“Creo que cada cosa que a uno le ocurre en la vida acaba teniendo una repercusión positiva. Acaba por desembocar en algo bueno”. Roger Bastida viene de cenar en un restaurante cerca –“comida china tradicional de diferentes regiones, que me encanta”– y ha parado por el Bar para atizarse un bloody mary, reminiscencia de unos estudios de coctelería que cursó, aunque nunca puso en práctica a nivel profesional. “Siempre hay alguna puerta o ventana que se abre”, prosigue, sonriendo bajo su bigote, mientras las notas de Harlem Congo, de la big band de Chick Webb, animan el cotarro.
Con su primera novela ocurrió algo así. “La empecé cuando estudiaba en la universidad y la fui escribiendo, poco a poco. Después de los estudios, empecé a trabajar como guía turístico en la Casa Lleó Morera del Passeig de Gràcia. Pero, justo entonces, cerró y así me quedé sin mi primer trabajo a tiempo completo. Fue un momento duro, pero mira, me dije, voy a aprovechar este impasse para acabar la novela, que, además, por alguna razón esotérica, yo ya tenía muy claro que se iba a acabar por publicar”.
Así vio la luz, en 2017, La mirada de la sargantana, una historia novelada de Ramon Casas y su musa, Júlia Peraire. Su primera aproximación crítica y literaria al entramado burgués de la Barcelona de principios del siglo pasado. El mundo literario que lo ha acompañado a lo largo de tres obras más. La última, Passeig de Gràcia, història d’una família (Comanegra), que acaba de publicar tras alzarse con el premio Santa Eulàlia que premia la mejor novela barcelonesa en catalán.
“Es, sin duda, mi libro más complejo y adulto”, explica, a propósito de un relato que hurga en las certezas y mentiras, en las tensiones y silencios, en las injusticias y desigualdades de una ciudad narrada a través de tres sagas familiares tan distintas como intrínsecamente barcelonesas: los nobles Castelljussà, los burgueses Massanas y los obreros Farrés. “Estoy disfrutando de la repercusión tan bonita que está teniendo la obra y no tengo prisa por ponerme con la siguiente. No siento la necesidad de estar produciendo novelas cada año”. Tampoco le iba a dar la vida, con el trabajo que tiene asesorando series y películas históricas. Serían demasiadas ventanas abiertas a la vez.
Vestir y amueblar adecuadamente la Historia
Cuando estudiaba Historia del Arte, Roger Bastida tuvo la suerte de conocer a Javier Artiñano, “fue el mayor diseñador de vestuario de cine, el que más Goyas atesoró. A mí, dentro del cine, lo que me interesa más es el vestuario y la dirección de arte, así que conocer a Javier y entrevistarlo para un trabajo de la universidad me abrió todo un mundo. Fue muy amable, un hombre muy culto, con el que mantuve contacto muchos años, hasta su muerte”, rememora quien ha acabado dedicándose profesionalmente a asesorar ficciones catódicas o cinematográficas como La templanza (Amazon), ENA, la Reina Victoria Eugenia (TVE) o Sira, secuela de El tiempo entre costuras, que se estrenará en breve en Atresplayer.Esta labor la simultanea con la de profesor en la madrileña AECAM y, por supuesto, con la escritura de novelas, “que, si bien siempre me imagino a nivel muy visual, tienen estructuras muy literarias, teniendo muy claro que hago narrativa, y no guiones”.
Así, además de los títulos mencionados, han surgido de esa mezcla entre una imaginación desbordante y un severo rigor histórico, La llarga revetlla, que habla de un grupo de amigos burgueses entre dos verbenas de San Juan, la de 1935 y la de 1936 –“los jóvenes de esa burguesía culta catalana que al final acabó ganando la guerra”– y Sota l’ombra de la washingtònia, “un juego de espejos entre dos generaciones burguesas, la de los años 20 que paga a los pistoleros y la de sus padres, última generación de Cuba”.
Una creatividad que el autor sabe que no va a ser eterna. “Cuando el pozo se seque y ya no tenga nada más que decir, dejaré de escribir”. Ahora se limita a disfrutar de su vida, “pese a que hay necesidades materiales que aún no están cubiertas”.
Reivindicación del área metropolitana
Actualmente ubicado en Madrid, el parroquiano puntualiza, antes de nada, que “de hecho, no soy de la misma Barcelona, sino de L’Hospitalet, una ciudad con carácter propio que los barceloneses deberían conocer más a fondo, y no tener tanto prejuicio con su área metropolitana”.La relación que mantiene con Barcelona, en todo caso, es de amor. Sobre todo, echa de menos las calles peatonales, “que aquí en Madrid no se estilan demasiado”, aunque reconoce que a ciertas horas y en según qué días de la semana, muchos barrios barceloneses no tienen vida, mientras que en Madrid las calles sí están más animadas. Algo, quizás, bastante más parecido a esas calles y plazas de L’Hospitalet, coloreadas a todas horas por sus bares abiertos, sus voces animadas y sus risas urbanas que hay que descubrir (o redescubrir).
– Puede que este Bar sea la excepción: si te quieres tomar otro cóctel, estás invitado.
Roger Bastida vuelve a sonreír debajo de su bigote. Suena Hot and anxious de la banda de Fletcher Henderson. El paisanaje se anima. El escritor acepta. “Quizás, por variar, me pediré algún otro cóctel clásico”, anuncia, ante todas las ventanas de esta noche que tiene abiertas ante sí.
