Sant Jordi, de la leyenda medieval a la Barcelona de rosas y libros

Pareja Sant Jordi - Mariona Gil
Pareja Sant Jordi - Mariona Gil

Un recorrido histórico desde el origen de la tradición hasta la diada actual, que impregna todos los rincones de la ciudad a base de flores y literatura como reflejo de la evolución de la sociedad barcelonesa

23 de abril de 2026 a las 00:35h

Sant Jordi ya es mucho más que rosas y libros. La leyenda y los símbolos que la mantienen viva se van apoderando de más y más espacios, y se extienden de las paradas de la calle hasta restaurantes, museos, hoteles, el mundo del retail e incluso en hospitales. Sant Jordi lo invade todo. Tanto, que la diada suscita también sus propias polémicas, como el debate que ha llevado a cuestionarse el propio nombre de la fiesta y la vinculación de la leyenda con el Día del Libro.

Sin embargo, la tradición de Sant Jordi se remonta muchos años atrás (es más, el Día del Libro nació conectado con la festividad). El 23 de abril fue el día en que, según la leyenda cristiana, el caballero murió en el año 303, decapitado por haberse negado a perseguir a cristianos, tras una martirización que dio pie a múltiples historias. La leyenda de ese caballero que mató a un dragón para salvar a una princesa y al pueblo que asolaba se extendió por la Europa medieval a lomos de las cruzadas, y se popularizó a tal nivel que lo acabaron acogiendo como patrón territorios como Inglaterra, y también lo que sería Catalunya. Entonces la leyenda hacía mucho que ya no sólo se contaba, desde que quedó recogida en la recopilación Legenda aurea, en la que Iacopo de Varazze incluyó la historia del caballero en torno al lejano 1260 (entonces, sin referencia a las rosas brotadas de la sangre, que emergieron después fruto de la aportación popular).

La devoción catalana por Sant Jordi arraigó antes del siglo XV, y ya desde entonces se celebraba una misa en su honor en este 23 de abril. Sin embargo, Sant Jordi no era entonces una fiesta popular, sino que su celebración quedaba más bien reservada para la nobleza de la Barcelona medieval, y hasta el siglo XVIII.

Sin embargo, al margen de Sant Jordi, uno de los elementos que sigue protagonizando la jornada sí tenía un carácter popular que iba más allá de cualquier estamento: la rosa. No obstante, entonces no era la única protagonista, sino que se mezclaba con un sinfín de tipos de flores que festejaban la llegada de la primavera. Ese recibimiento a las flores primaverales no sólo ha dejado huella en Sant Jordi, sino en tantas otras tradiciones de estos meses, como el día de Corpus y sus alfombras de flores y la enramada de la Cruz de Mayo. El hilo del origen se puede estirar mucho más allá: ya en la Antigua Roma se celebraban festividades en honor a Flora, diosa de las flores, la primavera y la fertilidad, precisamente entre finales de abril y principios de mayo. Y otra conexión: la fiesta era conocida como Ludi Florae, de los que toman el nombre, milenios después, los Jocs Florals.

De hecho, la Barcelona del siglo XVIII acogía ferias de flores en primavera, como la que se instalaba ni más ni menos que en el Pati dels Tarongers del Palau de la Generalitat. En ella, era tradición que los enamorados regalaran flores a sus parejas, compradas entre las paredes de lo que ahora es la Generalitat, que sigue siendo uno de los escenarios principales de la festividad, siglos después. Entre esas paredes, la rosa roja empezó a despuntar entre el resto de flores por la leyenda de Sant Jordi y por esa contribución popular que sumó a la historia original el rosal surgido de la sangre derramada del dragón.

Rosas de Sant Jordi. © Jordi Borràs / ACN

Un siglo de libros

La fiesta ya popularizada del patrón oficial de Catalunya se vio interrumpida por episodios bélicos y políticos, como en 1714 y, después, con la dictadura de Primo de Rivera. Pero fue precisamente durante ese periodo cuando salió a escena el co-protagonista de la jornada: el libro. En este caso, su origen sí tiene nombre propio. Fue el del editor valenciano afincado en Barcelona Vicent Clavel quien propuso instaurar un día del libro para promocionar la lectura, pero no fue el 23 de abril: inicialmente se marcó el 7 de octubre en el calendario, el día (aproximado) del nacimiento de Cervantes. La iniciativa se aprobó en la Cámara del Libro en 1926, precisamente cumpliendo este año su centenario.

Lectores comprando libros por Sant Jordi. © Jordi Borràs / ACN

Poco se tardó en mover la fecha de octubre al 23 de abril, pasando de conmemorar el nacimiento de Cervantes a la fecha de su muerte. Con la llegada de la Segunda República, ambas fechas coincidieron, con 1931 como el primer año en que paradas de rosas y libros se esparcieron por la ciudad. La eclosión que ha llevado a la diada masiva actual llegó después de la dictadura franquista, con décadas durante las que la jornada no ha dejado de crecer y de ir desbordando más espacios hasta extenderse hasta lugares insospechados. Las imágenes de calles y plazas abarrotadas se repiten desde hace décadas, en los mismos puntos en los que siguen paseando barceloneses y visitantes el 23 de abril. La plaza Sant Jaume y La Rambla ya eran espacios imprescindibles, y lo siguen siendo este 2026 (tal vez, el primer año en que La Rambla se queda sin Sant Jordi, por las obras que prometen tenerla lista y en su mejor versión el año que viene).

Paradas de Sant Jordi concurridas en Barcelona. © Jordi Borràs ACN

Mientras la ciudad ya se llenaba de rosas y libros ese 23 de abril, la fiesta dio otro salto en 1995, cuando la Unesco lo decretó como el Día Internacional del Libro, bebiendo de esa tradición surgida en Barcelona y apoyándose ya no sólo en la fecha de la muerte de Cervantes, sino también en la de otros nombres universales de la literatura, como Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega. Así, rosas y libros han encontrado en Sant Jordi su día de encuentro, en una asociación inicialmente no planificada pero que ha dado pie a una festividad singular que se cuela en las distintas capas de la ciudad, fusionando cultura, tradición y símbolos de amor en una misma jornada.

Ahora más que consolidada como una de las fechas más emblemáticas del calendario barcelonés, Sant Jordi sigue celebrándose en espacios que conmemoran el 23 de abril desde hace siglos, y se extiende por sus calles ya no sólo como un símbolo y una tradición, sino como una seña de identidad. De la leyenda medieval a la fiesta actual, la ciudad mantiene su tradición mientras la adapta a cada momento y la hace dialogar con las tendencias del presente, mutando y expandiéndose mientras mantiene su esencia de fiesta de encuentro y de cultura.

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