LA PUNYALADA

Okupar el espacio público

Turistes i locals davant de la Casa Batlló
Turistes i locals davant de la Casa Batlló

Barcelona es una ciudad en la que cada día es más difícil ejercer el arte del paseo

12 de septiembre de 2025 a las 23:21h

Si éste vuestro escritor de la Punyalada se presentara a alcalde de Barcelona, ​​algo que afortunadamente (para los conciudadanos, aclaro) nunca pasará, lo haría con un ambiciosísimo programa electoral que podría resumirse en una sola propuesta; conseguir que los barceloneses puedan pasear por la calle en paz. Parece poco, pero la idea implicaría una revolución urbanística a la altura del Pla Cerdà.

Fijaros por ejemplo en el caso de Portal de l’Àngel; si uno tiene la pretensión de caminar a través de esta curiosa avenida barcelonesa hasta el Carrer de Cucurulla ---ya sea para cascarse una divina horchata en Can Planelles Donat o, simplemente, para sentarse en la Font de Santa Anna--- comprobará como, en poco menos de un kilómetro de ruta hipotéticamente pacífica, el viandante colisiona con un número incontable y pesadísimo de obstáculos que le castran su derecho inalienable a embobarse. 

Estoy seguro de que mis fieles lectores podrían completar esta lista de plastas que han nacido con el pérfido objetivo de matarnos el paseo, ya sea aquellos niños y ninis que rellenan encuestas absurdas (y que te intentan placar en la calle, maltratándote el alma a base de diminutivos; “¿Tendrías un segundito?”, “¡Sólo será un minutito de nada!”), pasando también por los habituales y nefastos músicos callejeros a los que uno pagaría varios sacos de billetes para que dejaran de bramar con tanta impunidad, y acabando con los activistas de causas imposibles ---como la paz en Palestina o la preservación de las focas en la Antártida--- que deciden ensuciar la vía pública con sus espantosas performances. Desde hace un lustro, a este zoo del esperpento se le han sumado unos pérfidos grupitos de jóvenes que un día maldito tuvieron la idea de torturarnos la vista con sus nauseabundas coreografías de street dance

Si el sufriente y calmado barcelonés continúa la ruta mencionada con la intención de llegar a la Plaça del Pi, comprobará cómo ---en el epicentro de este bello lugar--- hay un grupo de acróbatas esculturales haciendo el cafre con la teórica intención de entretener a la gente que intenta pimplarse un rato en locales tan simpáticos como el Bar del Pi, donde todavía encontramos algunos indígenas recalcitrantes que se resisten a abandonar su barrio.

Que un grupo de argentinos gritones quieran ejercitar su musculatura dando saltitos entra a formar parte de los delirios que implica la libertad de expresión; pero nuestro Ayuntamiento debería entender que este ejercicio choca con la prerrogativa del derecho-a-pasear-tranquilos que tenemos los ciudadanos de Barcelona. Si uno quiere organizar bailes escolares o ensayar la triple voltereta que lo haga, faltaría más, pero que tenga la bondad de pirar se de la vía pública, que en teoría es de todos los ciudadanos.

La crisis reputacional (ecs) de nuestra ciudad no sólo se expresa en términos de falta de vivienda o de precariedad social; también es un asunto relativo al buen gusto. Si, como dice el tópico, somos una ciudad europea, no tendría que ser necesario citar a Baudelaire o Robert Walser para recordar que el primero de nuestros mandamientos cívicos debería consistir en permitir que todo el mundo pueda andar en paz por la vía pública.

Okupar el espacio público debería empezar a ser visto como un crimen contra la humanidad
Una ciudad en la que no se puede pasear tranquilamente es una ciudad que no producirá ni una sola idea de mínima importancia. Un barrio donde no sea posible perderse sin acabar estresado debido a un eslalon imposible entre monstruos de la antiestética no es un lugar donde valga la pena vivir. Todo esto, aunque no lo parezca, es mucho más importante que el precio del bacalao o las inversiones en Inteligencia Artificial. Okupar el espacio público, en definitiva, debería empezar a ser visto como un crimen contra la humanidad.

Queridos ciudadanos, sé que no estoy solo al escribir tal misión. Podéis estar tranquilos, que esto no es un escrito de precampaña electoral. Pero si alguien quiere utilizarlo para iniciar un movimiento cívico ---o incluso político--- seré capaz de romper mi absentismo (circunstancial) para volver a participar en la fiesta de la democracia. No podrán con nosotros, los paseantes

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