La torre del reloj de la plaza de la Vila de Gràcia es una construcción relativamente austera, comparada con los múltiples wonderfuls barceloneses, pero símbolo físico e imperturbable de una antigua villa independiente y de un espíritu propio. Supone el rastro de una Barcelona alternativa, de un pueblo, aquello que parece estar en riesgo de desaparecer bajo la presión de los expats y la uniformización del urbanismo global. El barrio que no se conforma, que silba a concejales y alcaldesas si hace falta, que recupera nombres y engalana calles o cuelga banderas, tiene plaza y tiene torre con reloj para que nadie lo olvide: la marea cuadriculada del Eixample, hasta aquí, no llega. Quizá por eso la torre fue hecha por el gran urbanista alternativo a Cerdà, Rovira i Trias, que sí tiene un monumento como Dios manda en la ciudad. En la villa, perdón. En la villa.
Gràcia era una villa menestral, popular, muy politizada y con una fuerte conciencia propia. Entre conventos, talleres, casas bajas y calles todavía semirrurales, la villa iba a la suya mientras Barcelona estallaba fuera de murallas y rompía el dique de contención. Muchos obreros, artesanos y clases medias se instalaban allí buscando espacio y una cierta autonomía respecto de la gran ciudad, igual que antes virreyes y virreinas levantaban torres de veraneo o los barones con cajones de sastre hacían largas excursiones. En ese contexto, la plaza de la villa se convirtió en el gran centro político y social. A mediados del XIX se llamaba plaza de Oriente (porque se encuentra en el extremo Este de la villa). Al instalarse allí el edificio del Ayuntamiento pasó a ser la Plaça de la Vila, y posteriormente plaza de la República o plaza de Rius i Taulet (hasta 2009, cuando fijó su nombre actual). Es hacia 1864 cuando en medio de esta plaza se levanta la torre del reloj, este campanario civil de estilo renacentista, con un reloj de cuatro esferas, que doblaba la altura de las casas y que tiene como autor a Antoni Rovira i Trias.
El graciense Rovira i Trias es conocido sobre todo porque perdió (vía “ordeno y mando” desde Madrid) el concurso más famoso de la historia de Barcelona. Cuando se decidió urbanizar el Eixample, su proyecto alternativo al de Ildefons Cerdà respetaba los caminos y torrentes, ofrecía un aspecto menos cuadriculado y mucho más monumental, es decir, con jerarquías, con diversas centralidades orgánicas, más parecido a las grandes capitales europeas (y al mismo tiempo más parecido a una capital con orígenes). Una concepción radial, con grandes avenidas que convergían en centros de valor social y patrimonial. El concurso lo ganó, como ya se sabe y haciendo trampas, el cuadriculado genio de las cenefas.
El Campanario de Gràcia (o Torre del Rellotge) tiene unos treinta y tres metros de altura y una planta octogonal que le da una presencia muy característica. Se trata de una arquitectura civil severa, rebelde, republicana, como si de pronto sus campanas tuvieran que tocar a somatén o anunciar el bautizo de un bebé por lo civil. En las cuatro caras de la base aparecen los escudos de la villa de Gràcia, de Barcelona, del Principado de Catalunya y de las armas de la reina Isabel II. En el paño de la base que da al edificio del Ayuntamiento hay una fuente con dos caras de cuyas bocas brota agua, y la cornisa está decorada con doce placas esculpidas que representan el zodiaco.
El reloj municipal funcionaba también como el corazón temporal de la villa, como si las horas que marcaba la torre fueran distintas de las de los conventos. La Marieta es la gran campana de la torre, y adquirió un valor casi legendario a raíz de la Revuelta de las Quintas de 1870, probablemente el episodio más famoso de la historia de la villa: el sistema de quintas obligaba a muchos jóvenes a incorporarse al ejército, y las clases populares lo percibían como una enorme injusticia (ya que los ricos a menudo podían pagar para evitar el servicio militar). La indignación estalló con fuerza, y Gràcia se llenó de barricadas y de resistencia popular. Finalmente, el ejército bombardeó la villa para sofocar el levantamiento. La campana se convirtió en un símbolo tan potente de resistencia que las autoridades ordenaron silenciarla. Posteriormente, en 1929 y en plena dictadura, la presión popular logró restituir la campana a su lugar después de un intento de fundirla para usos de la Exposición Internacional.
Cuando Gràcia fue anexionada a Barcelona en 1897, la torre quedó como un recuerdo físico de la vieja autonomía municipal. Y es que incluso dio nombre a publicaciones como el semanario satírico republicano “La Campana de Gràcia” (“donarà una batallada cada setmana”) o posteriormente “l’Esquella de la Torratxa”(“Donarà al menos uns esquellots cada setmana”), así como da nombre también a una figura de la colla gegantera: el gegantó Pepitu Campanar.
Ahora, con su particular jet lag (si no es que el jet lag lo tiene el resto del planeta), el reloj de la villa de Gràcia parece recordar a los nuevos residentes internacionales que aquí hay una vida real. Un tiempo, un ritmo, una perspectiva y una cosmovisión propia. No es solo un bien patrimonial, sino también un vigilante o un sereno que parece dispuesto a poner a raya a los gentrificadores. A ellos y a Ildefons, que tuvo que detenerse en Còrsega (la calle G) y negociar con el trazado del paseo que unía la antigua villa con la ciudad. Lo quieran ver o no, Barcelona además de una ciudad es la capital de un pueblo. Gràcia, con su torre, es el rastro de un pueblo dentro de la capital.
