Cristina Iglesias es una de las creadoras más relevantes (y cotizadas) de la escena contemporánea peninsular. Estos meses llena los espacios de La Pedrera con estructuras que parecen haber estado siempre allí, como si hubieran crecido lentamente entre las piedras onduladas, las grietas de las paredes, la solemnidad de las columnas y del aire. Sus materiales, de una textura que oscila entre lo mineral y lo orgánico, invitan a mirar y a tocar, pero sobre todo a atravesar. Passatges no es una exposición para contemplar, sino para recorrer o habitar: una experiencia que se despliega cuando el cuerpo se mueve, cuando el espectador se deja llevar por la intuición y se convierte en parte de la obra.
“Mi trabajo parte de una exploración de la relación entre espacio, materialidad y percepción”, escribe Iglesias en el catálogo. Esta declaración, aparentemente teórica, se convierte en una promesa tangible cuando uno se adentra en sus numerosos laberintos: las formas se cierran y se abren, la luz cae como una respiración sobre el metal, el agua murmura dentro de las cavidades subterráneas. Sus esculturas (pabellones, celosías, muros atravesados de textos) no solo delimitan un lugar, sino que lo generan. Redefinen la frontera entre lo interior y lo exterior, entre lo natural y lo artificial, y convierten el aire en una pregunta viva.
Passatges propone un recorrido que dialoga descaradamente con la arquitectura de Gaudí, hasta el punto de casi cuestionarla. Sus materiales son más oscuros, más húmedos, más geológicos; su hierro es menos decorativo y más tectónico. Si Gaudí buscaba el milagro orgánico de la naturaleza, Iglesias explora su memoria: el recuerdo de lo que se ha erosionado, de lo que permanece bajo tierra. Sus obras evocan el agua subterránea, la rugosidad del paisaje, la materia que guarda historias invisibles.
Una de las piezas centrales, Bosque interior (2025), transforma la planta noble en un espacio casi ritual. Columnas de piedra maciza se disponen como troncos ancestrales, y entre ellas la sombra se convierte en materia. A la vista, parece un templo antiguo; al tacto, una ruina que late. “Es la experiencia de cada persona, con todo lo que percibe y lo que proyecta, la que activa la obra”, dice Iglesias. Y es cierto: el visitante, al caminar, completa el sentido de la obra y convierte el vacío en presencia. El cronista se ha perdido una vez, y ha chocado con un callejón sin salida, dos. No vengan a ver cuadros estáticos: vengan dispuestos a que todo se mueva a su alrededor.
A la entrada, otra instalación (una estructura negra y porosa, casi una jaula o un santuario) fragmenta la luz y densifica el silencio. “La escultura puede transformar un lugar y ofrecer nuevas formas de interacción y reflexión para quien lo transita”, afirma la artista, y esta frase resuena mientras la gente se detiene sin saber si está dentro o fuera, espectadora o protagonista.
La exposición culmina en el patio, donde una escultura octogonal de piedra negra (casi kubrickiana) contiene un centro de agua verde y ondulante. Es como si la Pedrera hubiera abierto su corazón y de él brotara un pozo de energía subterránea. Esta obra resume todo el universo de Iglesias: el agua como memoria, la piedra como palabra, la materia como lenguaje. En ella, el tiempo parece retroceder. Todo se vuelve primigenio y, al mismo tiempo, extrañamente futurista.
Finalmente, además de las piezas físicas, se proyecta un audiovisual que documenta el proceso creativo de la artista (desde el estudio hasta el montaje final) y permite adentrarse en su manera de mirar el mundo. Iglesias habla con una calma nórdica, fría y tierna a la vez, de paciente magma subterráneo.
Quizá este sea el mérito de Passatges: cuando sales y vuelves a mirar La Pedrera, no puedes evitar pensar que bajo la superficie de todo (de un muro, de un cuerpo, de una ciudad) hay siempre una nueva capa esperando ser atravesada.
