El mundo se acaba en la Loop Fair

Obra de Anna Moreno, dentro de Rondalla 99
Obra de Anna Moreno, dentro de Rondalla 99

24 de noviembre de 2025 a las 15:48h

El Almanac es un hotel de lujo templado, patrón de negocios y congresos, recepción de reflejos oscuros, paredes de estilo persiana vertical y suelo de paso cebra uniforme. No parece, ni de lejos, un hotel destinado a acoger una exposición de arte que ocupa hasta tres plantas de sus habitaciones y que ya hace más de seis ediciones que alberga la feria Loop. Como ya se sabe, el festival durará hasta el día 22, pero la feria, ubicada en el hotel, ha durado solo tres días y es una auténtica joya en medio de la exigua y a veces repetitiva oferta de arte contemporáneo en Barcelona. Bajo la dirección artística de Filipa Ramos, la edición de este año se reparte entre Fair, Festival y Symposium, y su hilo conductor son los Espejismos, proponiendo concretamente una reflexión sobre el cine de artistas contemporáneos.

La feria en sí es un pasillo interminable de impactos: durante el recorrido de tres plantas enteras asistimos a un laboratorio de la inquietud global, verdaderas cámaras de urgencia poética, una especie de okupación artística en espacios normalmente reservados para gente de negocios o parejas furtivas. Ahora las puertas no cierran ninguna intimidad, sino que permanecen abiertas a mundos distintos como si fueran otras dimensiones en un larguísimo cuento de hadas. Todos esos mundos artísticos vibran con un mismo diagnóstico: algo, en el planeta y en la propia sociedad, se está rompiendo.

Cuesta mucho resumir toda la oferta que se expone entre camas bien hechas, mobiliario efímero y copas de cava aún por llenar: en la habitación 304, la obra de Anna Moreno, Rondalla 99 (galería House of Chappaz), narra un delta del Ebro donde el cambio climático retrata una pérdida que ya ha empezado: belleza que no consuela, memoria que se resquebraja. Fuera, el pasillo está lleno del murmullo del goteo de visitantes que intenta hablar en voz baja, y apetece colgar un “Do not disturb” inencontrable. Más allá, Zhang Xu Zhan (Project Fulfill Art Space) filma unas termitas gigantes ávidas de cables porque se ha acabado la madera de los bosques. De nuevo aquí la naturaleza, antes infinita, ahora tambalea.

Todo en la LOOP vibra con esta sensación de alerta transversal; no hay ninguna galería que no exhiba, de una u otra manera, un mundo que tiembla como una hoja
La temperatura política sube de habitación en habitación. En Rebels, la pieza de Gabriela Golder (Galería Rolf Art), los trabajadores expulsados de una fábrica recrean la litografía La Internacional de 1935, con un hiperrealismo irreal de movimiento fluido y actualizado, presente, en alta definición. En la misma línea, Glenda León (galería SENDA) evoca una IA incapaz de obedecer las órdenes de la artista y que ofrece como resultado un vaivén de imágenes hacia un lado y otro, suficientemente ilustrativo por sí mismo.

El indigenismo encuentra su bandera en Sueño de obsidiana (galería Proyectos Ultravioleta) de Edgar Calel o en Tierra retumbante de la artista queer Elyla (galería Barbara Thumm), donde el volcán es el epicentro en el que la naturaleza reivindica lo imprevisto, lo diferente, lo rebelde. Nelson Bourrec Carter, con su Teen Spirits (Galería Alain Gutharc), nos lleva a un escenario de adolescentes medio queer medio racializados que realizan una especie de ritual coral, evocando la adolescencia del propio autor (así como las bandas sonoras de las películas dirigidas a ese público).

Rumbling earth, de Elyla, en el Loop.

Como es imposible recorrer y describir todas las habitaciones, me detengo en la 211. Galería FUGA, ¿Se puede deletrear la hoja?, de la venezolana Valentina Alvarado Matos. Esta artista explica su diáspora durante una estancia de tres meses en el Matadero de Madrid, donde pudo visitar a menudo el archivo del Real Jardín Botánico. El resultado es aquello que vio dentro y fuera del archivo, filmado en 16 mm (un formato que se agradece entre tanta digitalidad) y una demostración de que, en efecto, una hoja puede deletrearse si se hace con lenguaje poético: ritmo obsesivo, repetición de sílabas, lectura de la palma de la mano como quien lee precisamente la palma de una hoja. La visión extrañada de los europeos ante las hojas tropicales, leer, volver a aprender a leer.

Obra ¿Se puede deletrear la hoja?, de Valentina Alvarado.

“El pétalo se acerca a la cámara como un brazo diminuto que intenta saludar”. Un pequeño corte en la punta del dedo, que sangra como para adornar. Un tono de voz susurrante, casi ASMR, que repite “rama, planta, mata, bicho, tierra, árbol, mata, planta, bicho, monte, hoja, tierra, árbol”. La mano, ya entre las paredes del archivo, aparece cubierta por un guante mientras pasa las páginas de biología profiláctica. La hoja parpadea, y la habitación también lo hace a su propio ritmo. Una preciosa e íntima reflexión sobre naturaleza y lenguaje.

Todo en la LOOP vibra con esta sensación de alerta transversal. No hay ninguna galería que no exhiba, de una u otra manera, un mundo que tiembla como una hoja. Cuando finalmente salgo a la calle, la recepción del hotel me parece mucho más poética que cuando he entrado, y el ruido de la Gran Via me resulta excesivamente material, frívolo, provinciano. La LOOP deja siempre este efecto secundario: has pasado dos horas dentro de mundos que se están deshaciendo y, de repente, Barcelona huele a normalidad. La ciudad sigue a lo suyo con toda su fuerza, sí, pero el problema es que ya ni siquiera la playa bajo los adoquines parece un lugar seguro.