Sobre el futuro del MACBA y la muerte del zar

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01 de marzo de 2026 a las 22:55h

Como les habrá pasado a muchos barceloneses, la última vez que me filtré en el MACBA lo primero que me vino a la cabeza fueron los siglos que había pasado sin pisar el museo. Comparto esta relación intermitente hacia nuestro centro de lo pictórico contemporáneo con algunos colegas de la secta artística, por lo cual no me parece atrevido opinar que el MACBA no ha terminado de honorar su principio fundacional: a saber, y basado todo ello en el ejemplo del MoMA que los críticos Cirici Pellicer y Rodríguez-Aguilera pretendían importar a Barcelona, poseer un ente que sirviera de receptáculo patrimonial y de experimentación sobre el arte realizado en la ciudad, conectado a su vez con la contemporaneidad planetaria. Ahora que el museo ha cumplido treinta años, con exposición conmemorativa incluida (dato importante; la mitad de las piezas todavía no se habían expuesto) podemos decir que la tarea de establecer un relato estético y un sentido patrimonial coherente del arte barcelonés todavía espera a alguien que se la tome con cierta responsabilidad. 

Pensar una institución artística como una caja de zapatos (la famosa teoría del cubo blanco, dirían los estetas) es digno de auténticos memos pero, mientras deambulaba por su famosa rampa, enseguida me sorprendió el hecho de que la exposición conmemorativa de las tres décadas (Com una dansa d’estornells) ocupara un espacio prácticamente idéntico al de Projectar un planeta negre, muestra curada por la directora del museo, Elvira Dyangani Ose, y primordialmente centrada en sus propios estudios doctorales sobre el panafricanismo. Aunque en casa siempre nos encanta el arte de sufrir ciertos ataques de egolatría, diría que la mirada hacia treinta años de trabajo museístico requería un mayor despliegue espacial (y algo más de reflexión expositiva) que una expo interesante de su capataza actual que, pese a muchos abracadabres argumentales y la presencia de una Moreneta tristemente enjaulada, tiene poca relación con el arte de Barcelona. En casa estamos a favor de mirar nord enllà, of course, pero ahora quizá tocaba desplazar el foco hacia el interior del cubo. 

Por casualidades de la vida, volví al MACBA justo cuando hemos conocido la noticia que Dyangani dejará el centro el próximo mes de abril, porque el consistorio del museo no le ha permitido continuar su labor decolonial en Barcelona y trabajar al mismo tiempo en un lugar tan progre como la Bienal de Arte Público de Abu Dhabi. Según me cuentan algunos espías cercanos a la trama, las tensiones entre una dirección que quería ejercer libremente (dicho de otra forma, con funciones artísticas pero también de gestión) y un patronato con muchas ganas de husmear en el día a día del museo no eran nuevas. Pero sea como fuere, Dyangani habrá pasado seis años en lel MACBA sin dejar demasiada huella en la institución. A pesar de la presencia de autores venerables como Basquiat, Tàpies, Kentridge, Miró y etcétera, nuestro museo más presentista sigue sin poder exhibir piezas singulares y sobre todo, osaría insistir, no ha sabido establecer una filosofía clara sobre las formas y pautas mediante las cuales lo contemporáneo ha urdido la suma de discursos que cristalizan en una idea de ciudad. 

"Los museos de la ciudad -y particularmente el MACBA- deberían repensarse de la forma más contemporánea posible"
Toda esta tabarra nos lleva al sempiterno tema del rol de los museos en nuestro presente. En cuanto al MACBA, ahora que se buscará nueva dirección, yo simplemente pescaría a alguien que tuviera suficiente conocimiento y cariño hacia el arte barcelonés como para ordenarlo y explicarlo a los ciudadanos de una forma nueva y enriquecedora (soy pesimista, porque entiendo que el principal requisito que se exigirá a los candidatos, como ha pasado en el TNC, es que tengan algún amigo o conocido en el PSC). Esto viene a cuento para hablar de otro tema de actualidad ciudadana-artística como el papelón que ha hecho Manuel Borja-Villel durante los últimos tiempos en Barcelona. Como recordará el lector, el antiguo director del Reina fue fichado por la Gene hace tres años (con una opacidad de contratación ejemplar y un sueldo aún desconocido) para convertirse en una especie de remodelador de la política museística urbana, unas funciones lo suficientemente vagas como para que se le denominara “el zar de los museos.” Acabado el trabajo, ni Dios ha averiguado cuál ha sido su contribución.

Como puso de manifiesto la periodista Maria Palau en un excelente artículo de los que tanto se echa de menos en nuestra mortecina prensa cultural (El museu deshabitat de Borja-Villel; Diari Avui, 17-02-2026), la labor del zar ha consistido básicamente en el comisariado de una exposición incrustada en el pabellón de Victoria Eugenia y en el Palau Moja, Fabular paisatges, que aspiraba a ser el boom de la década pero que acabaron viendo sólo 20.188 espectadores. A su vez, tras pasar todos estos años reflexionando, Borja-Villel entregó al departamento de Cultura la memoria Museu habitat, un resumen de cuarenta y cinco páginas de lo que este historiador nostrat ya ha ido explicando en los últimos tiempos en sus conferencias sobre la necesidad de aplicar las teorías decoloniales al museo del futuro (lo cual, si me permite, tras dirigir una institución tan centrípeta como la citada en Madrid, tiene bastante coña), un paper que no pasaría de aprobado en cualquier facultad del mundo, pero que quizás servirá al propio autor para conseguir también su bienal. 

Así pues, aparte de ser lugares para promocionarse a uno mismo a nivel de pasta y para aplicar las manías personales en la exposición de turno, diría que los museos de la ciudad -y particularmente el MACBA- deberían repensarse de la forma más contemporánea posible; a saber, mirando hacia atrás y recordando por qué recoi se fundaron. Todo esto, evidentemente, no ocurrirá, porque ya hace tiempo que -en nuestra ciudad- las cosas interesantes suelen ocurrir en los márgenes. Y es una lástima, porque en casa somos de pensar a lo grande y sobre cosas grandes. 

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