Pasan pocos minutos de las ocho de la tarde, el Palau de la Música guarda el máximo silencio posible (que en el caso de la repulsiva grosería de los melómanos barceloneses implica algún teléfono móvil todavía por apagar, el estallido habitual de toses de última hora y un papelito de caramelo que emula el cric-cric de una escalera carcomida) y el pianista retorna de nuevo a su escenario. Hoy asistimos a un concierto para mitómanos, con lo cual los fans del protagonista ya se excitan solamente viéndole aparecer de entre la oscuridad con el rostro inconfundible de un pingüino mofletudo que transita hacia el instrumento como un sonámbulo, con su mano derecha napoleónica pero a la inversa, tocándose a la espalda. Como también es consuetud de la casa, el hombre da un breve saludo con un rostro de máscara cadavérica que no cambiará durante toda la noche, después del cual se decanta rápidamente al instrumento y -cuando los tísicos aún no han terminado su recitar- ataca Beethoven.
Los barceloneses, debido a nuestro horripilante narcisismo ciudadano, creemos que muchos artistas del mundo tienen una relación especial con nuestra ciudad. Lo solemos decir así, alargando la cadencia de la palabra especial de una forma particularmente grotesca. El ejemplo más claro de este delirio, y también el más abominable, es el de Bruce Spingsteen, al que consideramos un medio amigo ---le llamamos “el Bruce”, como si fuera el profesor de clarinete de nuestra sobrina--- simplemente porque nos visita muy a menudo y nos pega alguna espantosa tabarra de las suyas en catalán. Esto también sucede en el caso que nos ocupa, el del genial pianista Grigory Sokolov, que visita casi anualmente el Palau de la Música en recitales de máxima ambición artística, pero que es sobre todo conocido por aquello que sus fieles llaman "la tercera parte del concierto"; a saber, cuando el ruso inicia una tanda de bises que puede alargarse, como este pasado jueves, hasta las seis propinas.
De hecho, un buen amigo pianista siempre me recuerda que el tercer acto en cuestión constituye lo mejor de estas antológicas rutinas. Debo darle la razón, tal vez porque Sokolov tiene ya setenta y cinco taco a sus espaldas y no es tan perfecto como antes en la ejecución de grandes obras "de programa". Así ocurrió en el Palau, en un concierto muy desigual donde la Sonata nº. 4 en Mi bemol mayor, op. 7 de Ludwig van quedó muy desdibujada por una sorprendente dosis extra de notas falsas. Pero bien, resulta igual si Sokolov no tenía el mejor de sus días, porque la traca empezó a mejorar con las Seis bagatelas, op. 126. Pianismo ruso de toda la vida, con el dolor de la música incrustado en el hígado pero sin ningún tipo de espasmo emocional, y con una forma bien singular de acercarse al teclado, percutiéndolo como si aún fuera un instrumento de martillos, donde cada nota debiera diferenciarse del resto, a pesar de que el tejido beethoveniano las una como un trencadís de histérico barbullo.
Pese a la ansiedad por los bises, yo esperaba como un loco la D960 de Schubert, esta maratón kilométrica deliciosa y absurda, una de mis sonatas favoritas. Me sorprendió que el pianista la atacara bastante rápido, en un Molto moderato que no sé si acabó aproximándose a los veinte minutos de duración (Sviatoslav Richter, Dios nuestro señor, la achicletaba ¡hasta 24,33!), pero con la triquiñuela de bajos mortuorios de aire amenazador disparada como la pueden tocar muy pocos artistas del planeta, y un Andante sostenuto, quién sabe si la balada de despedida más bella que jamás se haya escrito para cualquier instrumento, también algo apresurado. Yo he oído muchas veces a Sokolov tocando la misma pieza, disfrutando mucho más de los silencios que nos regala Schubert; pero eso le da igual, porque para tocar esta animalada hay que tener los cojones como un toro y se exige estar delante de un músico demencial. El público, que venía aplaudido de casa, se olvida de estas enmiendas y ya le ovaciona.
A partir de este instante, faltaría más, comienza la fiesta litúrgica de los encores. Aquí ya no procede la gran concepción de obras largas, y la técnica no es lo que pide el público, porque lo único que anhela es la misma perdurabilidad infinita del concierto. El pianista repite el ritual de siempre; dos saludos (ahora también se dirige a los espectadores del órgano del Palau) con cara de absoluta indiferencia… y vamos de nuevo al lío. Los barceloneses se debaten entre su devoción ---la frenesí por escuchar la enésima interpretación de la tercera mazurca del opus 30 y el vigésimo preludio del opus 28--- o precipitarse hacia las inmediaciones del Palau para tomar un bocado en uno de los espantosos establecimientos que lo rodean. Ésta es una de las mejores escenas de estos conciertos, en la que uno asiste horrorizado a cómo los conciudadanos ---aplaudiendo de pie mientras caminan--- no saben si escuchar una nueva pieza o satisfacer su avidez de croquetas.
Pero todo esto al pianista le resbala completamente, porque él ha vivido desde niño dedicado al arte, según la antigua ética rusa del antipersonalismo, y lo único que quiere es cascarse una nueva tanda de seis bises con el mismo rictus que tenía hace dos horas y media... y pirarse de este lugar. Nosotros, los barceloneses, repetimos con una pedantería absurda frases como la precedente, y la mayoría de nosotros iniciamos el camino hacia los mencionados y espantosos restaurantes de tapas vomitivas con dicha idea en la cabeza, según la cual acabamos de asistir al concierto de un artista verdadero y de un hombre que vive la música sin concesiones. Somos algo bastante ridículo, sobre todo teniendo en cuenta que hemos acudido a un concierto rebosante de analfabetos que aplaudían entre movimientos. Pero da igual, porque los barceloneses sólo queríamos presenciar una nueva maratón de Sokolov y los benignos gestores del Palay nos la han regalado, pues saben lo complacientes que somos.
La gente huye del barrio de Sant Pere medio extasiada y famélica. Nosotros somos tipos de otra guisa, conocemos los secretos de la ciudad, y la peña de casa Mari i Rufo nos espera en la calle Freixures, aunque sea ya de noche (¡es decir, cuando en Barcelona ya no se puede cenar!?) para regarnos la barriga con uno de los mejores rapes de Occidente y una almeja por la que venderíamos el espíritu de Chopin. Hasta el próximo año Grigory, que ja t’esperem.