Elvira Roca-Sastre Muncunill es una de las personas que han tenido el privilegio de vivir en la Pedrera, la obra maestra de Antoni Gaudí en el paseo de Gràcia. Llegó con su familia en 1944, cuando tenía 6 años, y residió en el edificio hasta principios de la década de 1990. Fueron cinco décadas que confiesa fueron maravillosas. “Desde entonces, la Pedrera siempre ha sido mi casa”, afirma. Elvira regresó hace unos días al edificio para visitarlo de nuevo y para repasar y compartir sus recuerdos.
El padre de Elvira fue el prestigioso notario barcelonés Ramon Roca-Sastre, que decidió establecer en la Pedrera la residencia familiar y su despacho. Lo hizo a pesar de los consejos en contra de sus amigos, que le trataron de convencer de no establecerse allí porque, le aseguraban, no irían los clientes y no podría pagar el caro alquiler, 1.600 pesetas de la época (unos 10 euros con el cambio actual). Hay que recordar que el nombre de Pedrera era una forma despectiva con la que los barceloneses se referían al edificio, porque lo consideraban muy feo y que parecía, como su nombre indica, una cantera. Sin embargo, los augurios de los amigos no acertaron y pronto Ramon Roca-Sastre se convirtió en el notario de la Pedrera y en uno de los más populares de la capital catalana.
El piso donde creció Elvira —hoy ocupado por otros inquilinos— era muy amplio, unos 600 metros cuadrados, y recuerda su luminosidad, sus techos y su “fantástica” acústica. Ella y sus hermanos recorrían la casa en patinete. Uno de sus lugares preferidos de juegos era la planta de las buhardillas, donde estaban los lavaderos, y el terrado. Jugaban al escondite, gracias a los numerosos rincones que Gaudí distribuyó en las plantas superiores. En el terrado también subían a tender la ropa, circunstancia que en su día enervaba al arquitecto de Reus.
Elvira no siguió la vocación de su padre y optó por la poesía y el periodismo. Trabajó en la agencia ACI y en Mundo Diario. También fue crítica de cine en la revista Fotogramas, lo que le permitió llevar al edificio a personalidades como Joseph Losey, Federico Fellini y Jeremy Irons, entre otros. “Todos quedaban maravillados con la Pedrera”, añade. Esta antigua inquilina regresa siempre que puede al edificio que fue su casa. Las exposiciones son una excusa perfecta para hacerlo. “No me pierdo ninguna”, afirma. Actualmente, y hasta el 25 de enero, se puede visitar una magnífica muestra sobre la escultora Cristina Iglesias.
La Pedrera es una de las tres únicas fincas que Gaudí proyectó para albergar viviendas, junto con la Casa Batlló y la Casa Calvet. También conocida como Casa Milà, por la familia que la encargó, comenzó su construcción en 1906 y la acabó en 1912. Fue el primer inmueble del paseo de Gràcia en disponer de aparcamiento subterráneo para carruajes. Aunque en lugar de carruaje ya disponían de automóvil, esta es una de las características que Elvira también recuerda con cariño, que podían acceder directamente en coche.
Hoy, el terrado, con sus chimeneas-escultura que tantas horas acogieron los juegos de la hija del notario y del resto de niños que vivían, es uno de los elementos más icónicos del universo Gaudí. El arquitecto había proyectado incluso una enorme escultura de la virgen María en lo alto. Discrepancias con los Milà lo impidieron. Otro de los espacios emblemáticos son las buhardillas con sus arcos de ladrillo, que tienen hoy un uso museístico, donde pueden admirarse algunas de las espectaculares maquetas.
Las buhardillas se convirtieron en 1953 temporalmente en apartamentos, lo que obligó a añadir unas chimeneas nuevas que contrastaban con las que diseñó Gaudí. Fueron finalmente derribadas, aunque se conservó una como testigo. Gaudí también diseñó el terrado para que pudiera contemplarse desde él la Sagrada Família. De hecho, el templo queda enmarcado en el interior de un arco, y también puede verse desde el terrado de la Casa Batlló.
En uno de los pisos hoy visitables, se puede ver un lienzo con un guacamayo pintado. Perteneció a la señora Milà y se convirtió en una mascota muy popular entre los inquilinos y la gente que solía pasear frente a la Pedrera. Solía permanecer en el balcón del principal y hacía muchísimo ruido. Son solo algunas de las vivencias y recuerdos de una antigua vecina de la Pedrera.
