Rutas de borrachera

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12 de agosto de 2025 a las 10:14h

Los raquíticos noticiarios veraniegos de Barcelona acaban de informarnos que el Ayuntamiento ha vetado las rutas etílicas en toda la ciudad durante las veinticuatro horas del día. Hasta ahora, la mayoría de barceloneses (que vivimos desconectados y refractarios al mundo de los turistas) desconocíamos la existencia de estos tours que se basaban en itinerarios por bares de mala muerte ---sobre todo del Eixample y Ciutat Vella--- donde el reclamo turístico se centraba en visitar establecimientos que ofertaban chupitos de prive a bajo precio. También desconocíamos que el Ayuntamiento ya había prohibido esta práctica en dichos barrios entre las siete de la tarde y las siete de la mañana.

El decreto estará vigente durante los próximos cuatro años, con lo que los visitantes de nuestra ciudad tendrán que perpetrar idénticos recorridos sin la inestimable ayuda de los operarios turísticos. De borrachos, en definitiva, habrá igualmente; ahora, al menos, estarán menos teledirigidos. La noticia nos sorprende culturalmente, pues la mayoría de bebedores autóctonos ---o de antiguos mamadores, como es mi caso--- siempre hemos optado por tajarnos en nuestro bar ancestral de toda la vida. Este hábito de hacer un recorrido etílico, servidor lo guardaba para aquellos días gloriosos donde viajaba a Londres y ---huyendo la mayoría de itinerarios culturales--- me centraba en convocar vehículos de Uber para viajar compulsivamente entre Oriole, Artesian o Nightjar y gastarme una cantidad espantosa de pasta.

Lejos de emitir decretos municipales a discreción, quién sabe si sería mucho más útil recordar a nuestros visitantes que nosotros también tenemos formas muy civilizadas de acabar bailando sardanas en la calle Escudellers. A parte de fomentar la buena coctelería, que en Barcelona ya puede exhibir ejemplos del primer mundo, también podríamos subir el nivel de la apuesta y dignificar culturalmente la oferta etílica como uno de los pilares de nuestro propio bienestar. Por todo ello, no me extrañaría que los turoperadores y los propios establecimientos se mostraran indignados con la medida porque, si uno es capaz de publicitar rutas turísticas por restaurantes nauseabundos o museos del todo insufribles, el ámbito de las libertades individuales choca de frente con una medida algo paternalista.

Como decía antes, a ningún barcelonés de pro se le ocurriría pasar una tarde ejerciendo el arte del pub crawl entre una manada de zombis; pero si los visitantes de todo el planeta deciden perpetrar una horterada más en Barcelona, no veo que sea nada justo prohibírsela. Nuestro teniente de Economía y Turismo, Jordi Valls, ha declarado que la medida ha reducido significativamente las molestias de admirar grupos de borrachos haciendo una yincana por las calles, simplemente aduciendo que las multas a los locales se han disparado. El argumento es razonable pero, aunque desorientados, los grupos de mamadores aún campan libres por la ciudad.

Si yo fuera uno de los baristas desvelados que promovían este tipo de rutas etílicas (y añado que no hace falta ser muy inteligente para llegar a esta conclusión) seguiría la táctica de continuar ofreciendo este servicio mediante la práctica mafiosa del boca oreja de toda la vida. No quiero dar pistas a los malhechores ---insisto, eso ya se les habrá ocurrido nada más promulgarse la ley---, pero para escurrir el bulto bastará con cuatro llamadas a turoperadores, guías y etcétera para continuar con los idénticos recorridos pero sin hacer publicidad de los mismos. Esta ley seca podrá regalar calma a políticos y vecinos, pero dudo mucho que genere paz y descanso entre los convecinos. Puestos a garantizar esta noble intención, yo me habría centrado en hacer cumplir ordenanzas ya vigentes pero ignoradas, como la regulación de la cantidad de grupos turísticos, la obligación de los guías de microfonar sus explicaciones o aumentar la presencia de agentes cívicos en las calles.

Pero, aymé, vivimos siendo prisioneros de una política desgraciadamente romana, que vive de promulgar edictos y no de aplicarlos y, aún más, de vomitar decretos tan fáciles de surfear que quizás no sería necesario ni escribirlos. Si nuestros baristas más excelentes quieren alejarse de toda esta dialéctica delirante, quizás lo mejor que pueden hacer -para fomentar el buen gusto del mamar- sería exhibir un cartel pluriidioma en la puerta de su hogar, recordando a todo dios que “aquí somos gente decente y no servimos chupitos". 

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