A veces hay que disfrutar del caos para vislumbrarlo todo mejor, aunque un desbarajuste concreto incluya toneladas de inclemencias. Me refiero, es evidente, a la delirante semana de trenes vivida en Catalunya que, como siempre, ocurre con lo relativo a Rodalies, ha afectado especialmente a la economía y la vida barcelonesa. El lector ya debe estar suficientemente empalagado de la tabarra mediática-ferroviaria (tranquilos, que la próxima semana ya hablaremos de teatro, de la Rodoreda, o de su tía en patinete), con lo que iré al grano con unas constataciones muy simples. La primera es harto conocida por todos: Catalunya ---y más aún su capital--- dispone de un servicio de movilidad precario que no podrá adaptarse a los tiempos y al crecimiento de la población ni con una inversión que centuplique el déficit fiscal. Segundo, a pesar de los cambios en la gestión interna de Renfe, la Generalitat no domina una de las estructuras más elementales para hacer funcionar mínimamente el país.
Entiendo que los usuarios se fijen especialmente en el primer aspecto que he citado, pero vale la pena centrarse en lo político porque ---después de todo el paripé de la reestructuración empresarial de Rodalies Catalunya, donde se nos había vendido que la Generalitat dominaría el cotarro por el hecho de presidirlo--- ha sido necesario un simple plante de los maquinistas (españoles) para que, por primera vez en su historia democrática, el país pase un día sin un puto tren circulando por el territorio. Recalco que escribo “plantada” y no huelga, un derecho que en casa respetamos de forma casi religiosa. Desde esta perspectiva, aprovecho la ocasión para felicitar a todos los partidos catalanes, incluido al que dice gobernarnos, quienes, ante el chantaje de los maquinistas, accedieron a mantenerles el convenio laboral (español) porque a los trabajadores no les daba la gana adherirse a una empresa catalana; en casa, a eso le acostumbramos a llamar racismo.
La Generalitat dice que quiere expedientar a los maquinistas por su desidia para con el servicio público que deberían estar obligados a garantizar, pero ya podéis imaginaros qué harán los trabajadores de Renfe con esta amenaza ante un poder de coacción equivalente al papel higiénico (más aún si, como confesó la consellera del asunto, Sílvia Paneque, el propio Govern no tenía ninguna idea del desplante en cuestión). Bien, pues sigamos con la narración política de los hechos, puesto que, tras un día sin trenes ---o en el idiolecto del presidente en funciones Dalmau, un día “que no será nada fácil”--- la propia consellera Paneque nos aseguró que, ayer mismo, la reanudación del servicio sería “progresiva”, pero sin ningún tipo de información sobre qué líneas funcionarían ni a qué hora se podría acudir a las estaciones. Dicho de otro modo y sin tapujos: los ciudadanos del país han pasado (de momento) tres jornadas sin saber si podrían dirigirse a currar con normalidad.
Este era un Govern que se había presentado a la ciudadanía como un garante de la pax autonómica y que había prometido a los independentistas de la tribu que se olvidarían de esto tan decimonónico de la secesión, gracias a una gestión impoluta de los servicios públicos. Pues esta semana no sólo es una muestra de la ilusión perversa de esa mirada colonial sobre el país, sino también de la constatación de que con España sólo nos espera miseria. Porque cualquier usuario de Rodalies entiende que, en estos momentos, no hay lluvia de millones ni singularidad en la financiación que salve una red en la cual, incluso en días de aparente normalidad, uno no sabe cuándo llegará a la oficina o a su hogar. Recomiendo a los usuarios indignados que no se refieran a este drama como un asunto digno del tercer mundo, porque esto nos relega a la pobreza general; el problema es que, justamente, nosotros podríamos ser un país de primera.
Todo esto, me atrevo a insistir, son constataciones que todo el mundo sabe, incluidos los empresarios independentistas que viven dentro del armario de la tercera vía y ---en público--- dan conferencias sobre cómo “tender puentes entre Barcelona y Madrid” o también los apologetas del unionismo que, con tal de no huir de España a toda prisa, prefieren que sus conciudadanos se pasen horas con cara de gilipuà en la estación de Maçanet-Massanes. Esto lo sabe todo Dios y lo único que nos falta ahora es deshacernos de la clase política dependiente del Estado y del procesismo endémico para adentrarnos con garantías en el nuevo mundo que no espera a la vuelta de la esquina. Sólo cuando ocurra todo esto tendrá sentido afrontar el debate sobre la salud de las catenarias y qué vías se deben pulirse a fin de que queden como las joyas de la reina madre. Hasta que llegue todo este periodo histórico, sólo nos queda esperar, llegar tarde y vivir dentro del tren con miedo a despeñarnos hasta morir.
