Del 'souvenir' a la tienda de barrio

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18 de mayo de 2026 a las 23:26h

Hay mañanas en las que uno pasea por el centro de Barcelona y tiene la sensación de que la ciudad se ha convertido en un decorado. Calles llenas de persianas medio abiertas, tiendas de souvenirs que venden la misma camiseta del Barça repetida en cada esquina y supermercados 24 horas donde entran cuatro turistas al día. Mientras tanto, muchos vecinos se preguntan dónde quedaron aquellas tiendas que hacían cómoda la vida del barrio: el supermercado asequible, la tienda de comestibles, el pequeño comercio especializado que daba personalidad a la calle.

Todos queremos una Barcelona más cómoda y atractiva para quienes la habitan, con un turismo más equilibrado y de mayor calidad. Esa aspiración se parece mucho a la idea, casi utópica, del comercio de barrio que algunos responsables públicos reivindican constantemente. No pedimos nada extraordinario: bastaría con recuperar una red comercial real, útil y diversa, donde convivan supermercados, tiendas especializadas e incluso comercios gourmet. En definitiva, una ciudad donde el comercio responda a las necesidades de quienes viven en ella y no solo a la inercia del turismo más rápido y superficial.

Pero la realidad es mucho más compleja. Los locales comerciales no se llenan solos ni se sostienen únicamente con buenas intenciones. Hoy por hoy, los negocios que más pagan por determinados locales del centro son precisamente aquellos que muchos querríamos evitar: tiendas de souvenirs o supermercados abiertos las 24 horas. Pagan, en muchos casos, precios por encima de mercado y además son los únicos que se atreven a apostar por determinadas ubicaciones, asumiendo el riesgo de operar en un entorno normativo cada vez más restrictivo para el comercio en Barcelona.

El Ayuntamiento tiene razón cuando intenta limitar la proliferación de determinadas actividades para evitar la degradación comercial de las zonas más turísticas. El problema es que la regulación actual está provocando, en demasiadas ocasiones, el efecto contrario al que se busca. Operadores comerciales de calidad, marcas consolidadas o proyectos interesantes simplemente huyen de Ciutat Vella. No porque no les interese la ubicación, sino porque la normativa municipal no se lo permite o porque perciben una degradación creciente del entorno comercial.

La pregunta es inevitable: ¿estamos trabajando realmente en soluciones? Hace poco, un alto cargo municipal nos pedía propuestas comerciales interesantes para la llamada “nueva Rambla”. La iniciativa es positiva, pero abre otras preguntas de fondo. ¿Conoce realmente la administración la realidad del comercio actual aplicada a Barcelona? ¿Se está trabajando de forma conjunta con operadores comerciales e inmobiliarios para atraer proyectos de calidad? ¿Se podría pensar en sistemas que permitan conceder licencias en función de la calidad y el valor del proyecto, y no solo de su tipología?

También hay otras palancas posibles. ¿Tanto costaría revisar la moratoria hotelera para permitir hoteles de cinco estrellas en Ciutat Vella? Este tipo de proyectos atraen un turismo de mayor calidad y generan actividad económica que se traslada directamente al comercio de su entorno. Las calles lo agradecerían. Y lo agradecería también el tejido comercial que queremos proteger.

Escaparate de una antigua tienda de ultramarinos. © Paola de Grenet

 

Existen, además, muchos detalles técnicos en la concesión y transmisión de licencias comerciales que el Ayuntamiento podría afinar para favorecer la llegada de operadores de calidad. Son aspectos quizá demasiado técnicos para enumerarlos aquí, pero que podrían marcar la diferencia entre un local cerrado, una tienda de souvenirs más o un proyecto comercial capaz de revitalizar una calle.

Barcelona tiene talento, tiene marca y tiene un patrimonio urbano extraordinario. Lo que necesita es una estrategia comercial coherente que combine regulación con capacidad real de atraer proyectos de calidad. Porque la ciudad que todos imaginamos no se construye solo prohibiendo lo que no nos gusta, sino facilitando aquello que realmente queremos. Y así, quizá, dentro de unos años podamos volver a pasear por el centro sin sentir que caminamos por un escaparate repetido, sino por una ciudad viva, con comercios que sirven a sus vecinos y seducen a quienes nos visitan. Una Barcelona donde el comercio vuelva a ser parte de la vida cotidiana, y no solo del recuerdo.