EL BAR DEL POST

Sarah Ardite: La música como verdad

Sarah Ardite © João Gaudenz
Sarah Ardite © João Gaudenz

12 de febrero de 2026 a las 10:27h

“No he perdido ni un ápice de la curiosidad, del deseo de escuchar y conocer, de explorar sonidos y léxicos musicales mediante los que entender el mundo y reflexionar sobre realidades y vivencias al margen del poder”. Los acordes de Tangambara, de Ali Farka Touré, se oyen desde el Bar. Sentada en la terraza, cigarrillo de marihuana en mano, Sarah Ardite vermutea con una caña y cacahuetes tostados. “Entiendo y vivo la música como la expresión ontológica de los pueblos, como el medio para llegar a su verdad”, añade.

Criada en el seno de una familia con amplio retaje sonoro, Sarah aprendió de su abuelo y su padre los misterios de los palos flamencos, de su madre el amor por la clásica y, a través de sus cuatro hermanos, Xavier, Joan, Eva y Toni, se empapó de mil y una corrientes. “Desde el blues y el R&B, hasta el rock, pasando por el jazz, el folk, el postpunk, y músicas importantísimas como la cubana o la india”. En casa, todos pasaron por el piano que había en el salón –“también estudié violín, y mis hermanos otros instrumentos”– y, en el caso de ella, las notas se le metieron en el alma y los pies y desde su niñez no ha dejado de bailar: “ballet, jazz, contemporánea, danza japonesa, sabar senegalés, sirtaki… He bailado de todo”, ríe.

Estudió Económicas e hizo un máster en Ciencias Políticas y, de pronto, su vida dio un vuelco cuando se marchó a vivir al continente africano. “Ahí trabajé de consultora y, más adelante, de vicepresidenta de una multinacional. Me movía en coche de un lado a otro, por los países de habla portuguesa, además de Sudáfrica, Zimbabue y Mauricios”. Aquella experiencia duró diez años y la expuso a los mil y un sonidos africanos, “que pueden llegar a cambiar radicalmente de una aldea a otra”. Un patrimonio infinito del que surgieron amores eternos como Oliver Mtukudzi, el jazz etíope y el sudafricano, el afrobeat de Fela Kuti, Franco Luambo y la música congoleña –“cuna real de casi todo lo que escuchamos”–, la música angoleña y un interminable etcétera.

“Empecé a ejercer de DJ en Ciudad del Cabo y Luanda, a conocer y colaborar con músicos, artistas, y colectivos como Panafrican Space Station o Chimurenga, de Ntone Edjabe, junto al que descubrí un montón de sonidos en inolvidables sesiones de escucha de los miles de discos que tenía en casa”, rememora. Ya nada volvería a ser lo mismo.

El viaje compartido

Tras una breve etapa en Dubái –“un aberrante y turbocapitalista cartón piedra donde culturalmente no hay nada de interés”–, Sarah Ardite volvió a Barcelona con el bagaje sonoro atesorado en el continente africano. Un patrimonio cultural que no ha dejado de ir ampliando “a través de los sonidos del Golfo Pérsico, los del Magreb y los del mal llamado Medio Oriente”. Pero un viaje tan apasionante no puede ser solitario.

Desde su vuelta a Barcelona, no ha dejado de colaborar con radios, como Gladys Palmera o Contrabanda FM; museos, como el CCCB; eventos, como el Festival Internacional de Cines Africanos; y bibliotecas y centros culturales, como el Albareda, donde ha activado las sesiones Musicalment parlant, “charlas con debate en las que la música es el medio para visibilizar contextos socioculturales concretos” o los ciclos Àfrica és el ritme del món, “talleres articulados alrededor de aspectos concretos como, por ejemplo, el papel de la música en las luchas de la descolonización, o en el panafricanismo”.

Ardite no ha dejado de colaborar con radios, centros culturales o museos. © João Gaudenzi

Aproximarse a la obra de la filósofa Marina Garcés y cursar su máster fue la vuelta de tuerca final que anticiparía el actual proyecto de Sarah, Músicas Sospechosas, una plataforma que nace de la necesidad de articular un discurso “en que, más que un fin en sí mismo, la música es un medio para conocer realidades al margen de los poderes”. 

Además de programas de radio, artículos y entrevistas publicadas en cabeceras como Afribuku, Ramag o In’n’Out Jazz, el proyecto también cobra forma a través de una serie de fanzines editados junto a Anabel de la Paz y Ricardo Duque. El primero, N’écoutez pas la musique des noirs, recorre los sonidos de Haití “capaces de sobrevivir a la necropolítica local”, está traducido a cinco idiomas (incluida la lengua haitiana) y brinda, mediante QR, una amplia guía de escucha para adentrarse en la música del país caribeño.

Músicas Sospechosas nace de la necesidad de articular un discurso “en que, más que un fin en sí mismo, la música es un medio para conocer realidades al margen de los poderes”. © João Gaudenzi 

Donde viven y vibran los procesos creativos

A pesar de lamentar ver “cómo han convertido Barcelona en una vaca que unos pocos no dejan de ordeñar, dejándola sin alegría, sin niños, sin gente joven, sin espacios donde crear, abocando lo común a su desaparición”, Sarah sigue amando la ciudad. 

“Adoro pedalearla, surcar el Raval, meterme en los bares subterráneos donde se fuma y las cosas ocurren sin permiso”. Y termina su cerveza, antes de sentenciar: “a pesar de los aspectos que detesto, sigue siendo el lugar donde mis procesos creativos cobran vida”

– Lo que, sin duda, ayudará a endulzar tus procesos creativos es nuestra oferta gastronómica. Se acerca la hora de comer y tenemos tapas, platos y menú deliciosos.

Sarah Ardite no pierde ocasión para hacer otra reivindicación, “de unas tapas hechas con buenos ingredientes y precios razonables, algo cada vez más raro en esta ciudad”. Y sonríe, moviendo la cabeza al ritmo de Savane de Ali Farka Touré, pidiendo de paso otra caña, y sabiendo que esta vez está en el Bar adecuado.

A pesar de reconocer que lamenta ver en qué se ha convertido Barcelona, Ardite se declara enamorada de la ciudad, especialmente de surcar el Raval. © João Gaudenzi