Quiero comerme tu playlist

L’equip de Casa Fiero i Maleducat són grans melòmans
L’equip de Casa Fiero i Maleducat són grans melòmans

En algunos restaurantes de Barcelona, la música no es fondo: es ingrediente. Y suena tan bien como sabe

27 de noviembre de 2025 a las 22:58h

Si la magdalena de Proust nos enseñó que un sabor puede abrir la puerta de la infancia, la música nos recuerda que el oído también sabe regresar. Y, sin embargo, en muchos restaurantes, la banda sonora apenas susurra: una lista genérica, sin alma, que no dice ni acompaña. Pero hay lugares que han entendido algo esencial. Lugares donde los acordes se usan como ingredientes, donde la música no decora: narra. Construye atmósferas, despierta memorias, hilvana relatos. Relatos que, casi siempre, nos llevan de vuelta al pasado.

Ignasi García, de Maleducat y Casa Fiero, lo resume con una imagen clara: “La música es una forma de volver a la espontaneidad de la infancia”. En sus restaurantes suenan sin complejos Te quiero comer la boca de La Mosca, Gettin' Jiggy With It de Will Smith o Oiga, mire, vea de Guayacán Orquesta, además de Oques Grasses, The Gardener o Martinho da Vila. Una mezcla que no busca complacer, sino relajar los códigos, romper jerarquías, bajar el volumen del mundo de fuera. Además, desde Maleducat lanzan cada mes un boletín con playlists que funcionan como recuerdo y como regalo: listas para llevarse algo del local, no en las manos, sino en los oídos.

En el otro extremo de la ciudad, Señora Dolores ofrece una de las selecciones más personales de Barcelona. Su creador, el chef y melómano Mathieu Pérez, salta de Cartola a Ennio Morricone o J-Live con una naturalidad que no necesita explicación. “La música es muy importante en este oficio; sin ella no podría pasar tantas horas cocinando”, confiesa, mientras sirve vinos naturales de culto y una lasaña frita que quita el hipo. Su conexión entre cocina y sonido es tan literal como visceral: durante un tiempo, cocinaba y pinchaba al mismo tiempo.  “Hacía de DJ Four Crepes —en referencia a Four Tet—. Tenía vinilos y dos máquinas de crepes, y pinchaba mientras cocinaba.” 

Omar Malpartida, del Maymanta, apuesta por estilos musicales diferentes según el momento del día.

También Omar Malpartida, chef de Maymanta en el Grand Hyatt Barcelona, cocina con ritmo. En su universo, la música no es fondo: es atmósfera y parte del viaje. Según el momento o el evento, suenan playlists distintas: en Verbena, su experiencia criolla, mandan la salsa y el merengue; en Pachamama, su tardeo con alma ibicenca, se mezclan house y afrohouse. Todo sucede en un mismo lugar, sin necesidad de moverse, “como si cada espacio fuera una transición natural entre copa, cena y baile”, explica. Y mientras lo cuenta, anticipa lo que viene: pronto abrirá un nuevo restaurante, donde las brasas peruanas y la música volverán a marcar el compás.

El recién inaugurado Salsa Street Food también lo tiene claro. Se trata de un mexicano con alma de listening bar, un concepto que empieza a ganar terreno en Barcelona, con locales como Jaç Hi-Fi Bar, que también lo abanderan. En Salsa, la música cambia según el momento del día: por la mañana, atmósferas suaves —Mood de Mild Orange—; por la tarde, la energía sube —Take It Off My Hands de Tample—; y a partir de las 23 h, house y disco —Blackoak de Maribou State—. “La música es una extensión de la marca y de la atmósfera que queremos transmitir”, explica Jander Ferrer, copropietario. Y tiene razón: la música también cocina.

Y si hablamos de precisión, El Pompa se lleva la palma. Aquí el sonido se cuida con mimo quirúrgico gracias a un sistema Triple Onda —un equipo de alta fidelidad que convierte cada nota en una caricia auditiva—. Puedes pasar de Losing My Edge, de LCD Soundsystem, al violín de Stéphane Grappelli, o encontrar en las estanterías joyas como All My Friends en vinilo o clásicos de Los Panchos. Todo convive. Todo suena. Nada es casual.

Maymanta traslada a Perú a través del gusto y el oído.

Porque la música, igual que los ingredientes, también tiene terroir. Y hay restaurantes que no la entienden como simple fondo decorativo, sino como lo que realmente es: una forma de contar quiénes son. 

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