Cortinas plateadas, blanquecinas y rojas que hacen llover, nevar o sangrar. En la retina nos quedará eso, en el oído la tendencia consonántica del checo y una música breve, concisa, sin tiempo para florituras, y en el cerebro una historia que enfrenta el instinto natural, peligroso y a la vez inocente, con la siempre culpable maldad humana. La historia, la fábula, la novela en forma de cómic (de periódico local de Brno) en el que se basa el libreto de la ópera no termina bien. De acuerdo. Pero si la obra habla de la caducidad humana y de la fuerza inagotable de la naturaleza, a veces la sociedad (reunida en el Liceu en una encomiable representatividad) se parece más a un fenómeno natural que a una convención humana. Del mismo modo que El cant dels ocells, interpretado antes de la obra para transmitir un mensaje de paz, se asemeja más a una música de la naturaleza que a un ideal humano aparentemente imposible.
Muchos políticos, el lunes. Excepto la sonora ausencia del presidente Illa y del alcalde Collboni, compensada por la presencia de la segunda autoridad del país, el MHP Josep Rull. Pero también había muchos empresarios y muchos artistas y creadores, en una fotografía de vitalidad social que daba esperanza e invitaba a sonreír a pesar de la lluvia general (no meteorológica, pero sí atmosférica).
Lluvia, nieve, sangre, cortinas. Bosque. A Janácek le encantaban los animales, y escuchaba sus sonidos, aunque en este caso las caracterizaciones de los protagonistas principales eran austeras y de ropa de calle (en contraste con las de los polluelos, exagerados y casi monadepascuenses). La voz del barítono Peter Mattei brilla en la oscuridad del alma del guardabosques, y la zorra, Elena Tsallagova, quedaba algo eclipsada por la fuerte personalidad del zorro de quien se enamora (Paula Murrihy). Mientras tanto, los telones plateados se alzan y descienden en diversas capas y dirías que lo que hacen es llover, pero quizás solo hacen de bosque onírico (y bello, todo hay que decirlo), mientras los personajes aparecen y desaparecen constantemente de debajo de la tierra. En este bosque ha quedado desterrado el verde. Diríase que el amarillo intenso de los polluelos intenta dar algo de alegría a los ojos, pero la intención escenográfica es austera y elegante. Oscura y brillante a la vez. Un juego de reflejos.
A pesar de todo, todavía es en los animales donde descansa algo de color y en los humanos donde desaparece: nosotros somos las sombras torturadas, malvadas, grises. Los animales se comen entre ellos, sí, pero son dignos de atención y se conforman con ser criaturas. Y los pájaros pían, y entre piadas se entienden, o se enfadan, pero la ópera se aferra mucho más a ellos que a los humanos, los verdaderamente previsibles de la historia. Tan previsibles como el juego de pies en cópula que en un momento dado aparece tras la cortina, en un toque humorístico a mi parecer innecesario y grosero (no por ofensivo, sino por infantil). La música de Janácek tiene algunos pasajes indisimulablemente románticos, tiernos, humanos, por mucho que en general la pieza se vista de años veinte y de impresionismo abstracto.
Como decía, en la alfombra roja de la entrada (¡por fin una entrada amplia y libre de obras!), en los pasillos y en el salón de los espejos, estaba Barcelona. El pulso de la sociedad barcelonesa más inquieta o bien más influyente. He de decir que esta vez el reencuentro sonaba a resistencia, a paradójico brote verde, a aquella parte de la sociedad cultural, política, empresarial que se resiste a diluirse en un lacónico canto del cisne. Como si nos encontráramos ante un “Va, pensiero” esperanzador (y post-octubrista), todas las presencias conferían un calor especial. Nadie parece controlar nada, el ambiente politicosocial causaba más bien tristeza o preocupación en algunas conversaciones, pero eran las propias presencias las que transmitían confianza. Estamos, inevitablemente, como una suerte o como una condena, como una zorra que transmite su espíritu de abuelos a hijos y de hijos a nietos. El guardabosques mata a la zorra, pero su espíritu rebrota siempre. Solo hay que buscar entre las cortinas.
