio central, que no existía cuando la entidad se instaló. Lo hizo en el tercer piso del edificio, en el que emergían los capiteles de las columnas corintias. Con los años, se deconstruyeron las plantas que impedían la visión del conjunto, que se puede admirar hoy desde casi todas las ventanas del edificio. Este se alza en el corazón de lo que fue Barcino, el punto más alto del conocido como monte Tàber, un pequeño promontorio que los romanos eligieron para fundar la ciudad, al permitir disponer de una infraestructura que facilitaba de forma natural la evacuación de las aguas. Una vieja rueda de molino frente a la entrada del CEC señala este punto más elevado y una placa en el muro exterior informa que se encuentra a 16,9 metros del nivel del mar.
El momento de mayor auge del CEC se vio truncado con el inicio de la Guerra Civil. Hasta entonces, había colaborado estrechamente con la Mancomunitat y la Generalitat republicana. Durante la contienda, facilitó refugios y material de montaña a la unidad militar alpina. Consiguió sobrevivir al franquismo y emprender de nuevo la actividad en un contexto político muy desfavorable por los antecedentes catalanistas de la entidad. Eso no impidió que se impartieran clases de catalán bajo el pretexto de conocer la toponimia de la geografía.
A lo largo de este siglo y medio, el CEC ha acumulado un importante patrimonio. Quizás el más relevante es su archivo fotográfico, casi 800.000 instantáneas que se pueden consultar online. Su boletín es también una fuente indispensable para los historiadores y otros estudiosos. En 1983, se concedió al CEC la Creu de Sant Jordi. Dos años antes, había recibido el Premi d’Honor Jaume I, y en 1999, la medalla de la Unesco. Ahora, los socios están volcados en la conmemoración de sus 150 años, como antes hicieron en su cincuentenario y centenario, momento en que erigieron en lo alto de la colina de Montgat, la zona cero del CEC, un monolito al que regresarán el próximo 26 de noviembre.
Mientras tanto, si se tiene ocasión, merece la pena visitar el edificio en lo alto de monte Tàber y admirar las columnas del viejo templo de Augusto. Es una gran experiencia.