Un instalador coloca los toldos que en pocas semanas estarán dando sombra a flores y plantas. Los instala en lo alto de unos espaciosos cubículos acristalados y con mobiliario blanco, que pronto contrastará con los colores vivos de rosas, claveles y siempreviva. Falta instalar la luz y el agua; a final de mes todo estará listo para que las floristas de la Rambla dejen atrás su Rambla y la miren durante un año desde un poco más arriba, desde la plaza Catalunya, mientras duren las obras que están actualizando el paseo más universal de la ciudad.
Todavía en sus puestos habituales, los turistas miran como siempre las flores y sus versiones más asouveniradas, ajenos al cambio que está por venir, mientras que los barceloneses que se acercan a las paradas llegan con la misma pregunta: “¿Todavía estáis aquí?”. El anuncio de que las floristas dejaban la Rambla después de San Valentín se había tomado al pie de la letra —con visita de despedida del alcalde incluida—, pero la fecha era algo más amplia: las flores seguirán en la avenida más conocida de la ciudad al menos un par de semanas más. Luego llevarán las flores hasta el lateral de la plaza Catalunya, empezando tras las terrazas del Zurich y hasta la calle Bergara, en un tramo concurrido, con personas que simplemente pasean y muchos que van a paso rápido buscando enlaces de transporte público o llegar a su lugar de destino.
La mudanza, prevista para principios de marzo, no será compleja, pero tampoco fácil ni rápida: el traslado se realizará una por una, con un máximo de dos paradas al día, en un proceso en el que el Ayuntamiento pondrá facilidades de transporte. Así, la operativa completa podría llegar a alargarse alrededor de una semana, hasta tener las ocho paradas ubicadas en el que será su lugar durante el próximo año. Después, volverán a su emplazamiento original en La Rambla, aunque lo harán manteniendo las nuevas casetas que pronto estrenarán. Todas, menos una. La más que centenaria Flors Carolina regresará a su misma parada, que fue reconocida por su diseño, distinto al resto de paradas. De todas formas, no volverán exactamente como la dejan: la parada se reformará, para actualizarla y para reparar los desperfectos causados por las obras, que ya están a tocar de las flores.
“Nos reubicamos en un espacio muy bonito, pero tendremos ganas de volver a la Rambla”, explica la cuarta Carolina al frente de la parada, que abrió su bisabuela en 1888. “Será toda una experiencia” alejarse por primera vez de la Rambla, y más para una parada que acumula historias y anécdotas con Salvador Dalí y Federico García Lorca. Tanto es así que, para Carolina, uno de los retos del traslado será buscar espacio para todas las fotografías que atestiguan estos más de 135 años de historia. Con su hermana Mercè en la parada, Carolina destaca que han mantenido un negocio que empezó hace tanto con una mesita de madera gracias a la clientela local, y no por los visitantes de paso: “Ahora, nos compran flores para su boda los nietos de personas que se casaron también con flores nuestras. Si estamos aquí, es por la clientela local”.
Y es que el papel del comprador local es clave para la mayor parte de las paradas de flores que siguen dando color y carisma a La Rambla. “Yo no vivo del turismo”, reivindica Laura, también cuarta generación al frente del negocio, mientras atiende a una mujer que le pregunta a cuánto salen unos lirios. De hecho, Laura ve precisamente en el turismo la causa principal por la que los barceloneses han dejado de bajar a la Rambla como se hacía antes. “La gente no baja por los turistas, no por las obras”, recalca. Por eso mismo, el nuevo emplazamiento no le parece la panacea. “Por ahí pasa mucha gente, pero no sé si para pararse a comprar. Para hacerse fotos y para preguntar por la Sagrada Família, seguro, pero para comprar, no lo sé”. Mientras, otros esperan impacientes que llegue el momento del traslado y ver cómo funciona ahí la venta de flores: “Queremos subir por el flujo de gente. Más ganas que nosotros, no tiene nadie”, destacan desde otra de las coloridas paradas.
Esta incógnita es un denominador común para las distintas floristas; las ganas de resolverla ya son más dispares. Jose Moya, histórico florista de la Rambla, lo tiene claro: “De lo que tengo ganas es de que se acaben las obras”. Y es que los trabajos han provocado tal descenso de los paseantes que su facturación se ha visto reducida en más de un 30%. “Pasa poca gente, y la gente pasa deprisa”, dice alzando la voz por encima del ruido de la excavadora que mueve las tierras bajo la Rambla a pocos metros de su parada.
“En Plaza Catalunya creo que estaremos mejor que aquí, con las obras, pero no es nuestro lugar. Nosotros, al final, somos Rambla”, destaca Moya, en su día presidente de la asociación que solían tener las floristas. “Ilusionado por subir a Catalunya no lo estoy, pero sí expectante, para ver cómo va”. El florista, que lleva 40 años en la Rambla, ya fue testigo de la remodelación de las paradas en la década de los 90, en un proceso marcado por el desencuentro con el Ayuntamiento, en contraste con el proceso actual. “Ahora se nos están poniendo muchas facilidades”, explica, mientras cobra en inglés a una mujer que se lleva un par de minicactus coloridos. Por primera vez, Moya colocará sus flores más allá de la avenida, con ganas y a la expectativa, pero siempre con la mirada puesta en su regreso a su emplazamiento natural. Todavía no se han ido, y ya tienen ganas de volver.
Este sentimiento es compartido también desde más allá de las floristas: “Las echaremos de menos, son esencia de la Rambla”. Lo dice Xavier Masip, gerente de Amics de la Rambla, que sigue con impaciencia el avance de las obras: “Se están haciendo largas y duras, pero cuando se termina un tramo y se ven sin hormigoneras, da gusto de verlo”. Llevar a las floristas más allá de la Rambla, según Masip, también podrá ser una oportunidad para que ganen visibilidad y acercarlas a personas que no suelen ir a la Rambla, para así invitarlas a volver cuando termine la reforma y las floristas vuelvan a su emplazamiento original. Así, con más o con menos ilusión, las obras se ven como un mal necesario para dibujar una Rambla más verde y amable, y para sumar en esta voluntad de que los barceloneses vuelvan a hacer suyo un gesto antes tan cotidiano como bajar a la Rambla.
