Un viaje de Barcelona a Nueva York

*Lorem ipsum dolor sit amet consectetur adipisicing elit.

16 de diciembre de 2025 a las 00:34h

Hay momentos en que las ciudades nos hablan con una claridad inesperada. A mí me ha pasado viajando a Nueva York justo la semana en que la ciudad escogía a un nuevo alcalde, Zhoran Mamdani, con una campaña basada en una idea que resonó mucho con mi propia experiencia: la necesidad de que la ciudad vuelva a ser asequible. No solo “más barata”, sino realmente habitable para las personas que viven y la hacen posible.

Puede parecer obvio, pero la asequibilidad urbana va más allá de la vivienda: es la suma de lo que cuesta moverse, cuidar a los hijos, acceder a los servicios sanitarios, disponer de espacios verdes, participar de la ciudad. Una ciudad es asequible cuando el conjunto de la vida urbana no exige renuncias imposibles.

En Nueva York, esta idea ha estallado políticamente con la vivienda en el centro del debate: más de la mitad de los residentes destinan más del 30% de sus ingresos al alquiler, y los que buscan alternativas tienen que vivir tan lejos que el gasto en movilidad compensa cualquier ahorro. En Barcelona, donde los salarios son mucho más bajos, supera a menudo la mitad de los ingresos disponibles. El resultado es el mismo: la clase media urbana se va haciendo pequeña.

Esta preocupación no es nueva. Richard Florida habla de la “nueva crisis urbana”, aquella en que las ciudades innovadoras generan tanta desigualdad que expulsan el talento que las hizo posibles. Edward Glaeser insiste en que la falta de construcción y de flexibilidad urbanística es una de las raíces del problema. Saskia Sassen describe cómo las ciudades globales se convierten en territorios para el capital antes de que para los residentes.

Tenemos que prestar atención en la clase media, que es la que sostiene la ciudad —comerciantes, restauradores, pequeños empresarios, médicos, personal sanitario, maestros, personal de servicios, personal técnico… Personas que a menudo sufren costes que superan su capacidad económica real y la de sus familias para habitar y vivir.

En Nueva York, las restricciones urbanísticas y la escasez de nuevas viviendas mantienen la ciudad permanentemente tensionada, y en Barcelona pasa tres cuartos del mismo. Barcelona tiene un potencial enorme: una dimensión humana, una movilidad eficiente, una calidad urbana admirada internacionalmente. Pero sin garantizar más oferta de vivienda, este valor se diluye.

Por este motivo es urgente flexibilizar la normativa urbanística, para facilitar la rehabilitación de edificios y la construcción de obra nueva a la vez que impulsar usos residenciales en áreas como el 22@ y recuperar el famoso “Barcelona posa't guapa”, instrumento muy aceptado por los barceloneses para poner al día sus viviendas.

Etiquetas