La Sala Parés conmemora el diálogo entre el pasado y el futuro del arte figurativo entre guerras

1- Printania, Josep Togores (1922) (1)
1- Printania, Josep Togores (1922) (1)

La mítica sala d'exposicions inaugura 'Figuracions entre Guerres: 1914 – 1945', mostra que es converteix en una reivindicació de l'art figuratiu català en una època incerta i convulsa, durant la qual la sala va haver de refundar-se, apuntant cap a un camí que ja no abandonaria, amb una clara aposta per la tradició i la modernitat

08 de enero de 2026 a las 12:26h

Era el año 1925 y la Sala Parés, con su reapertura, debía cambiar de dirección. Con el traspaso de Joan Baptista Parés a los hermanos Maragall, y tras unos años en los que había ido perdiendo popularidad desde 1914, la sala de exposiciones más antigua de España e incluso una de las más antiguas del mundo, tuvo que modernizarse.

Fundada en 1840 como una tienda de bellas artes, la sala de la calle Petritxol apostó entonces por una línea basada en la perfecta conjunción entre el clasicismo del figurativo decimonónico y las nuevas vanguardias de principios de siglo, como la Nueva Objetividad, movimiento surgido en Alemania a finales de 1910 de la mano de Gustav Friedrich Hartlaub, como respuesta al expresionismo dominante y con la intención de mostrar la lucha de clases y la corrupción europea con mayor fidelidad a la realidad. Uno de sus pintores más representativos de este movimiento es Otto Dix, que luchó y representó los horrores de la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias.

Un siglo más tarde, la nueva muestra de esta emblemática sala, Figuraciones entre guerras 1914-1945 (que se puede visitar hasta el 7 de febrero), quiere reivindicar precisamente la participación e incidencia de la Sala Parés en el arte moderno catalán. Lo hace cien años después de la etapa de los hermanos Maragall al frente de la sala, una etapa muy ligada a la figuración en Cataluña, que en aquellos días ya se apreciaba como del todo heterogénea, compleja y multiforme.

En el año 1926, aprovechando la falta de propuestas colectivas, se inauguran en su recinto los Salones de otoño con un grupo de obras que presentaban una figuración renovada que ya proponía un diálogo entre lo nuevo y lo viejo. Un paso visible del pasado al futuro. En palabras del periodista, poeta y dibujante Josep Maria Junoy, cuando describía el nuevo rumbo de la sala: “La belleza de lo antiguo y de lo nuevo, la tradición y la modernidad. Sin modernidad, la tradición se convierte en fósil. Sin tradición, la modernidad volaría como el humo”.Nombres como Emili Bosch Roger, Joaquim Sunyer, Joaquim Torres-García, Rafael Benet, Josep Mompou, Pablo Gargallo y Salvador Dalí, destacaron de un total de cincuenta artistas, presentando la muestra de ese año como la verdadera y más significativa manifestación del arte catalán moderno. Del joven Dalí, se expuso Chica cosiendo y Figura en unas rocas. Con tan poco, ya se dejó entrever el claro talento e intenciones artísticas del genio ampurdanés. El resto de obras, de un claro tono novecentista, incluyeron también trazos evolucionistas y artistas de la Agrupación Courbet barcelonesa, entre los que destaca Josep Togores.
La obra Retrat de Joan Salvat-Papasseit, de Rafael Barradas (1918).
Y fue en los salones de un año posterior (1927), cuando se unió Togores, el pintor de Cerdanyola del Vallès, y más tarde lo hicieron nombres como Manolo Hugué, Pere Pruna, Pere Crèixams y Francesc Domingo. Las participaciones de Dalí siguieron siendo la mayor atracción, sacudiendo el mundo del arte, sobretodo al más tradicional, y al público asistente en general. Obras como La miel es más dulce que la sangre y Aparato y mano, las dos de un claro tono provocativo, llevaron a tensionar el equilibrio que defendía la sala.Tanto es así que en 1928, Los deseos insatisfechos del pintor de Figueres (actualmente expuesta en el San Francisco Museum of Modern Art) fue censurada para evitar el fuerte impacto que suponía su exposición al espectador. Sin embargo, la Sala Parés supo aprovecharse a lo largo de los años los golpes de efecto de Dalí en su beneficio. La crítica y el público hervían con cada conferencia y, en consecuencia, la sala contaba con una enorme popularidad.
Devant la baignoire, de Juan Gris (1925).
En general, el figurativo catalán de esa época, que huía de un cierto idealismo clásico, comenzó, poco a poco, a renovarse de la mano de pintores y pintoras como Carme Cortés, Montserrat Casanova (que fue despreciada en París por el mero hecho de ser mujer), Santiago Rusiñol, Ramon Casas, Joaquim Mir, Marià Pidelaserra, Mariano Andreu, Josep Llorens Artigas y Josep Amat.
"La pintura figurativa catalana debía superar el novecentismo y mirar hacia las influencias de Cézanne y hacia el cubismo de Picasso"
Por encima del citado diálogo entre futuro y pasado, y la captación de nuevos visitantes, el recinto pretendió, a riesgo de parecer demasiado ambicioso, a riesgo de parecer el defensor de una idea inabarcable y amorfa, reunir todas las corrientes figurativas del país, que no eran pocas, y lo consiguió hasta el inicio de la Guerra Civil en 1936.No era un reto sencillo: la pintura figurativa catalana debía superar el novecentismo y mirar hacia las influencias de Cézanne y hacia el cubismo de Picasso. En esta transición ayudó la fuerte conexión con París de una serie de pintores, los extranjeros que se refugiaron en Barcelona durante la Primera Guerra Mundial, y los pintores catalanes que estuvieron en Montparnasse, nombres como Manuel Humbert, Pruna, Togores, Celso Lagar o la pintora Olga Scharoff. Se establecieron vínculos con Chagall, Modigliani, Apollinaire, Mason, Juan Gris, Max Jacob y, por supuesto, con Pablo Picasso.La obra de Josep Maria Togores (1893 – 1970), representa la línea que define y defiende la sala a lo largo de su extensa historia. Clasicismo y modernidad en un conjunto de obras complejas y cambiantes, tensionadas, pero que, en su conjunto, gozan de una plena armonía. El de Cerdanyola, que se dedicó a la pintura debido a la sordera sobrevenida por una meningitis, aprovechó una beca del Ayuntamiento de Barcelona para viajar a París en 1907, donde conoció a Cézanne. De un marcado tono impresionista, formó parte de la Agrupación Courbet.Deudor, también, de la tradición del realismo español, transitó lentamente hacia el cubismo, pero desde una perspectiva muy personal, en la que dejó también espacio para el surrealismo. A este movimiento, llegó de la mano de Braque, Maillol, Jacob y Picasso. Firmó un contrato de exclusividad con el reputado marchante Daniel-Henri Kahnweiler hasta el 1931. Un año después, se produce su retorno a Barcelona. Es representado por Francesc Cambó, y muere en 1970 atropellado por un coche en pleno Paseo de Gracia.
"El figurativo entre guerras se plasma con la mirada al vacío, un vacío existencial, de moral; que abraza una evidente desesperanza"
Otros pintores como Torres – García viran su influjo hacia las vanguardias. Planells abraza el onirismo propuesto por su amigo Dalí; Óscar Domínguez pinta mujeres desmontadas y desmontables con una estética cubista; y destaca la obra de la pintora de origen ruso, Olga Sacharoff, por constituir una vuelta de tuerca más a los retratos con estilo estilizado y ojos inertes de Modigliani.
Dama del sombrero, de Olga Sacharoff (1917).
El figurativo entre guerras se plasma con la mirada al vacío, un vacío existencial, de moral; que abraza una evidente desesperanza y zozobra con relación al entorno. Languidez en los gestos y volumen en los cuerpos. Un claro ejemplo de estas características son los lienzos de Mariano Andreu.En 1936, pese al forzado cierre, la Sala Parés logra inaugurar una muestra monográfica del pintor argentino Gustavo Cochet. Una exposición impuesta por la CNT, ya que Cochet es un relevante líder sindical, y su obra, de un marcado tono costumbrista, muestra la miseria, la enfermedad y el calvario, en lo que es una representación necesaria del mundo proletario. Es entonces cuando el figurativo entona un discurso reivindicativo y decididamente político con las obras de Marià Pidelaserra sobre las consecuencias terribles de la guerra y con claros referentes identificables del expresionismo alemán.
Piratas modernos, de la serie 'Caprichos', de Gustavo Cochet.
Después de la guerra, se apuesta abiertamente por una internalización del arte figurativo patrio y las corrientes muestran, por lo general, un giro conservador hacia el naturalismo y el alejamiento de todo lo disruptivo y de vanguardia. Destacan nombres como Ramon Calsina, con su experiencia en un campo de concentración mediante retratos pesadillescos, las calaveras y cráneos de Pere Gastó, también con personajes de mirada perdida, angustiados y con una enorme expresividad en sus rostros. Un claro reflejo en pintura de los horrores vividos en la guerra. Se mezclan miedo, horror, con altas dosis de ironía y absurdo, todo ello fruto, de estar viviendo un momento histórico convulso, crucial, y plagado de incertidumbre e imágenes difíciles de digerir.Bajo estas bases, se establece una ecuación que demuestra, mejor que nada, la enorme dosis de tensión existente en la propuesta de la muestra y en la trayectoria de la sala en general: el prestigio y el estigma de todo lo que se relaciona artísticamente con lo tradicional, y que choca, irremediablemente, con la necesidad, el miedo y la incertidumbre que propone la modernidad.
Danza en un jardín abandonado, de Àngel Planell (1932).
La muestra, que se podrá visitar hasta el 7 de febrero, está comisionada por el historiador de arte Sergio Fuentes Milà, y acoge 150 obras, algunas de ellas inéditas, entre pintura, escultura y grabados. Es, a día de hoy, y en palabras de su director Joan Anton Maragall, la muestra más completa y ambiciosa de la Sala Parés.
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