¿Y si la moda nunca hubiera tratado de estar delgada?

*Lorem ipsum dolor sit amet consectetur adipisicing elit.

12 de agosto de 2026 a las 05:30h

Me encanta Copenhague. La primera vez que fui fue hace siete años, cuando mi hijo tenía apenas seis meses. Era agosto, recorríamos la ciudad en una cargo bike y la Fashion Week estaba en pleno apogeo. Recuerdo que me llamó la atención la naturalidad con la que las danesas mezclaban texturas, proporciones y personalidad al vestirse. No parecía que estuvieran intentando ser estilosas. Simplemente lo eran. 

Copenhague es una ciudad donde el buen gusto forma parte de todo: de la arquitectura, de la comida, de la cultura. Una ciudad obsesionada con el diseño y con la idea de que la belleza y la funcionalidad pueden, y deben, ir de la mano. 

Y, sin embargo, cuanto más tiempo paso allí, más interesante me resulta la contradicción. 

Amigos que viven en Dinamarca hablan de la misma tensión: detrás del gran diseño y de esa cultura del bienestar, sigue existiendo un fuerte apego a lo establecido. Copenhague puede ser conocida por sus valores progresistas y su cultura creativa, pero sigue siendo, en muchos sentidos, una sociedad bastante homogénea. 

Una de mis amigas, directiva de LEGO Group, me lo explicó una vez así: “A los daneses les gusta que seas creativa, pero no tanto como para que te salgas de tu sitio.” La moda es uno de los lugares donde una cultura puede desafiar lo establecido. 

El estilo es una forma de rebelión contra lo convencional.

Para las fashion girls, independientemente de dónde sean o a qué se dediquen, el estilo es una forma de rebelión contra lo convencional. Una manera de reivindicar la individualidad sin dejar de formar parte de la cultura que las rodea. Y este año, esa expresión personal se sintió especialmente alegre. 

Lo que más me llamó la atención de las imágenes del street style de Copenhague fue la variedad de mujeres que aparecían. No había ninguna sensación de que la moda exigiera a las mujeres hacerse pequeñas para formar parte de ella. Distintos cuerpos, distintas edades, distintas formas de vestir y distintos motivos para arreglarse. 

El color estaba por todas partes. Explosiones de Marimekko y esa excentricidad tan Marni. Encaje sobre rayas, flores bajo americanas sastre. Volumen. Ropa que ocupa espacio. 

Los desfiles contrastaban radicalmente con las pasarelas de París de la temporada pasada. 

En una cultura donde la conformidad puede estar discretamente valorada, la moda se convierte en una forma especialmente visible de rebelión. No una rebelión en el sentido punk, sino en ese gesto tan danés de permitirse, simplemente, ser un poco diferente. 

La moda se convierte en una forma especialmente visible de rebelión.

CPHFW rompe con lo establecido de la mejor manera. Porque vivimos un momento de uniformidad extrema. Los Ozempic bodies diciéndonos cómo
deberíamos ser. La IA llenando nuestros feeds con una versión vainilla de la belleza, programada en gran medida por hombres muy alejados de las mujeres que realmente llevan esa ropa. 

No soy especialmente atrevida a la hora de vestir, por eso CPHFW me resulta tan fascinante. Barcelona es un lugar fantástico para vivir, pero puede ser demasiado segura a la hora de vestirse. Recuerdo que, cuando era adolescente, mi tieta me explicaba las reglas: en octubre, las medias y la chaqueta eran obligatorias, y las sandalias, sencillamente, no se llevaban, aunque todavía hiciera 25 grados. 

Después viví en el Lower East Side de Nueva York cuando tenía veintitantos. Allí, una mujer podía salir a por un bagel con un abrigo de leopardo y joyas, y nadie se inmutaba. 

Durante años he preferido vestir sobre seguro. Quizá porque me desconcertaba esa convivencia entre excentricidad y tradición europea. Había asumido que vestir bien consistía en marcar la cintura, favorecer la silueta y procurar que todo estuviera en su sitio. Copenhague me hizo preguntarme si lo importante es siquiera resultar favorecedora. 

 Copenhague me hizo preguntarme si lo importante es siquiera resultar favorecedora. 

De todas las semanas de la moda, Copenhague me pareció la más imaginativa. Una forma de vestirse en la que el deseo está por delante de las reglas. Donde más es más porque más es divertido. Infantil, que no infantilizado.  

Mi hija, por ejemplo, se pone un tutú con medias de encaje, una chaqueta de flores, se ata un lazo en el pelo, se calza sus bailarinas y sale por la puerta sin pensárselo dos veces. Ella encajaría en Copenhagen Fashion Week con mucha más naturalidad que yo. 

Y quizá eso es precisamente lo que más me ha gustado: descubrir que el famoso minimalismo escandinavo tiene, al menos en Copenhague, mucho menos de minimalista de lo que imaginaba. Esta temporada he visto personalidad, maximalismo y, sobre todo, ganas de jugar. 

Quizá ahí esté el verdadero secreto de Copenhague: una cultura que ha hecho de la contención una forma de identidad ha encontrado también la manera de romper sus propias reglas con una naturalidad muy chic.  

Y mientras la miraba, no podía evitar pensar en Barcelona. Tenemos creatividad, talento y una identidad estética propia. Quizá solo nos falta atrevernos un poco más a enseñarla.