Tener razón se me está quedando corto

Empiezo a sospechar que tener razón todo el tiempo es, en realidad, una mala señal. No en todo, claro. Pero sí en lo suficiente como para que me empiece a incomodar. Porque cuando casi todo lo que leo, escucho o comento encaja con lo que ya pensaba, cuando las conversaciones fluyen sin fricción y las opiniones que me rodean suenan sospechosamente parecidas a la mía, algo falla. O, al menos, algo se está simplificando demasiado.

Mi cerebro está encantado con este escenario. Le gusta reconocer antes que descubrir, confirmar antes que cuestionar. No por falta de ambición, sino por eficiencia: moverse en terreno conocido ahorra energía y reduce la incertidumbre.

Lo familiar no es solo cómodo, también es tranquilizador

En ese terreno conocido aparecen otros. Personas que piensan parecido, que comparten códigos, que reaccionan de formas previsibles. No hace falta coincidir en todo, pero sí lo suficiente como para que la conversación fluya sin sobresaltos. El problema es que hoy todo está diseñado para que eso ocurra así, casi siempre.

 

Elegimos qué vemos, a quién escuchamos, qué evitamos. Las plataformas afinan tanto que acaban devolviéndonos versiones del mundo que encajan con nuestro molde. Nuestras relaciones se filtran por afinidad: compartimos valores, referencias, formas de entender las cosas. Todo encaja. Todo fluye.

En ese encaje constante, pasa algo sutil. Las ideas dejan de ser solo ideas. Se vuelven más nuestras, más tangibles. Se integran en la forma en la que nos explicamos a nosotros mismos. Cuando eso ocurre, discrepar deja de ser un simple intercambio para convertirse, poco a poco, en algo más doloroso. No porque no entendamos al otro, sino porque sentimos, aunque sea de forma leve, que cuestiona nuestra propia identidad. La conversación cambia de naturaleza: exploramos menos y nos defendemos más.

Si siempre tenemos razón, puede que no sea porque estemos especialmente acertados, sino porque nos movemos en entornos demasiado diseñados para confirmarnos

De esta forma, afinamos aún más el entorno. Seleccionamos quién sí merece estar a nuestro alrededor. Volvemos a lo que confirma, a lo que no exige esfuerzo. Sin darnos demasiada cuenta, acabamos viviendo en un túnel amable donde la fricción apenas aparece. Cuando lo hace, suele venir exagerada, polarizada, poco útil para pensar con matices y apreciar los grises.

¿El resultado? Nos desacostumbramos

Nos desacostumbramos a sostener conversaciones en las que no estamos de acuerdo sin que eso se vuelva personal. Nos cuesta más transitar el matiz, tolerar la ambigüedad, nutrirnos de lo distinto. Porque, en el fondo, cuando las ideas se vuelven rígidas, discrepar empieza a sentirse como una amenaza a nuestra propia existencia. Pero, curiosamente, hay un lugar que se ha quedado al margen de esta hiperafinación: el trabajo.

 

millenials

Emprendedoras trabajando en Barcelona Activa.

 

No hablo del concepto abstracto de trabajar. Ni, desde luego, me refiero al confortable y aséptico trabajo remoto. Hablo del espacio físico. Esa trinchera de la diferencia donde coincidimos con personas que no hemos elegido. Donde no todo está configurado a medida. Donde, a pesar de los intentos de homogeneización, sigue habiendo una mezcla real de formas de pensar, de priorizar y de entender el mundo. Compañeros que no reaccionan como esperamos. Que no comparten nuestros atajos mentales. Que introducen variables que no habíamos considerado en situaciones que no están bajo nuestro absoluto control.

Quizá por eso, cuando lo que nos rodea deja de ser esa diversidad de escaparate, estética y domesticada, y se vuelve real, nuestra reacción no siempre es constructiva: un 42% afirma que trabajaría peor con alguien con ideas distintas, y un 34% incluso cambiaría de trabajo por diferencias de valores (Edelman Trust Barometer 2026).

Entonces, ¿buscamos la diversidad o solo queremos parecer diversos?

Aquí es donde, desde las empresas, tenemos un papel más relevante y complejo de lo que a veces queremos asumir. Porque esa trinchera incómoda y disidente puede ser, en realidad, una de las pocas oportunidades que nos quedan para salir de este circuito de confirmación que, poco a poco, nos merma.

 

Trabajadores en la oficina de Biorce de Barcelona.

 

El reto es crear entornos donde el desacuerdo pueda existir sin romper la conversación, y esto requiere intención. Implica legitimar que pensar distinto no solo es válido, sino necesario. Exige habilidades que no siempre entrenamos: escuchar sin preparar la réplica, sostener la incomodidad, separar las ideas de las personas o cambiar de opinión sin sentir que perdemos algo propio por el camino. También implica asumir algo incómodo: que, si siempre tenemos razón, puede que no sea porque estemos especialmente acertados, sino porque nos movemos en entornos demasiado diseñados para confirmarnos. Y esa es una forma silenciosa de empobrecerse.

En ese sentido, el trabajo, con toda su imperfección, puede ser uno de los últimos espacios donde aún es posible pensar con otros, no solo junto a otros, y aspirar a ser algo más que nuestras propias ideas.

No está mal, si lo piensas, para un sitio del que llevamos años intentando escapar.

Sobre el autor

Mariela Kratochvil
Mariela Kratochvil
Ver biografía