“Entramos al Monumental a hacer el vermut y comer pulpitos. Ahí encontró a Cintet, y Cintet, que tenía los ojos muy grandes, como de vaca, y la boca un poco torcida, dijo que había un piso en la calle de Montseny, bastante bien de precio, pero destartalado, porque el dueño no quería quebraderos de cabeza y la restauración tendría que ir por anticipado de quienes lo alquilaran. El piso estaba debajo de la azotea. Nos gustó mucho, y más aún cuando Cintet nos dijo que la azotea sería toda nuestra. La azotea sería nuestra porque los vecinos de los bajos tenían salida y los del primer piso, por una escalera larga y colgante, iban a un jardín pequeño que tenía gallinero y lavadero. Quimet se entusiasmó y dijo a Cintet que no lo tenía que dejar escapar de ninguna de las maneras y Cintet dijo que el día siguiente iría con Mateu y que fuéramos nosotros. Todos juntos.”
La plaza del Diamante, Mercè Rodoreda (1962)
Natàlia y Quimet acaban instalándose en el piso de la calle Montseny. Casualmente —o no— es la misma calle en la que la Mercè Rodoreda se quedó varias veces en casa de su hijo, Jordi Gurguí, pocos años de publicar La plaza del Diamante. La finca en la que estuvo instalada de forma intermitente la escritora cuando volvía a Barcelona mientras residía en Ginebra sigue de pie. En la puerta, paro un chico que entra: puede ser alguien de en la ciudad, o un expat, pero sorprendentemente es de la misma familia que levantó la finca y que sigue residiendo en sus pisos, los Roig. Me invita a subir, y busca l'àvia en el segundo piso; de ahí, con ella, volvemos a bajar al primero: primero pica a un sobrino, después, a la otra; buscan a Astrid, dicen que ella lo puede explicar todo; pero no está. Al salir por el portal, entra otra chica, también de la familia: “¿Quieres ver la azotea?”. Una celosía que lo rodea parcialmente evoca sensaciones de asfixia que atraparon a la Colometa y, en ocasiones, a su autora.Todos ellos habitan en una finca que encargó Sever Roig en 1923. Ahora sí, lo explica Astrid. Ella vivió de pequeña en el mismo piso donde estuvo Rodoreda —la Rodo, para ella—, sin saberlo hasta que fue mayor. Astrid, filóloga, no pudo resistirse y puso en marcha una investigación que la llevó hasta la nuera de la escritora, Margarida Puig, y hasta las cartas que conserva el archivo Mercè Rodoreda. Todo la lleva a pensar que aquel piso de la calle Montseny de la Colometa se inspira en parte en el de su familia: “La escalera de pinyonet, la tribuna, el suelo… son elementos comunes”, explica sentada en la tribuna que se asoma a la calle Montseny, en el piso contiguo a aquel que su familia tuvo alquilado a los Puig. Ahora vive su hermano, con un cartel en la puerta y polvo blanco por la rendija: está de reformas.