En la sala de exposiciones de La Pedrera, las paredes ondulantes y las columnas irregulares de Gaudí acogen hasta finales de junio la exposición “Els Nabís: de Bonnard a Vuillard”, que presenta por primera vez en Barcelona una muestra dedicada exclusivamente a este grupo de artistas que, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, contribuyeron decisivamente a abrir el camino hacia las vanguardias. “Nabí” procede del hebreo “neviim” y significa “profeta”, y eso es exactamente lo que querían ser los integrantes de este grupo: artistas capaces de anunciar una nueva manera de mirar el mundo y, sobre todo, de concebir la pintura, que ya no nos habla solo de impresionismo sino también de simbolismo y de un primer expresionismo.
La historia comienza en París, hacia 1888, alrededor de la figura de Paul Sérusier y de un grupo de estudiantes de la Académie Julian que querían liberarse de las convenciones académicas. Entre ellos había nombres que acabarían siendo fundamentales para el arte europeo, como Pierre Bonnard, Édouard Vuillard o Maurice Denis. Con el tiempo se sumarían otras figuras como Félix Vallotton o Aristide Maillol, configurando un círculo heterogéneo pero unido por una misma ambición: reinventar la pintura. Justamente de manera simultánea al momento en que los modernistas reinventaban la arquitectura, especialmente en Barcelona, en París la audacia y el espíritu pionero eran eminentemente pictóricos.
La exposición no gustará a los fanáticos del “sentido de la realidad”: la revolución que este grupo planteaba no consistía tanto en representar la realidad como en crearla. En hacer una nueva, que superara la realidad original. En realidad se trataba de repensar qué era realmente un cuadro: como recuerda un texto final en la pared, Maurice Denis lo formuló con una frase famosa: “antes de ser un caballo o una figura humana, un cuadro es una superficie plana recubierta de colores dispuestos en un orden determinado”. Esta idea es la base sobre la que el mundo de la pintura comenzó a darse la vuelta, por primera vez en muchos siglos: la realidad ya no era monolítica, ni rígida, ni siquiera necesariamente realista. Y la pintura dejaba de ser solo una ventana al mundo para convertirse en un lenguaje autónomo hecho de formas, ritmos y colores.
La exposición de La Pedrera propone un recorrido por toda esta transformación, con la ambientación necesaria: carteles de anuncios de champán o de programas de teatro, las nuevas avenidas de la Ciudad de la Luz, los carruajes, los tranvías, los ómnibus, los conciertos… A través de esta selecta sucesión de obras el visitante descubre cómo los nabís abandonaron progresivamente el naturalismo impresionista para avanzar hacia una pintura más simbólica, decorativa y subjetiva.
Yo destacaría las bailarinas de Pierre Bonnard, un cuadro pequeño que casi pasa desapercibido, pero que parece resumir por sí solo toda una revolución estilística: movimiento, alma, huella vital en cada trazo. Y si en las telas de Bonnard la luz parece disolverse en una paleta vibrante e íntima, en las escenas domésticas de Vuillard los interiores son espacios densos de texturas, donde los personajes casi se confunden con los estampados. Este interés por la vida cotidiana —las habitaciones, los jardines, los momentos aparentemente insignificantes— revela una de las grandes intuiciones del grupo: el arte puede habitar la cotidianeidad.
Me quedo también con el dibujo del payaso de espaldas ante la plaza del circo, de Henri-Gabriel Ibels (“Au Cirque”), con un tratamiento del espacio y del relato casi cinematográfico. O con las hadas, brujas y bosques de la sección dedicada al esoterismo (Denis, Ranson), con su tendencia a la clásica composición de mujer desnuda con gato. Y, por supuesto, con los retratos de Aristide Maillol: mujeres serias, de rostro estudiado y gesto solemne, pero también su pequeña escultura de la lavandera de bronce inclinada sobre el río y, sobre todo, su espectacular “Méditerranée”, al final de la exposición, seguramente la joya de la corona: “mi intención —dice Maillol— era crear una figura joven, pura, luminosa y noble. ¿Acaso el espíritu mediterráneo no es eso?”. Eso es, y eso es este fantástico desnudo esculpido en 1905.
Los nabís, de hecho, además de pintar cuadros, querían “restablecer la unidad de las artes”. Por eso muchos de ellos trabajaron también en el diseño de tapices, vidrieras, biombos, carteles o papeles pintados, buscando integrar el arte en el espacio doméstico y en la vida moderna. Esta idea de arte total encuentra un escenario especialmente sugerente en La Pedrera, donde la arquitectura modernista ya disuelve la frontera entre estructura y ornamento.
La muestra, organizada con el apoyo del Musée d’Orsay, merece muchísimo la pena: permite redescubrir un momento de transición crucial entre el impresionismo (casi ya agotado) y las vanguardias que todavía no han estallado, todo ello bajo la sombra profética de Gauguin. En ese intersticio histórico, los nabís actuaron como un auténtico puente. Sin su exploración del color, del símbolo y de la dimensión decorativa, sería difícil entender los caminos que después seguirían artistas como Matisse o los fauvistas. Por eso, si los nabís se proclamaban profetas del futuro, sus pinturas no pueden sino hablarnos de las revelaciones del presente.
