Uno de los mejores atributos de nuestra Barcelona, quizás su primer rasgo de civilidad moderna, es su condición de señora petit, manejable y modestamente coqueta. A excepción de las ciudades yanquis, rebosantes de testosterónicos rascacielos, majestuosos pese a su elefantiasis, la mayoría de ciudades que amamos no tienen altura ni fardan de pechazos; viven a ras del suelo, a escala humana, sin querer acercarse a los dioses tal como hacen las horripilantes nuevas megalópolis de los desiertos islámicos. Todo esto viene a cuento porque, esta misma semana, sabíamos que la Sagrada Família ya es el edificio más alto del casco urbano de Barcelona, pues su espantosa torre de Jesús (la más alta de tal mona de pascua) ya ha llegado a los 155,58 metros, superando así dos aberraciones que el Mediterráneo debe contemplar a diario al levantarse; la Torre Maphre y el Hotel Arts. La noticia preludia nuevas peores, porque la torre en cuestión alcanzará los 172,5 metros.
Parece que la Sagrada Família perderá de vista sus grúas torres (quién sabe si el aspecto más bello de este pastiche arquitectónico) en 2027 cuando, gracias a los aguinaldos de medio mundo y a la ayuda del demonio, se acabará con casi ciento cincuenta años de construcción ininterrumpida. Debemos a nuestro Sant Antoni Gaudí que el despropósito en cuestión, no imputable al arquitecto sino a los hijos bastardos que han convertido el templo en una ensalada insufrible de chabacanería, no acabe creciendo aún más, porque si fuera por los apologetas del turismo todavía nos la elevarían más, superando la altura de Montjuïc. Con la conclusión de todo ello, la Sagrada Família se convertirá en el templo más alto del planeta, con lo que Barcelona no sólo podrá batir un récord de fealdad, sino que además se acabará de convertir en el destino ideal de todos aquellos guiris con deseo de admirar visiones fálicas; auguro, Dios todopoderoso, todavía muchas más visitas.
Que se preparen los vecinos del barrio homónimo del templo porque, si hasta ahora se han acostumbrado a vivir rodeados de japoneses con una compulsión fotográfica fuera de toda mesura y a multitudes que masifican sus paradas de metro, obligándoles a salir de casa temprano para poder ir a currar, cuando la consagración (monumental, no papal) esté finalizada, la cosa puede llegar al auténtico delirio. De hecho, ahora que a parte de la mejor tienda del mundo seremos una ciudad con esta cagarruta bien alzada, yo aconsejaría a la buena gente de Sagrada Família que vaya buscando casa en algún otro lugar. Que no se amedrenten; dada la angustia planetaria de pernoctar cerca de enclaves infrahumanos, podrán vender sus pisos con vistas al templo por todo el oro del mundo y así pirarse hacia otros barrios de la ciudad donde no se escondan trampas visitables. Ser expulsado de casa es muy jodido, pero vivir en medio de un parque temático como tal será causa de muerte segura.
Ahora que la Sagrada Família está a punto de terminarse, no es momento de mirar atrás, pero habría que recordar cómo ---en enero de 1965--- algunos de los mejores arquitectos del mundo y de nuestros mejores artistas (de Le Corbusier a Oriol Bohigas, de Antoni Tàpies al propio Josep Maria Subirachs, que el altísimo le haya perdonado) desaconsejaron acabar un proyecto que nuestro Gaudí sólo tenía escasamente esbozado. A partir de aquí, a pesar de la oposición inicial del Col·legi d'Arquitectes de Catalunya, hicimos aquello tan nuestro de desobedecer a los expertos y tirar pel dret, pensando sólo en cómo podríamos rentabilizar las piedras. Pues bien, el resultado ya lo tenéis casi listo, y únicamente falta poner el lacito en la torre más alta. Hoy, lejos de centrarse en la suntuosidad cuadriculada del Eixample, la mayoría de fotografías de nuestra ciudad deben verse manchadas por este bulto en medio de la urbe. Tanto da dónde pongas la cámara y cómo enfoques el paisaje, que la tifa escultórica acaba saliendo en la foto, como el cuñado gracioso.
Pero eso no parece preocupar a mis convecinos, quienes seguro que compartirán el entusiasmo mundial cuando el político de turno glose la Sagrada Família como un esfuerzo colectivo de los catalanes o alguna mandanga sentimental parecida. Ahora podremos decir que tenemos el templo más alto (y más feo) de todo el planeta. Afortunadamente, y contra sus propias creencias, Gaudí no podrá verlo desde un cielo inexistente. Cuando miremos a Barcelona, en su modesta belleza, el invento resultará auténticamente expiatorio; nos recordará que, incluso en los lugares más beatos, todavía puede reinar una madriguera de fealdad.
