“La verdad es que desconozco el motivo por el que, en 1845, Alexis Tiffon, alias Napoleón, dejó Narbona para establecerse en Barcelona. La cuestión es que llegó aquí y, poco después, estableció en la Rambla de Santa Mònica su gabinete de artista pedicuro, que por entonces era una profesión médica de cierto prestigio, teniendo en cuenta que la medicina de la época en poco o en nada se asemeja a la actual”. Bernat N. Tiffon ha querido partir de aquel primer ancestro que se estableció en la ciudad hace ciento ochenta y un años, para reconstruir la singular genealogía de médicos que, durante seis generaciones, se han ocupado de la salud de los barceloneses.
Una historia que hunde sus raíces en una estimulante memoria oral familiar salpimentada de anécdotas y que, a sus 53 años, y tras una exhaustiva labor de investigación, este psicólogo doctorado en Medicina Legal y Forense ha querido dejar por escrito en el libro Saga Tiffon: desde la cirugía romancista hasta la psiquiatría y psicología forense (Bosch). El volumen no se limita a narrar el devenir de una familia, sino que, a través de este, refleja los enormes cambios vividos entre aquel siglo XIX y el actual por la profesión médica y, más en general, por una Barcelona que ha vivido trascendentes transformaciones.
Cirujanos romancistas en una ciudad en expansión
La Barcelona a la que llega la familia Tiffon a mediados del siglo XIX es una ciudad sobresaturada, con la población hacinada en los escasos kilómetros cuadrados delimitados por las murallas. Una urbe a punto de transformarse en capital industrial, marcada por conflictos sociales y una fuerte represión tras la revuelta de la Jamancia y con una burguesía culta que apuesta por el higienismo.En aquel contexto, Alexis –rebautizado Alejo y sin perder su apodo de Napoleón– coincide con otros grandes nombres de la medicina barcelonesa como el precursor de la psiquiatría hospitalaria, Emili Pi Molist; el inductor de la Medicina Legal y la Toxicología, Pere Mata Fontanet o el recordado higienista Pere Felip Monlau.
“Un artista pedicuro era el que se dedicaba a la atención y al cuidado de los pies, haciendo cirugías menores, por ejemplo, para ampollas o callos. Si era necesario, también podía practicar cirugías mayores, aunque no es el mismo concepto que podemos atribuir ahora”, precisa el autor del libro, antes de añadir: “Alejo Tiffon era lo que en la época se definía como cirujano romancista”. Un concepto que sirve para explicar la enorme diferencia entre la práctica médica de entonces y la actual.
En el siglo XIX había cuatro tipos de cirujanos: los latinos, que eran los que habían seguido algún tipo de curso universitario; los romancistas, que se habían formado junto a maestros y habían aprobado el examen del Real Tribunal del Promotomedicato; los barberos, que además de cortar el pelo y afeitar, a menudo realizaban pequeñas cirugías; y los sangradores, que eran los especialistas en sangrías y ventosas.
“Alejo, su hijo Roque y su nieto Emilio fueron cirujanos pedicuros romancistas en aquel contexto de cierto caos profesional, porque cada vez que el Estado trataba de establecer algún decreto para regularizar la profesión médica, favorecía a unos en detrimento de otros, lo que daba lugar a protestas, huelgas y, a partir de ahí, nuevas regularizaciones que lo que buscaban era no hacer enfadar demasiado a ningún gremio”, detalla Bernat.
Títulos que no son hereditarios
Roque y Emilio Tiffon siguieron los pasos de Alejo y practicaron, ellos también, la cirugía pedicura “en aquella Barcelona que derribaba sus murallas y se ampliaba a través del Eixample y la integración de pueblos como Gràcia o Sants, que se convertían en barrios”. Entre los distintos hallazgos que Bernat N. Tiffon ha ido haciendo para componer el volumen que narra la historia de su familia, el más satisfactorio es el del título de Pedicuro de la Casa Real concedido a Roque por Alfonso XII. “A partir de lo que se hablaba en la familia, yo tenía conocimiento de que había un cierto tipo de relación con la Casa Real, así que me puse en contacto con esta, que a su vez me remitió a Patrimonio Nacional y ahí –explica, incapaz de reprimir su sonrisa– encontré la documentación”.En 1882 Roque Tiffon envió una carta a Alfonso XII, explicando que era cirujano pedicuro, domiciliado en Barcelona y que prestaba gratuitamente sus servicios a todos los individuos de la clase de tropas, cabos y sargentos, así como también a cuantos pobres se presentaban en su gabinete y pidiendo, de este modo, “que se le concediera el título de Profesor Cirujano Pedicuro de la Real Casa con derecho a poder ostentar el escudo con las armas Reales”.
Más adelante, su hijo Emilio intentaría beneficiarse de aquel título, “y lo solicitó, pensándose que era hereditario, pero sin fortuna”. Además de cirujano pedicuro, este también fue miembro de la Academia de Higiene de Catalunya, una institución fundada por un grupo de médicos preocupados por los problemas de la higiene social, por entonces acuciantes en las áreas más sobrepobladas de aquella urbe en expansión.
Medicina moderna en un escenario convulso
El hijo de Emilio, Santiago Tiffon Ramonet, es la figura que ocupa más páginas del libro. Y con razón, porque por sí solo podría dedicársele un libro entero, o una película, o una serie. Licenciado en medicina, primero de su promoción especializado en cardiología y neumonía –“en un momento en que muchos morían de tuberculosis”– en la Barcelona de 1919, en plena efervescencia del pistolerismo. Una ciudad paralizada por la Huelga de la Canadiense, donde se consiguió por primera vez la jornada laboral de ocho horas y, al mismo tiempo, aterrorizada por el gobernador civil Severiano Martínez Anido que volvía a implantar la Ley de Fugas, como coartada para liquidar a toda forma disidencia.El siglo XX iba adquiriendo sus formas y estas no solo se notaban en los cambios sociales o políticos. “Santiago, mi abuelo, vivió en un contexto de transformación de la profesión médica, cuando, a mediados del siglo XX, se asientan las bases metodológicas de la medicina moderna. Ahí destacó como cardiólogo y neumólogo”. Fue director del puntero Sanatorio Antituberculoso de Santa Coloma de Gramenet, impulsor de la Fundación de la Clínica de Socorro Mutuo de Mollet del Vallès, donde residía, y uno de los primeros expertos en el país en medicina nuclear, “de la que se interesó especialmente a partir del terrible episodio de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki”.
Saga Tiffon recoge exclusivamente la línea familiar directa de su autor, desde que esta se establece en Barcelona. Pero hay más. “No he incluido la rama que ya se dedicaba a la cirugía en Francia, y tampoco he contado otra rama de la familia no directa, y en la que también hay médicos ilustres como María Luisa Tiffon”A la vez, aquel médico vanguardista fue testigo de durísimos episodios históricos como la Guerra Civil, que vivió desde una retaguardia peligrosa, trufada de ajustes políticos y bombardeos que por poco no lo alcanzan, y una Segunda Guerra Mundial “de la que se libró por su doble nacionalidad, española y francesa”. No empuñó armas, pero sí instrumentos que, en vez de segar vidas, lo que buscaban era salvarlas.
Del cuerpo a la mente
“Mi padre, Juan Tiffon, fue el primero de la familia en dedicarse a la mente y no al cuerpo”, explica Bernat, que dedica varias páginas de su libro a la memoria de aquel neuropsiquiatra “que abrazó la psiquiatría francesa, con todos sus rigores, lo que lo llevó a trabajar en el Hospital de Sainte-Anne en París donde coincidió con Jacques Lacan y acabó dirigiendo hospitales psiquiátricos en Marruecos que, como país francófono, también adhería a la escuela psiquiátrica francesa”.En esta parte es donde el vínculo entre padre e hijo se nota con más fuerza. Como algo más que recuerdos vagos y anécdotas de sobremesa. “Yo siempre le decía a mi padre que tendría que recoger la memoria familiar de los Tiffon en un libro, así que el volumen que al final he hecho yo, ha sido en homenaje a él: la obra que tenía que haber escrito él”, reflexiona Bernat. Pero esta sensación de continuidad no termina ahí. “Mi padre se presentó para oposiciones como médico forense, pero o no consiguió la plaza o desistió, no lo sé”. El caso es que, años después, Bernat se licenciaría en Psicología tras lo que haría el doctorado en Medicina Forense. Imposible no ver, ahí también, una ulterior honra a la memoria de una figura paterna muy presente.
En sintonía con la saga familiar, también Bernat ha brillado en su campo, convirtiéndose en referente. Así, ha prestado sus profundos conocimientos en psicología y psiquiatría forense en casos sonados como el de Rosa Peral, el de Lluís Corominas o el triple crimen de Ciutat Vella a manos de John Musetescu Werberg, entre muchos otros.
El vínculo cultural
Desde su llegada a Barcelona, la familia Tiffon también ha estado profundamente vinculada con el sustrato cultural de la ciudad. “La hija de Alejo, Anaïs Tiffon, alias Anaís Napoleón, fue junto con su marido Antonio Fernández Soriano, precursora del daguerrotipo en España”. Juntos fundaron, en 1851, la Compañía Fotográfica Napoleón, que duró hasta 1968 y fue una de las empresas fotográficas más longevas y pioneras.Otro aspecto que une esta saga familiar con el mundo de la cultura de la ciudad es su fuerte vinculación con el Liceu. “Las tres primeras generaciones barcelonesas de la familia vivieron cómo se inauguró el Gran Teatre del Liceu en 1847, el primer incendio de 1861 y el atentado de 1893. Y yo viví el segundo incendio, porque simultaneaba mis estudios de bachillerato, COU y psicología con el trabajo de figurante en el teatro”.
Entre 1987 y 1994, año de aquel segundo fuego, Bernat actuó como figurante al lado de eminencias como Luciano Pavarotti, Alfredo Kraus, Plácido Domingo o Montserrat Caballé, participando en montajes como Fedora, Sansón y Dalila, Werther, Tristán e Isolda o Elixir de amor. Un sueño para un enfermo incurable de música como él.
Un asunto de familia
Saga Tiffon recoge exclusivamente la línea familiar directa de su autor, desde que esta se establece en Barcelona. Pero hay más. “No he incluido la rama que ya se dedicaba a la cirugía en Francia, y tampoco he contado otra rama de la familia no directa, y en la que también hay médicos ilustres como María Luisa Tiffon”. Daría para otro libro. O tal vez otros, en plural.– ¿Y el futuro cómo se presenta? ¿Tienes descendencia que apunte maneras en el mundo de la medicina? ¿O de la cultura?
Bernat N. Tiffon ríe. “Tengo un hijo, pero tiene nueve años. Está aún en fase de evolución”, replica.
Será cuestión de darle tiempo al tiempo.
