Odiseo y la machosfera

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15 de agosto de 2026 a las 05:30h

Sí, éste es otro puto artículo sobre la Odisea del señor Nolan... y entiendo perfectamente que el fiel lector de nuestra Punyalada pase de largo. Dicho esto, y por deformación profesional, uno de los primeros rasgos que me sorprendió de esta maravillosa película fue como la acumulación de ruido —especialmente, en las escenas anteriores al naufragio del protagonista— forma parte esencial de su concepción narrativa. Porque esta saturación de griterío y de impotencia, urdida en clústeres tan atronadores que llevarían a cualquiera a la saturación mental, explica muy bien el hecho de que el amigo Nolan se haya aproximado a la narrativa homérica, básicamente, para vengarse de que la providencia no le permitiera dirigir filmes como First Blood (sí, el primer Rambo). Debido a tal obsesión con la psicología guerrera, el genio londinense ha transformado a Odiseo en un veterano de batalla con un estrés postraumático de caballo obsesionado con volver a casa; y no sólo para recuperar su trono, sino porque, mientras ejercita la memoria, ha recordado el pequeño detalle de que una manada de peludos quieren follarse a su querida esposa. 
 
Nuestro mundo, y también la tribu, se encuentra rebosante de mestretites (no sabía que, entre nosotros, contábamos con tantos expertos en literatura homérica) y de moralistas (de eso sí que tenía conocimiento, porque encuentro clérigos de la ética en cada rincón) y la mayoría de estas dos especies, que pueden convivir en una sola persona, han despacho esta bellísima Odisea aduciendo la casi nula presencia de las divinidades en la trama y el hecho de que la mayoría de hembras desempeñen un papel puramente testimonial. Según esta gente tan afectada, que suele analizar las obras de arte apelando a la estadística, la peli en cuestión sólo podría leerse como el enésimo intento de la machosfera (a saber, el chiringuito de los hombres para contrarrestar el auge feminista) de devolver el cine a las historias de héroes musculados y testosterónicos. En el caso presente, uno podría pensar que Nolan despacha a la fogosa Calipso como la simple querida de un triángulo amoroso (en efecto, así es como Charlize Theron se nos muestra cuando él se las pira de sus playas) y a Penélope como el receptáculo pasivo del tozudo albedrío del señoro.
 
Pero como siempre ocurre, bajo la enmienda de los perepunyetes se esconde justamente la gracia del tema. En efecto, este Odiseo tiene una relación problemática con los dioses (en sus brevísimos diálogos con la misteriosa Atena-Zendaya, el guerrero la acusa frontalmente de hablar con un lenguaje incomprensible), pero dicho obstáculo de comunicación y de empatía radica en el desengaño de Troya, tras el cual nuestro héroe descubre que la inaudita crueldad humana —la base arquitectónica del caballo, y por tanto del ingenio de los guerreros— ha roto el pacto ficcional entre unos hombres que se creían moldeables y unas divinidades de apariencia perfecta. Esta Odisea va precisamente del descubrimiento de un nuevo mundo en el que no es que los dioses falten, sino que básicamente sobran, no sólo porque los hombres les han descubierto las carencias, sino sobre todo porque ya no les necesitan como motor de fuerza. Entiendo que, en una época de pesadísimas filosofías colectivas, a mucha gente se le haga extraña la historia de un matrimonio que, lisa y llanamente, resisten en tanto que individuos.

La Odissea de Nolan. © Melinda Sue Gordon / Universal Pictures 

En este sentido, a mí me ha placido especialmente que el estimable Nolan nos haya transformado al primer héroe de la narrativa mundial en una especie de Batman torturado de la vida el cual, una vez hecha la tarea que cimenta el deber moral de Occidente, llegue a la conclusión de que lo mejor es hacer mutis del hogar y exiliarse de un mundo que ya no vive sediento de profetas (algo que, por cierto, no ha caído en nada a los machosferistas cinéfilos). Esto de transformar el trauma en acción puede parecer una aproximación psicoanalista y algo de estar por casa al mito aunque, por otra parte, sea una de las especialidades de los yanquis en el arte del cine. Pero a mí me resulta enternecedor ver cómo los machos aceptan la única tara que los lleva realizar aventuras de provecho, por risibles que parezcan. Al fin y al cabo, queridas, ya nos habéis matado a nuestro James Bond, habéis convertido a Don Draper en un presidiario al que torturarán por los siglos de los siglos (véase el final de la última temporada de Fargo), y ahora también queríais convertir a Odiseo en un títere de las diosas. Dejad que, al menos, nos quedamos con los tarados...
 
PS1.— Aparte de todo esto, debe entenderse que el señor Nolan sabía que las películas cerebrales sobre el tema en cuestión (como la famosísima La mirada de Ulises de Angelopoulos, que me he vuelto a zampar para recordar lo puto coñazo que era) ya estaban hechas, y que lo que se le pedía —y por “se le” entiendo la gente que ha pagado los sacos de millones de pepinos que vale el invento— es una historia de aventuras lo suficientemente atractiva como para que la peña se gaste ocho o diez euritos, disponga sus posaderas en el cine, y se las pire de la sala con la moral algo más subida, independientemente de su género, sexo, o trifásico. El cineasta lo ha conseguido, y también ha logrado el reto de hacer que tres horitas de tabarra heroica pasen volando, lo que tiene mucho mérito. 
 
PS2.— A su vez, ha sido muy gracioso ver cómo —en este tipo de situaciones— hay gente que enmienda una película porque no es lo suficientemente fiel (en teoría) al libro del que se inspira... cuando se puede ver clarísimamente que no han leído ni un versículo del mismo. Todo esto que me has regalado, Christopher. A mí, ya los editores de W. W. Norton & Company, que aún estarán cascándose litros de champán en sus headquarters de la Quinta Avenida. Quién les hubiera dicho que Homero podría generar tanta pasta…

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