Resulta natural que uno de los nuevos héroes de esta nuestra Barcelona sin referentes ni estrellas sea el escenógrafo (y montador de saraos a gran escala) Marc Salicrú, un capgròs de nacimiento al que mis conciudadanos han adoptado con avidez tras el repaso que Teatres de Campanya infundió en el Arc de Triomf. Si no sabéis de qué va la cosa, leed el éxtasis de los cronistas teatrales y de las periodistas de apariencia cultureta sobre este acontecimiento ya mitológico que, como tal, tiene sus respectivos highlights para ser narrados entre birras; la ocupación dulcemente forzosa de un espacio urbano por la ciudadanía (representada en el gremio de los técnicos y de los pseudo-barrenderos; aquello que en tiempos heteropatriarcales llamábamos xispes, manitas, o directamente pringados), la aparición estelar de Miqui Puig en ambulancia, y los aullidos caninos de nuestra poetisa Núria Martínez-Vernis, al cel es mantingui.
Es normal, insisto, que una estampida dramatúrgica de tales dimensiones (bien coordinada por el jovencísimo Salicrú, que no esconde su condición de demiurgo con micrófono apinganillado) sea, por ahora, la apuesta más celebrada del nuevo Grec de Leticia Martín. En el marco de una ciudad irresponsablemente vendida al turismo, donde los cuarentones todavía comparten habitación con sus colegas de insti porque no pueden sufragarse parada y fonda, y donde la pax autonómica del PSC se metaforiza en delirios como la Copa del América (¡un espectáculo deportivo que la gente no puede ver, porque no es visible!), el público necesitase como aire puro ver a estas Brigades de Confusió Popular. El tema no era admirar a todo aquel Cafarnaúm de bandas musicales, gegants, nubes de plástico voladoras, y pirotecnia ---de todo esto, ya tenemos en La Mercè--- sino sentir que la gestión del caos, en aquel instante, estaba en nuestra manos.
La primera lectura de este maravilloso espectáculo es la explosión delicadamente indignada de una ciudadanía que necesita abandonar la adicción a recluirse mirando el móvil desde el sofá para volver a ocupar las aceras de la ciudad (“els carrers serán sempre nostres”, decían los ingenuos procesistas); unos barceloneses indígenas que están hasta los cojones que el guirismo y los expats (asesinos de mercerías, de hornos ancestrales y de todo aquello que los cursis llaman “comercios emblemáticos”) les encarezcan el barrio hasta alienarles; gente, en resumen, que necesita expulsar a los intrusos de su ciudad sin parecer militantes xenófobos de Aliança Catalana. Así se explica la celebradísima aparición, justo al final del jolgorio, de una enorme sábana blanca desplegada en la cima del Arc de Triomf donde se leía “Adéu”, contrastando con aquel gran “HOLA!” que los hijos del olimpismo tenemos incrustado en la memoria.
Tiene su coña, porque la mayoría de mis colegas teatreros han recalcado ---adecuadamente--- que Salicrú es notorio deudor de la estética furera y de creadores ---aparentemente--- pervertidores del orden como el añoradísimo Carles Santos. Pero éste es el punto en el que siempre aparece un pedantísimo crítico hegeliano (en este caso, servidor de ustedes), para recordar cómo, precisamente en el marco del olimpismo, Pasqual Maragall y compañía hicieron uso de esta estética teatral-sonora para incorporarla al marco mental de prosperidad autonómica de Barcelona. 92. Algunos éramos todavía muy retoños, pero quién puede olvidar al genio de Vinaròs dirigiendo aquella cobla ataviada con barretina y chaquetas de guepardo en el Lluís Companys; también como la Fura dels Baus fue la encargada de explicar el Mediterráneo al mundo, con mucha juerga pero siempre bajo la mirada noucentista del maragallismo cultural.
No hay mejor noticia para el poder que la ciudadanía se contente con esta posesión momentánea del caos tolerada por el sistema (“movida promovida por el Ayuntamiento”, cantaban The Refrescos en la mítica Aquí no hay playa). Pero hay que advertir que el control político de la disidencia termina a menudo en esterilidad, como certifica el hecho de que este bullicio de los Teatres de Campanya fuera especialmente celebrada por los jóvenes de la Corpo y de otros animales que alimentan el sistema a base de una dócil oposición. De todo esto no tiene ninguna culpa Salicrú, sólo faltaría, que ya tiene trabajo suficiente con ejercer de director de orquesta de toda esta bullanga que acepta dócilmente sacudirnos una horita la conciencia y también acabar en una foto más del Instagram de todo buen progre barcelonés. El teatrero merece esta gloria momentánea y hay que augurarle jugosos encargos en un futuro... institucional.
Dicen que el espectáculo se hará de nuevo en Tàrrega; será interesante ver su recepción, allí en la calurosa capital del Urgell, un lugar donde no hay gentrificación, turismo ni otros problemas de la urbanidad, simplemente porque allí casi nadie nunca quiere poner un solo pie.