La desinformación es un fenómeno global, pero la credulidad en realidad es bastante idiosincrática y, por tanto, bastante local: depende de los territorios y de sus culturas. Y puede sorprender, pero parece que nosotros somos más bien crédulos en comparación con otras partes del mundo. Según Ipsos Global Advisor, que analiza el auge del fenómeno de las fake news a escala mundial, los españoles ocupan la quinta posición del ranking mundial a la hora de tragarse noticias falsas. ¿Quién encabeza la lista? Brasil, Arabia Saudí, Corea del Sur y Perú. Concretamente, según la encuesta de Ipsos Global Advisor realizada en 26 países, el 57% de la población española admite haber dado por buena alguna vez una fake news, una noticia falsa. Y esto, en realidad, no es lo peor, sino que el hecho de saber que estamos continuamente expuestos a noticias falsas o información confusa o manipulada (suponen el 62% del contenido publicado en Internet) hace que acabemos renunciando a saber qué es cierto y qué no. La sospecha ante una imagen, un vídeo o una información que leemos se ha convertido en un hábito más habitual de lo deseable y la confianza en una forma de supervivencia cotidiana. ¿Hemos perdido nuestra capacidad crítica? Según el periodista Gabriel Gatehouse, solo una sociedad que recupere la confianza en su capacidad crítica puede evitar el colapso del debate público. Y la batalla no es solo política: es, sobre todo, cultural y simbólica. Es una batalla por el sentido. La escritora Míriam Cano, en Es mengen els gats —libro muy recomendable para el trayecto en AVE de Barcelona a Madrid, por cierto—, recuerda que “defender la verdad no solo consiste en decir la verdad, sino en crear las condiciones necesarias para que pueda ser escuchada y, con suerte, integrada”. Y aquí es donde el periodismo se convierte en algo más que un oficio: se convierte en infraestructura democrática. La cuestión no es solo saber qué pasa, sino quién nos lo cuenta y con qué intención. Porque sin confianza en quien informa, tampoco hay confianza en nuestra propia capacidad de comprender el mundo.
No queremos vivir asustados, pensando que todo se va al traste. Al final, una sociedad asustada es una sociedad más dispuesta a renunciar a libertades a cambio de seguridad. Por eso, el relato importa. Y por eso también importa cómo se construye y desde dónde.
Y ojo, hacer periodismo en positivo no es sinónimo de blanquear ninguna realidad ni de edulcorarla. Es asumir la responsabilidad de construir un relato capaz de explicar el malestar sin amplificarlo, de transformar la incertidumbre en comprensión, el miedo en conexión, la turbulencia en ecosistemas que se entienden. Es recuperar el lenguaje de la esperanza y de la confianza sin renunciar al rigor.
Y hoy celebramos que este espacio de Good News y True Stories que cuidamos en Barcelona con tanto cariño y dedicación se multiplique también en otra capital europea como Madrid. Ayer celebramos que la estela de The New Barcelona Post crece y, además, lo hace tomando forma propia, The New Madrid Post, con una sociedad impulsada por BEKANE Media y The Good News Magazine. Como bien dice uno de sus pensadores e impulsores, el arquitecto Fernando Caballero, “vivimos en la era de las ciudades. El siglo XXI es el momento de las metrópolis”.